“Algunas
noches todavía, cuando nadie mira, mientras todos duermen, recuerdos
de un recuerdo, en la penumbra se oye música y ellos bailan.”
lunes, 26 de diciembre de 2016
Y ellos bailan
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viernes, 16 de diciembre de 2016
Llama
Ya va a colgar, pero no cuelga. No va
a decirlo, pero al final lo dice: “¿Cenamos una noche?” Como
respuesta, pregunta: “¿Que qué?” Casi repite: “¿Quieres
cenar un día?” El silencio calla toda la línea. Por una rendija
muy minúscula, apenas la nada, él cree (o sueña) oír: “Vale”,
con una voz que se marcha... Repentina, regresa: “Ponme un wasap
luego”. Se dicen: “Adiós, adiós”. También: “Un beso, un
beso”. Entonces sonríen. Y, entonces, cuelgan. Aunque él todavía
sostiene unos segundos el teléfono. Sólo la ha visto en foto, tan
concentrada en su tarea; pero imagina cómo al otro lado del hilo las
gafas se han debido de sorprender nariz abajo. Quizá quedando
cerquita de ese mechón ondulado, más bien rizado (piensa mejor),
que le acaricia una mejilla tersa, ruborizada, sobre la que no podrá
escribir en su texto del periódico.
lunes, 12 de diciembre de 2016
Niebla intrusa
Nos
dejamos la puerta abierta y esta niebla se ha colado en casa,
devorando la cocina entera, borrando más de medio salón y hasta
desbordando todo el cuarto de baño. Mi habitación se ha perdido (o
escondido) entre dos nubes. En el pasillo, la garganta de vapor tose.
Y la puerta se cierra.
domingo, 11 de diciembre de 2016
re-noir
Al
menos una noche por semana, le gusta ir a los cines Renoir y ver esa
película que nadie más verá. Independiente o clásica, o quizás
ambas. Cintas que terminan felices. Que a veces acaban fatal.
Algunas, incluso, parecen no tener FIN. Como cuando de madrugada,
fuera del penúltimo bar, ella me pregunta por nuestro desenlace. Todo Madrid, entonces, a un solo beso de fundirse a negro.
jueves, 8 de diciembre de 2016
Soñar
Soñé
que por la mañana no me iría. Y aún es de noche.
martes, 6 de diciembre de 2016
Les nuits blanches
Cuando
en las noches de frío no puedo dormir, me asomo a la ventana y
charlo con la chica del octavo C. Que, también algo insomne, calado
hasta los ojos ese gorrito de lana amarilla, espera la nieve envuelta
en palabras y vaho. Y al caer los primeros copos, ella atrapa uno con
ambas manos. Sonriente, me lo enseña. Quizás ahora pueda dormir, me
dice. Quizá también yo.
sábado, 3 de diciembre de 2016
Bye bye, Nico!
Nico
no quiere ser campeón del mundo. O quizás, ahora que por fin se ha
quitado el mono, quiera serlo para siempre. Porque siempre quiso ser
como Keke. Padre e hijo, saga de campeones del mundo. Y la pequeña
Alaïa que ya da sus primeros pasos por casa Rosberg. Pronto
correrá.
domingo, 27 de noviembre de 2016
RESACA (otro lunes)
Incluso
lluviosas, las tardes de domingo el barrio se besa de parejas.
Delicias de la mano. Embajadores de arriba abajo, bajo un mismo
paraguas. Traen los pies mojados, secos los labios, cuando de noche
toman todo Ferrocarril para, en ese último bar, escapar del lunes.
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martes, 22 de noviembre de 2016
aspirina
"Cuando
me aburro, a veces también porque me siento un poco solo, bajo a
charlar a la farmacia de la esquina. Abierta 24/7. Allí, las chicas
siempre dan conversación y algún que otro prospecto nuevo. Mientras
atienden los constipados del barrio, yo leo buscando erratas. Me
divierte encontrar una b donde una v, g en lugar de j, o esa h de
más. Creo que disfruto detenidamente de todas las instrucciones de
uso. Y, en caso de duda, consulto a mis
farmacéuticas. Que sonríen. No se aburren conmigo. Tampoco yo me
siento solo."
LOTERÍAS
Mis
vecinos no creen en la Navidad. Por eso, cerca de casa, apenas
encuentro administraciones de lotería. Y los que compran, qué
pocos, ni recuerdan en qué acababa su décimo. O incluso lo pierden.
Algunos tienen mucha suerte, estaba en un bolsillo. Pero otros menos
afortunados sólo tienen en el bolsillo un agujero. La chica del piso
de al lado parece la excepción. A ella le encanta la Navidad.
Sonríe. Habla sin parar de El Gordo. “En un mes seré rica”, ha
pronosticado hoy en el ascensor. Muy pronto le tocarán mejores
vecinos.
domingo, 20 de noviembre de 2016
noviembre
Pisamos
todas las hojas. Crujen bajo tus palabras: “Hablo de escribir”.
