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viernes, 8 de mayo de 2020

Los detectives no viven al Sur

La última vez que vi a J.C. resultó a su vez la primera que me contó de sus investigaciones. Era tarde, de noche y febrero. Casi todas las localidades de costa se disfrazan de pueblos fantasma durante el frío. J.C. y yo bebíamos al calor de dos hileras de bombillas coloreadas, sobre la barra de un bar para guiris sin guiris. A lo lejos se prefiguraba el mar, mientras alguien jugaba con su sombra al billar detrás de nosotros. 

Leen la voz de J.C.:

Mis figuritas de falsa porcelana con silueta de flamenco no se compraban mucho antes que comenzase a escuchar los latidos tierra abajo. Ese canto perpetuo: bum-bam, bum-bam, bum-bam. Único salmo carente de desenlace. Es el suelo llamando, emitiendo ondas electromagnéticas a los confines del globo, ¡hasta China, tío! Venid, ¡viajad aquí os ordeno! Bum-bam, bum-bam. Sé que también lo percibes. El gigantesco imán del alcalde es Dios. Pues ahora imagina a cada uno de esos orientales remotos practicando judo, preparando sopa de sesos de tiburón, creando sandías genéticamente cuadradas y miles de pajaritos de papel, o haciéndose incluso el puto harakiri.

Tiene gracia: un amarillo que se señala el vientre con la fina punta de su catana. ¡Va a matarse! El cabrón, a punto de quitarse de en medio rollo samurái, porque su esposa le ha engañado con su hermano, porque él ha mentido a su mujer con una vecina o a lo mejor es que ya no se venden suficientes coches Toyota y eso le cabrea. ¡Banzai, tío! Otro kamikaze del adiós, ¿me copias? Pero, de repente, los ecos de nuestro imán captador de turismo atan sus manos, las modulaciones electromagnéticas le adormecen el corazón y luego la mente; la puta cabeza entera, enredada en ese sortilegio radiado al cosmos por la corporación municipal: gástate en nosotros, ¡sé turista! Bum-bam, bum-bam.

Al alcalde tampoco le gusta el color, no me engañas. Sucede que se considera listísimo. Del parque tecnológico han salido grandes ideas. Y el imán es la mejor y más oscura. Claro que no hay ni un periodista decente; nunca contaréis nada. He estado en los túneles del metro, tío. Ahí donde se construye la prometida ciudad del mañana. No he visto por apenas muy poco el jodido invento. En una ocasión, soñé que el imán era un bebé inmenso y se alimentaba de sangre amarilla. Llevo tanto tiempo investigando... Te aseguro que su latido infernal me castigaba el coco meses antes de mis flamencos de cerámica y su nulo éxito. Y me argumentarás que no es malo. Vendrán, serán felices días o semanas y soltarán pasta de colores; quizá nos volvamos ricos. ¿Quién no ha leído acerca de la nueva Nueva York europea?

Vale, de acuerdo, el imán habría de ser bueno o, al menos, debiera traernos el BIEN en mayúsculas. ¿Pero qué sucede con los flamencos, tío? No me refiero a los míos, tan dormiditos en sus cajas de cartón mientras esperan un comprador inexistente. Digo los grandes flamencos de plumas y hueso que amerizan en este litoral y disfrutan de su reflejo junto a la baja mar sin turistas, libres de incómodos y entrometidos visitantes amarillos. Joder, qué bellos pájaros. Anhelo verlos en la orilla y admirar cómo se bañan frente a nuestra asquerosa rutina. ¡Ojalá fuese mía! Cogí la idea de un mural callejero: bandadas sobrevolando la playa del balneario…

Al principio, ni vislumbraba la manera de arrancar. El pulso subterráneo me perseguía veinticuatro siete, aunque no podía cavar por el mero gusto de abrir un agujero que, con suerte, nos succionara la pena. He visitado algunas dependencias municipales en los distritos, tío. No te explicaré de qué forma logré planos y decenas de facturas que el alcalde cree reducidas a ceniza y yo conservo en mi nevera a muy baja temperatura. He llegado a remontar kilómetros del curso seco del río, convencido de que la fabricación del imán nació de su lecho. Y me he buscado problemas. ¿Crees que esta cicatriz de la frente se originó tras un resbalón? A mí no me asustan. Ayer accedí a alguien que no revelaré, Fernando. Sé de dónde extrae su energía ese genocida de flamencos. Concluirá esta historia pronto y no será gracias a un periodista. El silencio cómplice explotará: ¡bum-bam! 