Recoges la más amarilla, de cinco puntas. Haz en el envés un
cuento. Es noviembre.
viernes, 18 de noviembre de 2016
HOTEL(ES)
3:33. Todos duermen. Menos yo. Que deslizo, primero las sábanas.
Luego, los pies escalera abajo. Hasta el gran salón, ahora vacío,
callado. En silencio, recorto la cocina. Una copa mece su espera a
medias cerca de la ventana. Fuera huele a niebla. Y sabe frío. No
queda luz en el edificio. Sus pasillos se han vuelto confusos.
Empiezan donde acaban. Ya no sabría regresar a mi cama. A cerrar los
ojos. Enfrente, esa puerta: TOC, toc. Tarda un poco.
Apenas si abre, otro poco: ¿Cómo has tardado tanto?
lunes, 14 de noviembre de 2016
Nada
No
me pasa nada,
no
te pasa nada,
no,
no nos pasa nada;
hace
tanto que no nos pasa nada.
sábado, 12 de noviembre de 2016
"Dance me to the end of love"
Quizás
haya algo de hermoso, quiero soñar, pero también de macabro, y ahí
no cabe la duda, en saberse a ciencia muerto mientras el arte aún
pervive. Bowie y Cohen. Dos cantantes de su adiós. Estrellas abajo y
Arriba. "I'm ready, my Lord". Querido Leonard, todavía nos
queda el penúltimo baile. Porque el amor no tiene fin.
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miércoles, 9 de noviembre de 2016
EXCLUSIVA
Toda
ojos, Sara escudriña el imponente hall del hotel Meliá
Castilla. Se encuentra aquí para contar para su medio la primera
jornada del último congreso nacional sobre Cirugía. Y yo... Estoy
perdido. Porque nada sé de Medicina y porque, pese a no habernos
visto jamás, veo que Sara sí me ha visto llegar, surgido del frío
callejero de un Madrid en noviembre, y su falda es un dibujo de tela
vestido de imán oscilante, atrayente, sobre unos leotardos color
amarillo. Atrapado, acudo a decir hola. Estrecha mi mano. Nos
sonreímos. De repente, alguien de la organización, casi tan
sonriente o alegre como nosotros, guía nuestros pasos hasta una
pequeña sala de prensa del piso decimocuarto. Hay zumo y café en
una mesita próxima a la ventana. Sara, que ya me ha dicho que se
llama Sara, mira fuera y da sorbos de su taza mientras la miro y
sorbo cada una de sus palabras. Habla muy deprisa, entusiasmada, como
si supiera que nos faltará tiempo. Entonces entra la eminente
doctora Dolores Fuertes, que parece no querer saber que nos
interrumpe. REC de la grabadora: “Buenos días, vengo a
detallar las principales ponencias de este exitoso congreso […]
Debemos abogar por la Innovación, con mayúscula […] Y el uso de
robots en aquellas intervenciones quirúrgicas que alberguen mayor
dificultad […] La nueva Cirugía, también escrita con […] Por
el bienestar del paciente...”. Qué impaciente yo. Que, todo ojos,
con precisión de bisturí interrumpo, deseo, pregunto: “¿Qué tal pareja
hacemos?”
¿Su
respuesta? Exclusiva en mi periódico.
lunes, 7 de noviembre de 2016
3ºE
"La chica nueva de la farmacia de la esquina vive en mi piso de al lado.
Yo, F; letra E, ella. Todas las mañanas y algunas noches coincidimos
en el ascensor. Casualmente, también coincide que nacimos y
estudiamos en la misma ciudad. Y nos gustan las mismas películas.
Así como compartimos lecturas, música y hasta color de ojos. Parece
inevitable que un día cualquiera, hoy por ejemplo, acabemos
intercambiando los números de teléfono para quizás este viernes
salir a cenar juntos y, con algo de suerte, entre caricias, descubrir
que en realidad no tenemos absolutamente nada en común."
PREOKUPAS
Muchas
madrugadas de domingo, mientras duermes, me pongo el abrigo sobre el
pijama y vuelvo al piso que vimos en calle Murcia. Ése “amplio”,
“recién reformado”, “barato”, “amarillo”, “a tan sólo
una vía de Atocha”, “perfecto”. Un tercero derecha exterior
iluminado toda la noche. Donde nuestras canciones de siempre se
suicidan balcón abajo cuando una pareja de otros las baila. Allí
viven y se ríen (de nosotros). “Llamaron antes”, sentenció el
casero. Qué Idealista.
viernes, 4 de noviembre de 2016
Anoche en casa
Tumbado sobre la alfombra, sin colmillos ya con los que refrenar esa lengua suya, tan colgante o caída como el par de párpados, Uri ladra las buenas noches y se duerme. Todo menos una pata. Esa trasera, la del lado izquierdo. Que se agita en sueños, salta en morse, no deja de correr.
jueves, 13 de octubre de 2016
Felices sueños
Anoche soñé que hablabas en sueños.
Dormida a mi lado, decías cosas que nunca me has dicho. Hoy niegas
todo con tus besos, pero ya oscureció. Un tapón en cada oído y
cierro los ojos. Felices tú y yo. Felices sueños.
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miércoles, 21 de septiembre de 2016
MAESTRO SANÉ
Di adiós a la impotencia sexual, a los
hechizos, al mal de ojo, recupera a tu amor perdido, atrae a quien te atrae, acaba
con la maldición del vendedor… Volví a leer, muy despacio, tomando aire entre
sílabas: “La-mal-di-ción-del-ven-de-dor”. Llamé enseguida: “Maestro Sané, llevo
casi un año como eventual en Carrefour, vendo electrodomésticos”. Esa misma
tarde me recibió en su buró. La ceremonia fue rápida, precisa, indolora. Sané
hizo llover pétalos azules sobre mi cabeza. Luego, devoró un murciélago traído
desde remotas tierras francesas. Finalmente, canturreó un salmo tan evanescente
como el humo de su incensario. Salí de allí ya libre, pero no fue hasta un mes
después, cuando mi último contrato terminó y por primera vez no me renovaron,
que se produjo el milagro. Aunque ahora estoy oyendo muchas cosas del nuevo
chico de Electrodomésticos. Mis antiguos compañeros me llaman y cuentan de este
tal Sané que me sustituye. Yo les pregunto si es maestro. Todos coinciden: “No,
no, otro eventual”.
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lunes, 12 de septiembre de 2016
La casa de Asterión
En el Carrefour donde trabajo hay
catorce puertas de acceso y de salida, y catorce ventanales. También
son catorce las cajas, los mostradores y las galerías del centro.
Aquí todo suma catorce menos yo, me explica Asterión, al que
algunos apodan el 'hombre toro'. Es vigilante nocturno. Suelo
acompañarle durante sus rondas. Siempre está hablando del redentor,
aquel que llegará y le hará libre. ¿No serás tú, Fernando?, me
pregunta. Únicamente vengo como eventual, contesto, a quien esperas
se llama jubilación. Y Asterión ríe mientras recorremos el pasillo
de los libros, al tiempo que él va acariciando cada tomo; sé que si
se aburre, se sienta a leer. ¿Te gusta Borges, Asterión?, indagué
una noche. Por primera vez, vi al toro. Estremecedor su bufido: Aquí
sólo vendéis novedades.
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'La casa de Asterión', original de Jorge Luis Borges.
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'La casa de Asterión', original de Jorge Luis Borges.
sábado, 6 de agosto de 2016
Fichado
Llegan
a casa con pasos cortos y armas largas. Disparando mi miedo.
Preguntándome. No sé, no sé. Golpe, golpe. Hasta que, de golpe,
encuentran la cartera. La tarjeta de identificación está dentro.
Fuera espera un coche. El camino de vuelta. No volveré a fichar antes
de hora.
miércoles, 3 de agosto de 2016
Sobre mi nevera
"Todas
las noches, ya muy tarde, cuando mis compañeros de piso duermen
mientras yo sólo lo pretendo, la nevera tiembla ligerísimamente,
electrizada de vida. Un pestañeo después, apenas perceptible, el
electrodoméstico da un pasito pequeño, de calcetín blanco. Y,
enseguida, se atreve a otro. Al tercero, calculo de cabeza contra la
almohada, quizás al quinto, incluso con el séptimo, el enchufe se
queja, dice crac y ahora arrastra por las baldosas amarillas
de la cocina, persiguiendo al frigorífico como una cadena serpentea
tras la sábana que se disfraza de fantasma. Este sepulcro de metal
marmóreo, Moby Dick de andar por casa, navega el ancho salón
y sus sombras para perderse entre las profundidades de nuestro
pasillo. Mi habitación queda la primera. Y los vellos se me vuelven
plumas y hasta los brazos me aletean, más gallina que persona, en
cuanto escucho el abridor de la nevera empujando hacia abajo, igual
que si jugara a ser mano, el pomo del cuarto, que cede y aquí está.
El frigorífico. Demasiado gigantesco o sigiloso, ambas cosas
incompatibles, entra de puntillas. Camina hasta la cama donde rezo y
espío, tengo labios y párpados apretados. Cierro también los
pulmones. Me creo un muerto. Pero la nevera desliza sin temor mi tela
protectora y quedo en pijama, expuesto. Mirado como si nada. De
idéntica forma a cómo yo la abro y observo cada tarde. Por puro
aburrimiento, nunca me mueve el hambre. Al rato, el frigo
también se cansa, porque regresa a su rincón. Algunas madrugadas
venzo mi pánico y me asomo a la cocina esperando ver no sé
exactamente qué. La nevera disimula. Hace un siseo metálico. Es su
risa nerviosa. Eléctrica."