Hace justo un mes de aquella última noche con J.C. He leído de su muerte hoy. En otro periódico del que jamás fui redactor, se escribe: “Hombre mediana edad y constitución corpulenta apareció carbonizado dentro del laberinto de salas y galerías que esconde la antigua estación eléctrica”.

lunes, 12 de agosto de 2019

Domingo de Julio

El mar de esta mañana parece acuarela. Julio ha llegado pronto. Y ha desplegado su sombrilla. También la toalla. Pero su cachito de paraíso enseguida es amenazado. Colchonetas, sillas a rayas y neveras toman al asalto cada milímetro de playa. Julio busca refugio entre las olas. Allí recibe un pelotazo. De nuevo huye y nada hacia donde cubre. Se deja flotar bocarriba cuando la orilla cae lejos. Tanto como para que surja una aleta oscura en este mar acuarela.

sábado, 10 de agosto de 2019

Monólogo de un socorrista mal hablado y sin vocación, pero enamorado (¿has visto cosa igual?)

En el dorso de su pie izquierdo, Bea tiene tatuada una rosa roja. ¿Has visto cosa igual? Aunque yo no debería estar aquí. Soy especialista en Borges. Me doctoré con las mejores calificaciones. Cuando quieras, te recito de memoria El Aleph. También El Zahir, Emma Zunz o Tlön, Uqbar, Orbis Tertius. ¿Has visto cosa igual? Me juego el silbato a que no. Sin embargo, ver para creer, ante ti se presenta el puto socorrista de esta playa. Ese soy yo, sin duda. Desde las catorce hasta las veinte horas durante todas las tardes del larguísimo verano. Y ahí asoma entre las olas el primero de mis problemas del día. ¿Por qué motivo se meten tan hondo si no hacen pie? ¡Hay oleaje! ¿No has visto la jodida bandera amarilla? Claro, ahora con alzar las manos y que me rescaten ya queda arreglado y olvidado el asunto, ¿no? En serio, ¿tú has visto cosa igual? Pues este va a esperar. ¡So imprudente! ¡Dramático! ¡Cálmate que te estoy viendo flotar! Bah, es de los que no escuchan ni oyen a nadie. Maldita la gracia. Mi problema, justo lo contrario. Oigo, escucho y, en general, hago demasiado caso a cualquiera. Por ejemplo, al cabrón que me arrastró a este asiento de socorrista. Coser y cantar, me convenció mi amigo. También me ilusionó: ¡Vaya verano que te vas a meter, canalla! ¿Has visto cosa igual? De recordarlo, me enciendo. ¡En nada iré, pelmazo! ¡No dejes de mover las manos y piernas entretanto! No atiende, pero a este pieza le doy yo una buena curita de humildad, aunque me cueste el silbato. De la orilla no se aleja más en su vida. Mi idea era la siguiente: pasarme tres meses sentado a la sombra, leyendo a mi bola mientras me entraba la pasta en los bolsillos. ¿Has visto cosa igual alguna vez? Seguro que no, porque una puta maravilla de tal calibre no ha sucedido jamás ni ocurrirá. Resulta por completo imposible. En mi campo de batalla no hay quien pare. Ese mar de bañistas que me mira y remira para que a la puta carrera saque del agua al capullo de los gritos, pataleos y brazos al aire… ¡Lean a Borges, incultos! Todos ellos son los mismos mamones que no cesan de joderme ni un minuto. Al final no me quedará otra que ir a por el cenutrio. ¡Quién ha visto cosa igual! ¡Que muevas los brazos, tío! ¡Aguanta, campeón! Y tampoco son de los peores estos que a cada segundo amenazan con ahogarse, ¡ojalá! La playa rebosa de hijoputas aún más cabrones. Por ejemplo, el típico al que de repente le sobreviene un golpe de calor fatal. No te queda la menor duda de que a su lado siempre habrá una señorona que ha presenciado la escena y empieza a sentirse mareada. Suerte tendrás si no sufre un desmayo de pura aprensión. O el niñito que pisa