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lunes, 1 de agosto de 2016
Cuando vuelves, cuándo vuelves
No
hay luz en casa. La cerradura está echada. Nuestra habitación
parece, a un tiempo, llena y abandonada de qué sé yo. De tu sonrisa
quizá, cómo brilla en cada foto de la pared. De esa camiseta que
siempre usabas y ahora se arruga entre dos sillas. De libros tuyos,
olvidados junto a la cama donde no me duermo. Ya busco el
interruptor. No enciende. La luz sí se fue contigo.
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domingo, 31 de julio de 2016
El extraño (nuevo) caso del doctor Jekyll y el señor Hyde
Siempre
en el turno de mañana, Jekyll. Y Hyde por las tardes. Los dos
vendedores nuevos casi parecen uno. Tan distintos (o complementarios)
que se igualan. Jekyll presume de compromiso. Nadie ordena mejor la
tienda. Saca carteles y promociones. Su frenteo de pasillo se ha
vuelto legendario entre la plantilla. Y los clientes le estrechan la
mano. Gracias, gracias, le sonríen, ha sido muy amable. Pero las
ventas son de Hyde. Que sabe despertar la necesidad en el comprador.
Y luego lo seduce hasta la caja. Allí se torna brutal, expeditivo.
Asesina por una extragarantía. Desde que entró, sus números dan
miedo. Ambos terminan contrato ahora. Sólo uno renovará para otros
tres meses. Recursos Humanos dudando: ¿Mitad Jekyll? ¿Mitad Hyde?
Todo precariedad.
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*Imagen: "THE TRANSFORMATION. GREAT GOD! CAN IT BE!!", cartel de la primera adaptación teatral del relato de Stevenson.
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domingo, 24 de julio de 2016
Fantasmagoría
En
tu casa habita un fantasma. No te asustes. En cada piso hay uno, o
una. Porque mi fantasma es mujer. Llegó conmigo. Supongo que la
traje yo. Abrí esta maleta y ahí estaba. Desde entonces se aparece
y desaparece a su antojo. Tiene predilección por las madrugadas.
Pero no me acostumbro a despertar y verla observándome, mira con
ojos demasiado negros; ni a que compartamos almohada. Anoche quiso
que le contara mi sueño. Aún medio dormido, la voz todavía muda,
recordé que en él aparecías tú. Que de repente volvías a casa.
Decías huir de otro fantasma. Yo te daba un abrazo, y también mi
manta. Nos acurrucabas bajo ella. Para despacito, soñando, perder el
miedo.
lunes, 18 de julio de 2016
La Odisea
Ulises
no puede regresar a casa. Cada día, otro inacabable. Más que
eterno, Ulises inmóvil. Eres aquí. Estarás siempre. No hay vuelta.
Sólo humo. Y esta ola de calor. Sirenas por toda la ciudad. Ulises
trabajando en las afueras. Sin Sur, sin norte. Escaso de dioses.
Vacía su suerte. Lleno de ayer.
jueves, 7 de julio de 2016
IMSERSO
Esta
pequeña historia se la contaron hace poco a mi abuela, que enseguida
se la relató a mi madre, que por teléfono me la repitió, quizá
queriendo, seguro intentando, que yo le pusiese palabras. Pero quien
narra es mi abuela:
Verás,
Pili. Concha me explicó que era una excursión de un día por los
pueblos blancos de Cádiz. Ya te imaginas, muchos mayores y
kilómetros en autobús. A mediodía paran delante de una venta.
Antes de sentarse, rodean la barra y beben cerveza. Brindan. Y al tal
Matías le sabe a gloria. La primera caña. Porque la segunda parece
que le cuesta. De repente, se siente morir. El hombre toma y se toma
tan en serio que va y muere allí mismo, al instante. Fulminante.
Infarto, anuncia el médico presente (siempre hay uno) entre los
comensales. Que se miran, los más aprensivos incluso, cuenta Concha,
se buscan con disimulo el pulso, sin entender bien cómo. Aunque la
conmoción dura casi nada. Porque oyen que el de la funeraria no
llegará hasta dentro de horas. Insostenible situación. Algo hay que
hacer. Todos de acuerdo. Pero sólo dos cargan y acuestan a Matías
en el patio trasero de la venta. Un tercero, que padece de los
hombros, le tapa con una manta. El resto de la excursión
superviviente se sienta a comer. Si es que ya estaba pagado, se
repiten. El menú, muy sabroso. Anima a la conversación. A reír
durante los cafés. Luego, siesta en el bus. Lleno salvo por la plaza
de Matías. Todavía en el patio, como si durmiera. Igual que se
olvida un sueño.
miércoles, 6 de julio de 2016
Farmacia 24 horas
A
veces es un resfriado. Otras, un virus. O una gripe. Quizás una
indisposición. Incluso una reacción alérgica. O que de repente va
y sufre mareos. Males. Infecciones. Quejas. Se queja de qué sé yo.