tres erizos nada más haber plantado su papi la sombrilla. Entre mis horrores favoritos se encuentra el de esa inefable anciana que juguetea en el rompeolas hasta que cae de culo y, socorrista, levántame que no puedo, ¡sálvame! Y mi condena estival pasa, ¡faltaría más!, por rescatar a todos y cada uno de los imbéciles de turno. Nunca faltarán memos en nuestras costas. ¿Has visto cosa igual? Luego, me fríen sin piedad esos a los que califico de preguntones vocacionales: ¿Cómo ves hoy el mar, socorrista? ¿Qué horario tienes mañana, socorrista? ¿Amainará pronto el viento, socorrista? ¡Y yo qué coño sé, chaval! Déjame en paz. Ignórame. Pero qué te aporta a ti acercarte a saludarme. ¡Disfruta de tu vida! Hazlo lejos de mí. Igual que el tarugo de allí que apenas si se mantiene medio a flote. No se imagina que todavía le queda un ratito hasta que vaya a buscarle. Yo no vuelvo, fue lo que pensé tras mi primer día de trabajo. Aunque soy tan imbécil que regresé. Por supuesto, de nuevo prometí no repetir en una tercera ocasión. Ahí conocí a Bea y, ¡puto descerebrado!, desde entonces pido que este infierno no termine. Ya he explicado que Bea tiene tatuada una rosa roja en el pie izquierdo. Además, viene a bañarse y tomar el sol de lunes a domingo. ¿Has visto constancia o cosa igual? Ella siempre llega entre las seis y media y las siete de la tarde. Suele colocar su toalla y las gafas de sol unos cinco metros más allá. Bea jamás pierde un instante y enseguida se quita la camiseta y, con apenas un pantaloncito corto tapando su piel bronceada, se zambulle bajo la espuma. ¿Has visto cosa igual? Bea es increíble. ¡Qué estilo al nadar! Y sale del mar y resulta más increíble. Se tumba a tomar el sol; de nuevo increíble. Bea bocarriba o bocabajo. ¡Increíble! Encima saca una novela de su bolsa. ¿Has visto cosa igual? Totalmente increíble que compartamos afición por los libros. Ojalá supiese su nombre. Como ojalá conociese también cómo se llama este gilipollas de los chillidos para poder cagarme en él. Joder, tío, ¡ten paciencia! ¡Saca la cabeza del agua, capullo! La llamo Bea por Borges. Ella es mi “Beatriz, Beatriz Elena, Beatriz Elena Viterbo, Beatriz querida”. Si comprendieras cuánto ansío que conversemos. Me bastaría con lo más mínimo. Un mísero qué hora es, socorrista. Pero ni eso. ¿Has visto puta cosa igual? Bea es la única persona en esta insoportable playa que no me cuenta sus soplapolleces. ¡Ironía de mierda! Espera, que me entra un wasap: joder, el jefe anda haciendo la ronda. Mejor será que me apure a por el tonto-boyas de las narices. Este a mí no me jode la tarde y menos con el superior husmeando la arena. Te juro que antes lo arrastro fuera del agua a patadas. Es que el muy loco parece empecinado en de veras ahogarse. Bueno, ¿y esto? ¡Es que no se ha visto cosa igual! Éramos pocos y parió la… Ahora aparece otro que grita pidiendo ayuda por aquel flanco. ¡Por turnos, señores! ¿No entienden que estoy solo aquí arriba? ¡No se ha visto cosa igual! Y en media hora bajará Bea. Quizá quiera hoy la fortuna que a ella se le encalambre uno de sus perfectos muslos mientras se da un baño. Ya te imaginas la estampa... Sería el mío un rescate heroico, de cine: ¡Muchas gracias, socorrista! Justo anoche soñé que la salvaba de un mar tempestuoso. ¿Has visto cosa igual? Supongo que por algo acabé vigilando la playa. Soy un caso perdido. No obstante, Borges escribió en un poema, y cito con exactitud, “La inmarcesible rosa que no canto / La que es peso y fragancia…”. ¿Olerá acaso a rosa la rosa roja tatuada en el pie izquierdo de Bea?

lunes, 5 de agosto de 2019

Azul océano

Tan solo la bañista del bañador azul océano gira su cabeza, se acaba de recoger el pelo en una cola que le resbala a un lado del cuello, cuando el tipo con pata de palo y un parche por ojo arriba a la cala. Son las penúltimas luces del día, de modo que no más de cuatro o cinco resistimos aún en la playa. El tipo con pata de palo y un parche por ojo tiene complexión ondulante y una piel color bronce tatuada de cicatrices. No trae toalla. Tampoco calzado para su único pie. A un paso de la orilla, el tipo con pata de palo y un parche por ojo alza los brazos. Arquea el tronco adelante. Estira tanto su cuerpo que se toca sin esfuerzo la punta de los dedos y luego recorre la arena húmeda debajo. La bañista del bañador azul océano observa muy quieta. Ambos contemplamos desde la distancia ese momento en que el tipo con pata de palo y un parche por ojo, como si guardase mercurio en la pierna y no madera, introduce su pata de palo bajo la espuma del rompeolas y, desde mi perspectiva, creo que sonríe. No da tiempo a cambiar de idea, porque de un salto el tipo se zambulle en el agua y la bañista y yo nos reconocemos por primera ocasión. El cabello recogido en una cola de la bañista del bañador azul océano vuela de un hombro a otro igual que un péndulo. Diez metros más allá, el tipo con pata de palo y un parche por ojo emerge de entre las olas. Su repentino gesto de despedida no encuentra respuesta en nosotros. Cuando levantamos las manos para corresponder, él ya se ha girado de nuevo y ahora nada mar adentro. Bracea despacio. También yo me muevo con lentitud mientras recojo mi toalla y la extiendo junto a la bañista. Durante el siguiente cuarto de hora, vemos en silencio que el tipo con pata de palo y un parche por ojo se va desvaneciendo en mitad del azul océano. Antes de que haya caído la noche, dejamos de distinguirle. La bañista y yo seguimos sentados en la arena largo rato después. La marea alcanza nuestros pies cada vez más próximos.

martes, 30 de abril de 2019

Let it be / Let it bleed


Ni siquiera mi mujer se cree lo de mis paseos con Mick Jagger. “¡Pero qué imaginación, Juan!”, me dice muerta de la risa cada vez que le cuento alguna de nuestras conversaciones junto al mar. Ella siempre me ha tenido por demasiado fantasioso. A esta consideración, mi mujer también ha añadido en los últimos tiempos la de demasiado gordo: “Juan, has echado cuerpo como para tres infartos”. Y tantos no, pero sí que he sufrido un ataque al corazón hace poco... No me lean así. Trabajé mucho durante muchos años y ya estoy jubilado. ¿No puedo ahora disfrutar algo de la vida? Aunque tampoco soy un incorregible. Obedezco al médico lo mejor que sé. No por nada llevo más de dos meses sin probar un dulce. Además, he retirado la sal de mi dieta. ¡Incluso salgo a caminar durante una hora cada día!

¿De qué, si no, iba a conocer yo a Mick Jagger? Somos compañeros de caminatas. Le acaban de sustituir una válvula cardíaca y, como a mí, sus doctores le han prescrito largos paseos. Ni siquiera mi mujer puede negar una noticia que ha aparecido publicada en prensa de medio mundo. No, ella prefiere hacer burla de mis problemas con el inglés: “¿Y en qué idioma se supone que hablas tú con el rolinestón ese?”. “¡Pues en castellano, Juana!”, y ríe de nuevo como una niña traviesa. Da igual que le explique una y mil veces que Jagger aprendió español durante su matrimonio con Bianca, esa chica nicaragüense tan guapa. Diga lo que diga, he asumido que mi mujer se tronchará a mi costa. Sin embargo, reconozco que a menudo me quejo de ella demasiado mientras paseo con Mick. No sé en cuántas ocasiones habrá estado casado él, pero es obvio que de mujeres sabe. Siempre me aconseja que no se lo tenga en cuenta a Juana. Y tiene razón, porque mi mujer y yo llevamos toda nuestra vida juntos.