Por cualquier dolor baja. Ante cada molestia. Pero a la auxiliar de
farmacia jamás le molesta. Siempre comprende. Y casi siempre le
sonríe. Con labios y ojos. Hoy lo ve llegar con el dedo corazón
agrietado. La piel late hecha un millón de trocitos. Ella le da una
crema que deberá aplicarse durante diecinueve días. También le
receta palabras analgésicas para la angustia. Él paga y ya sale.
Aunque enseguida vuelve a entrar. Cardíaco y blanquísimo.
Susurrando sobre el mostrador dice, y si te invito al cierre. Ella
con su dedo corazón tan terso señala el luminoso. Farmacia 24
horas.
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martes, 28 de junio de 2016
Ventanas de Madrid
Mi
cocina da a la de Sara. Apenas metro y medio de patio interior,
quizás incluso algo menos, me separan de su ventana siempre abierta.
En verano e invierno. Sara vive enmarcada. A diario veo cómo prepara
lo que luego comerá. Tiene un olor ya sabroso. De postre, una
manzana. También un cigarrillo. Enseguida, nunca falla, se enciende
otro. La mano libre agarra bolígrafo y papel. Y durante horas
escribe. Porque Sara es escritora. Crea sus historias frente a mi
ventana. Me las lee. Mientras lo hace, imagino su voz, en realidad su
eco, narrando todo el patio. Planta por planta, hasta el cielo de
Madrid. En esta ciudad cuentan demasiado demasiados. Pero nadie con
tanta tinta en los ojos, tan coloreadas las pupilas, como Sara. Que a
veces, después de la última frase, me pregunta: ¿Te gusta cómo
acaba? Yo reconozco que prefiero los comienzos. Hace muchos meses,
recién llegada al bloque, vestida de amarillo cliché, Sara me pidió
un poco de sal. Llené una taza. Alargamos las manos. La suya era de
tacto dulce. Como su boca. Esa que hoy, dictando punto y aparte, me
ha pedido un beso. Para el que ahora alargo el cuerpo. Cuelgo de mi
ventana. Un equilibrista fuera de quicio. Pero qué cerca. Ya
casi llego. Sara se sonríe. Y también se estira. Nos tambaleamos
bajo el cielo de Madrid. Si caemos, será hacia arriba.
sábado, 25 de junio de 2016
Míster Inox (el hombre fortificado)
Me
ordenaron reordenar los electrodomésticos más grandes. Esos
congeladores tan inmensos y níveos como sepulcros. Los
frigoríficos americanos de doble y colosal puerta. También había
lavadoras para mover, secadoras y hasta su pesado híbrido: las
lavadoras-secadoras. Además de un convoy de lavavajillas y hornos.
Mudar aquel mar de metal era mi cometido. Tras dos horas y un
esguince de muñeca, los aparatos quedaron colocados de tal forma que
recordaban a una casa. A un fuerte del Lejano Oeste, pensé yo. Así que presuroso me
atrincheré dentro. Las primeras noches provoqué mucho revuelo. Los
vigilantes, ya hartos, me insultaban como niños viejos y frustrados.
Introducían torpemente sus brazos para arrastrarme fuera. Los
compañeros, mientras tanto, se lamentaban. Mi jefe mediaba:
Fernando, sal. Venga, hombre. Deja la broma. Muy buena. Aunque mejor
para. Pero no cedí. Estaba muy cómodo recostado en el congelador.
Tan fresco pese al calor de junio en Madrid. Y si me daba hambre,
reptaba hacia la nevera. O hasta la secadora, mi improvisada
despensa. Vivía igual que quería. Y así quería vivir. Leyendo de
madrugada. Espiando por las tardes a los clientes desde mirillas
estratégicamente dispuestas. Uno de ellos, no sé por qué, me pidió
una foto. Me acuerdo que era bajito, casi calvo y usaba gafas de ver.
Accedí al instante. Luego vinieron muchos más. Llegó a oídos de
la prensa. Salir por televisión atrajo a centenares, incluso a
miles. Demasiados. Sin pretenderlo, el centro comercial y yo mismo
nos convertimos en atracción. Ahora media ciudad se acerca cada día
a verme. El hombre fortificado. Electrocasa. Míster Inox (como aquel antiguo pueblo de Almería). Esas cosas y otras peores me
llaman. Tal revuelo hay liado que anoche, tras el cierre, vino a
verme el director. Me dio la enhorabuena. Me dio las gracias. Treinta
y tres veces dijo gracias. También dijo estás fijo. Porque mira tu
nuevo contrato. Y tu flamante sueldo. No me he equivocado con los
ceros, descuida. Nos haremos ricos. Por fin podrás elegir horario.
El que prefieras. Habla directamente conmigo. Llámame si necesitas
electrodomésticos para tu casa, Fernando...
Y
hoy, a primera hora, he tenido que huir de mi propio fuerte.