¡Pero qué gran tipo este Mick Jagger! Le encanta la Costa del Sol, es un conversador fantástico y su paciencia roza lo infinito. Hasta hoy nunca le había visto contrariado. Y con seguridad lo de esta tarde no ha debido de ser nada más que un malentendido sin importancia. Mañana estará olvidado. En realidad, no entiendo bien qué ha sucedido. Caminábamos por la playa y él me animaba a olvidar una pequeña riña que acababa yo de tener en casa. Entonces, con mi mejor intención, he querido agradecérselo con un cumplido: “Es igual que vuestra famosa canción Let it be”. Mick me ha mirado como quien no comprende. Ya iba a repetir mis palabras más despacio cuando veo que, de repente, se gira y emprende el trayecto de regreso. A los pocos metros, de nuevo gira y queda quieto. “¿Qué pasa, Mick?”. Su dedo índice apunta antes de por fin dispararme: “Juan, estás gordo”.

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Foto: Splash News.

viernes, 12 de abril de 2019

Por toda la escuadra


Durante más de treinta años, mi hermano Lucas creyó que le había marcado un gol al mismísimo Luis Miguel Arconada. Sucedió una tarde de verano de 1983. Éramos dos niños que jugaban al fútbol en la playa. Sentado sobre su toalla, mi padre insistía en que aquel hombre de largos brazos de la sombrilla de al lado no era otro que el mítico portero de la selección española. Nosotros no podíamos creer algo así; la estampa de Arconada era la única que siempre nos faltaba en el álbum. De modo que papá se acercó hasta la supuesta leyenda y se fundió con ella en un abrazo. Para nuestro asombro, ambos estuvieron largo rato hablando, como un par de viejos amigos. A su regreso, mi padre nos comunicó el reto: “Asegura que no sois capaces de meterle un gol”. Y, en mi caso, el internacional tenía razón. Con una hermosa palomita, Arconada atrapó sin problemas nuestro descolorido balón de playa. Pero Lucas, un año mayor, tomó carrerilla y en su intento pegó de puntera a la pelota. Esta tomó efecto y velocidad, lo que volvió inútil la estirada del guardameta. Ni Lucas daba crédito a su disparo. Solo saltaba y saltaba celebrando el gol. Papá y yo le abrazamos eufóricos. 

Matrícula de honor en la carrera y el doctorado, sacó plaza la primera vez que se presentó a las oposiciones, su boda con Elena y el posterior nacimiento de tres niños felices y sanos. Todo en la vida de mi hermano parece la consecuencia de aquella temprana proeza en forma de gol heroico. Quizá Lucas no opine igual, ya que hace poco, durante una comida en familia, nos sorprendió con esta pregunta: “¿Verdad que Arconada se dejó?”. Nuestro padre se puso muy serio y tardó en contestar: “Hijo, ni a día de hoy Arconada es calvo”. Si a Lucas esta revelación le contrarió, nada dijo. Sin embargo, ayer por fin creí entender a mi hermano, tras cruzarme con él y con mi sobrino Rubén mientras los dos montaban en bicicleta cerca de casa. Ya se alejaban cuando oí que Lucas desafiaba a su hijo: “Ese de ahí es Alberto Contador, ¿a que no eres capaz de pillarle?”.

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Foto: Korner.

domingo, 2 de septiembre de 2018

"¡Hola, papá!"


Todos los sábados y domingos de agosto, papá me busca entre las páginas de Diario Sur. Espera leer ese cuento que no consigo escribir. Aunque quizás hoy sea mi día. Ha madrugado mucho a por su periódico de camino a la playa. Media bahía aún duerme, la otra mitad se frota los ojos: “¡Hola, papá!”.