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miércoles, 22 de junio de 2016
Dentro de un tambor (de lavadora)
Para
escapar del cliente y su cupón descuento, me escondí en esta
lavadora. No fue fácil: recuerdo mis manos hacia delante, con
esfuerzo metí ambos brazos, las piernas enseguida quedaron tan
retorcidas y aquel dolor de cuello, qué horrible punzada en la nuca.
Aunque peor está resultando salir. La pequeña puerta redonda se
cerró tras de mí y hace meses que permanezco atrapado. Mis gritos,
igual de presos, a diario centrifugan sin éxito el tambor hasta
enmudecer. Tampoco sirven los arrepentidos cabezazos que me castigo
contra el grueso cristal. Pasa mi tiempo, sin que nada ni nadie
pasen. Yo intento matarlo, inflar la esperanza, soplando pompas de
jabón. Cada una envuelve un pequeño miedo. Y a ratos, cuando mis
dedos lo alcanzan, algo raro, también me aplico suavizante en el
pelo. Oí una vez que si repites y repites, te acaba dejando un
brillo genial. Y es que aquí dentro me acuerdo de demasiado. Pienso
demasiado. Ahora, por ejemplo, le doy vueltas a esta lavadora. La
imagino como una gran ballena blanca de metal. Vista así, yo sería
Ahab. Mejor Jonás. Muy pronto libre de nuevo. En una playa. ¿De
agua fría o caliente? ¿Después de un baño corto o largo? Depende
del programa. En todo caso, mojado, remojado. Ya me tiendo al sol.
Pronto estaré seco. Y sin manchas. Lavado por fuera. Limpio por
dentro.
sábado, 23 de abril de 2016
Fernando Páramo
Me
tomó al asalto: “Fernando, necesitan personal de refuerzo en el
Carrefour de Comala; mañana de tarde empiezas”, dijo
mi jefe de sección. “Pero, Pedro, eso es imposible”, protesté
atropellado, incrédulo, “en Comala todos están muertos, ya lo
contó Juan Rulfo”. Y Pedro rio feliz, puede que de mí, de
mi ocurrencia tal vez. Luego, quiso calmarme: “Que va, que va”,
me repitió, se repitió, “aquel tiempo pasó, ahora Comala es
futuro: rebosa turistas, comercios, vida. Lo comprobarás por ti
mismo mañana”. Horas después salí hacia allí. Largo rato anduve
perdido en la llanura gris y amarilla. Y con cada paso me ahogaba un
poco más ese calor líquido, empapado, tan de los cuentos de Rulfo.
Finalmente, un arriero me indicó el camino. En las afueras de Comala, Carrefour refulgía como las casitas dolorosamente blancas abajo en el pueblo. La chica de Recursos Humanos me dio una
tarjeta identificativa nueva. Leí: “Fernando Páramo,
Electrodomésticos”. Sin decir nada, comencé a trabajar. Pero los
clientes no llegaban. De modo que aproveché para imprimir y colocar
los precios que faltaban en el PAE, también encendí los televisores
de la parrilla, frenteé el pasillo con los cables, limpié el
cristal grasiento y nada espejado de las tablets, además,
repuse los deuvedés y tedetés, cambié yo solo todos los
microondas del podio Daewoo y hasta encarcasé las
maquinillas y depiladoras eléctricas. La tienda entera me quedó
magnífica, igual que nueva, en realidad creo que como nunca antes;
claro que la tarde se fue sin dejar venta. Algo contrariado, temeroso
de no sé exactamente el qué, devolví a la oficina los 150 euros
con los que habíamos abierto caja. Y sobre el mueblecito de metal
gris de tacto casi líquido, donde se guardan los fondos de la
jornada siguiente, vi entonces aquella hoja de reclamaciones.
Quejándose de un tal Fernando Páramo.
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jueves, 21 de abril de 2016
Dormidos (revisitado)
Todo
lo que no pasa nos pasa de noche.
Cuando no somos nosotros sino nuestros sueños. Y desde tu duermevela
de párpados rendidos dices lo que por la mañana callaste. Mientras
yo imagino, aunque a esas
horas
casi parece recuerdo, las vidas que jamás tendremos, con sus
ilusiones, quehaceres y tantas cenas contigo, después de bajar a la
playa o saliendo de un cine de Madrid. Justo anoche soñé con
nuestro último no viaje. Allí no discutíamos ni nos éramos
insinceros. Me encantaba tu risa y todo nos podía pasar pese a que
ya no nos pase a nosotros. O quizá sí y aún somos posibles. Tan
sólo de noche. Dormidos.
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domingo, 17 de abril de 2016
Noches azules
¿Tarda
mucho, no? Pregunta Lucía. Igual que Luisa cuando en su blusa de lunares
amarillos ya no quedaban botones que desabotonar. También se lo oyó a Teresa. Y
a las hermanas Vargas. Primero a la mayor, Chabela, que no sólo lo dijo sino
que la acarició con ambas manos, pareja de esposas subiendo y bajando, luego
vuelta a empezar, pero tan suaves como inútiles. Marisita, en cambio, se la
metió en la boca, y qué horror sintió al descubrir que se salía y huía de sus
labios, rechazados todos los besos de la pequeña de las Vargas. “Tómatela”,
pidió exhausta. Pero esta noche ni siquiera han sido suficientes esas dos
pastillas coloreadas de los ojos de Lucía, que aún la restriega y se restriega
hasta que llega un momento en que está cansada, desengañada, creo
que incluso harta, no puede más. Abandona o se abandona, y cae a su lado. Desnudos,
bocarriba, sin hablar. Lucía ahora enciende una luz. En el último cajón guarda
sus pastillas, también son azules. Le permiten dormir. Despertar de otro mal
sueño.
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martes, 5 de abril de 2016
Pesadilla
Esta
noche no nos queremos ver ni en sueños. Cada uno mira su lado de la
almohada. Escucho que ya duermes mientras yo aún doy vueltas. A la
cama, a nosotros. Mañana te preguntaré de nuevo. Como en una
pesadilla.
lunes, 4 de abril de 2016
Soñarse futbolista
Anoche
soñé que alguien pagaba por mí 75 millones de euros, como el Real Madrid por James (según la web Football Leaks).
Así que esta mañana no he ido a trabajar sino al hotel Palace,
donde he desayunado caviar con cava sin tener que pagar.
Luego he pasado por calle Serrano a recoger, también gratis,
la chaqueta Armani que llevaba meses codiciando. Queda
realmente fantástica junto a mis nuevas gafas de sol Louis Vuitton
y el Ferrari 488 GTB, ambos regalo de los patrocinadores. Y
hace un rato, al cierre en Fabrik, todas querían venirse a
casa. Vaya día, me he felicitado en la cama, ya solo. Yo
siempre leo antes de dormir, pero hoy ha sido imposible. Sobre el
papel, las palabras bailaban indescifrables, huidizas, odiosas. Como
si supieran que ahora soy futbolista.
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Imagen: James Rodríguez, fotografiado durante un partido (ESPN FC).
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Olvida que es lunes (y llueve)
El
botón descorcha tus vaqueros, que al principio resbalan sólo un
poco, tan poco, apenas promesa de la piel, pero luego, casi
enseguida, mi mano que acude en su ayuda, los pantalones caen y se
caen por completo, hasta más allá de nuestros pies, hasta volvernos
locos. Contigo aquí, mira qué cerquita, aún es domingo.
viernes, 1 de abril de 2016
Pequeño alegato de un vendedor
Lo
juro, quise matar al cliente con mi pistola de precios. Su banda
lectora de repente reconvertida en una larga mirilla láser roja, muy
roja. Pero era un comprador contumaz, imparable, puede que hasta
inmortal. Con un solo propósito, supo desarmarme tras el mostrador.
Y me habló de la OCU, también dijo del Supremo y de otra nueva hoja
de reclamaciones en mi historial, mientras sus manos nudosas buscaban
atraparme el cuello, desgarrarlo; para, enseguida lo vi, tomarla
luego con toda nuestra tienda... Por eso he hecho la devolución del
tostador, jefe. En metálico.
miércoles, 23 de marzo de 2016
Rayos
Como
en la primera frase de Galveston,
me tomaron una foto del pecho. Siendo muy preciso, de tórax y
abdomen; eso decía la autorización médica. Debajo, en grande,
volví a leer: URGENTE. Sin prisa, posé de espaldas. “También de
perfil”, me ordenaron enseguida. Aquella sala color gris, tan
aséptica, me erizó todo el miedo. “Vístete y sal”. Afuera, en
el pasillo vacío, no supe si sentarme. Supersticioso, decidí
esperar de pie. Y cerré los ojos o se me cerraron antes de escuchar
mi nombre. La enfermera caminaba con salud de hierro. Sostenía junto
a su pecho la fotografía del mío. Hoy el futuro nos llega revelado.
martes, 15 de marzo de 2016
Marienbad eléctrico
Mientras leo Marienbad eléctrico,
el último libro (extraña novela de título dylanita o dylaniano,
acaso un ensayo, puede que únicamente otro juego literario) de
Enrique Vila-Matas, recuerdo, aunque en realidad lo descubro
porque nunca hasta ahora tuve conocimiento de ello, que yo también
me hospedé, al menos durante un rato, en el Splendide Hotel,
instalación imposible de sólo un cuarto, además inaccesible,
además casi invisible, que la artista francesa Dominique González-Foerster inauguró dentro del Palacio de Cristal, en
los madrileños jardines del Buen Retiro, hará cosa de año y medio;
tal vez sucedió hace dos. Yo estuve allí una tarde de agosto, eso
sí lo recordaba. Habíamos llegado a la ciudad la víspera. Y a las
seis el calor superaba lo soportable e insoportable. Entonces vimos
la treintena de mecedoras, cada una con su libro atado, llamándonos
al descanso. Me senté donde Conan Doyle y Holmes, negro sobre
blanco, esperaban compañía. Y leí un poco. Dormité otro tanto.
Cómo me gustó (creo que a todos nos encantó) el Splendide
Hotel, pese a que no supe qué era ni pensé que pudiera tener
tan sonoro nombre. Todo ha surgido veinte meses después cuando,
ahora que vivo y pienso en Madrid, las páginas de Vila-Matas arrojan
una segunda e inesperada lectura.
Dos semanas he pasado en cama a causa
de una gripe. Quizá por eso escribo de nuevo. Pero hoy quiero (estoy
decidido a) revisitar el Splendide Hotel, aunque ya no exista;
a lo mejor únicamente sobrevive como memoria o parte de la mía.
Para salir de dudas, arriba de la calle Arniches he comprado una
mecedora descolorida y la he arrastrado hasta el Palacio de Cristal.
Llevo varias horas dejándome mecer mientras termino los últimos
capítulos de Marienbad eléctrico. Sin embargo, no sé por qué, por momentos levanto los ojos del libro y observo absorto mi
reflejo bajo el sol de marzo. No parezco yo. Es un fantasma o su
recuerdo de agosto olvidado, me digo sin comprender qué he dicho. De
repente, escribo en voz alta la primera frase de este cuento,
imaginando que tú aún me lees.
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lunes, 18 de enero de 2016
Marta
Los
ojos de Marta anoche. Sus manos esta mañana mientras se viste ante
al espejo. Marta bailando en la cocina. Marta desayunando. Marta sin
dejar de reír. Marta ayer leyendo. Luego escribiendo. Marta ahora en
el sofá siendo Marta. Marta a mi lado. Marta y yo en cualquier
calle. Marta rodeando mi espalda. Marta, un abrazo. Y un beso de
Marta. Marta contándome. Marta que se retira el pelo de la cara.
Esos ojos de Marta anoche. Cada beso de Marta anoche. Marta en un
sueño. Y Marta soñando. Y Marta soñada. Marta, las dos manos
duplicadas por su espejo. Marta otra vez hoy, muy pronto,
despidiéndose con frío en un portal de Madrid. Marta, siempre es
Marta, aquella primera mañana aguardando en Atocha, con todo por
sucedernos.
martes, 12 de enero de 2016
Adiós al Delgado Duque Blanco
Justo
anoche nuestro Modern love pintó de azul eléctrico las paredes de
mi habitación. Y juntos preparamos la cena como Absolute Beginners,
disfrazados de Young Americans, mientras me decías loca de risa
vamos, Let´s dance, put on your red shoes and dance the blues.
Echados sobre el sofá, los ojos cerrados, hablamos casi Five years.
Más guapa que Jean Genie no dejaste de llamarme Ziggy Stardust. Y
parecíamos hambrientos Diamond dogs. Rocanroleando igual que dos
Rebels Rebels. Creo que finalmente caí dormido durante la última,
tal vez fue en la penúltima, pista del disco Blackstar, regalo casi
póstumo, música de cumpleaños final. Y la verdad es que esta noche
no recuerdo haber soñado con Bowie. Quizá por eso al despertar, a
diferencia del sempiterno dinosaurio de Monterroso, David no seguía
allí. Ni tan siquiera en mi Spotify. La estrella subió al cielo,
escribían en Facebook, llora todo Twitter. Y encima lunes. Y encima
llueve. Pienso lleno de tristeza mientras me mojo los pies de camino
al metro, a punto de comenzar mi turno, incapaz de no darle vueltas
al adiós de Bowie. No sé por qué me parece ayer esa otra mañana
berlinesa de hace ya demasiados años. Y, más que imaginarlo, veo a
Bowie joven y miro cómo mira, algunos opinarían que en realidad
espía (espíamos), tras los visillos de una ventana en los estudios
Hansa. David observa fascinado a esa pareja de amantes que se devora
a besos contra el Muro. Son su amigo Tony Visconti y la corista
Antonia Maas. En un instante Bowie descubre al rey y a su reina, a
los delfines. Y aunque a ti y a mí hoy nos duela el cerebro tanto,
tantísimo, aún podemos robar tiempo. Ser Héroes sólo por un día.
PS:
Gracias, Bowie. Recuerdos al Mayor Tom y a las Arañas de Marte.
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¡Gracias por compartirlo, OMAU! You rock!
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¡Gracias por compartirlo, OMAU! You rock!
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viernes, 1 de enero de 2016
Feliz año
"Parpadeas durante la última campanada. Aún en los labios esa uva definitiva. Un año escondido tras cada ojo. El futuro llega, nos llega, entre risas y abrazos. Mañana se hace hoy con sólo un beso. Estéis donde estéis, feliz año nuevo, feliz nueva vida."
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