Pd: ¡gracias, Diario Sur!

sábado, 28 de octubre de 2017

(La) Sal de la Tierra

La bañista de Los Baños es la sal de la Tierra. Muy pronto cada tarde, en verano e invierno, ella marcha al mar surcando la costa. Para la bañista de Los Baños nada(r) lo es todo. Por eso, nada más llegar a la playa, se despereza toda la ropa, salvo el bañador azul cielo(s), y sus pies de arena corren a zambullirse de sed. La bañista de Los Baños aflora de nuevo entre las olas con crestas de espuma y pelo a la deriva, coral en los ojos. La piel estalla de mar. A la primera brazada rema una segunda y después muchas otras. La bañista de Los Baños nada/toda una hora, dos, a veces tres. Hasta otear el naufragio. Pero la bañista de Los Baños es viva y se hace muerta. Bocarriba bajo el atardecer, flota entre (b)risas. Cuando el sol termina de hundirse en la almohada del horizonte, la bañista de Los Baños es la sal de la Tierra que sale del mar a recoger su ropa y guardar la tarde. Hasta mañana. 

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jueves, 31 de agosto de 2017

Agosto agotado

La última tarde de agosto se ajustó el ojo de cristal, la pata de palo y fue a bañarse a Los Baños. En la playa, apenas si quedaban ya bañistas cuando el mar sí comenzaba ya, muy de a poco y sin perder calma, a perder su outfit azul marino. El hombre del ojo de cristal y la pata de palo se mojó con brazadas secas. Nadó como si nada hasta orillarse lejos de la orilla. Dejó rápidamente atrás la parte en que haces pie (aunque sea de puntillas) y también el largo y oscurecido dique al final de la cala. Acostado frente a la costa, igual que naufragado o como quien juega a muerto, pero siempre anclado a su pata de palo, el hombre del ojo de cristal y la pata de palo se dejó flotar bocarriba, a la deriva. Más allá de Los Baños, ya no era posible distinguirlo, horizontal contra el horizonte. De noche, en algún punto mar adentro, debió de ver la primera estrella: salada y fugaz. Seguida enseguida de la segunda y después de otra y tantas otras más. Tocado por las estrellas, imagino, el hombre del ojo de cristal y la pata de palo se estrelló en el último cielo de agosto agotado.

martes, 27 de junio de 2017

(en) una noche de verano

Una vez (en) una noche de verano llovieron tantas estrellas que la sombrilla jugó a ser paraguas y tu playa, (el) cielo. Acabábamos de ver cómo el último avión (llegado) desde el continente aterrizaba (en sus alas) las primeras luces sobre la ciudad. Y tú, con tu cámara siempre a mano por nada, para todo: fotografía del atardecer, de aquellos dos hangares, de nosotros juntos y tras la pista del aeropuerto mientras detrás se nos cae el sol (casi) encima. Ahora es una foto de mí, de espaldas, caminando (contigo) hacia la playa. Allí, extenderemos la toalla (amarilla), nos sentaremos y descorcharemos esta y otra (y también otra) cerveza. Porque querrás brindar con cada (penúltima) estrella fugaz, centelleante, casi invisible una vez, (en) una noche de verano.

miércoles, 22 de junio de 2016

Dentro de un tambor (de lavadora)

Para escapar del cliente y su cupón descuento, me escondí en esta lavadora. No fue fácil: recuerdo mis manos hacia delante, con esfuerzo metí ambos brazos, las piernas enseguida quedaron tan retorcidas y aquel dolor de cuello, qué horrible punzada en la nuca. Aunque peor está resultando salir. La pequeña puerta redonda se cerró tras de mí y hace meses que permanezco atrapado. Mis gritos, igual de presos, a diario centrifugan sin éxito el tambor hasta enmudecer. Tampoco sirven los arrepentidos cabezazos que me castigo contra el grueso cristal. Pasa mi tiempo, sin que nada ni nadie pasen. Yo intento matarlo, inflar la esperanza, soplando pompas de jabón. Cada una envuelve un pequeño miedo. Y a ratos, cuando mis dedos lo alcanzan, algo raro, también me aplico suavizante en el pelo. Oí una vez que si repites y repites, te acaba dejando un brillo genial. Y es que aquí dentro me acuerdo de demasiado. Pienso demasiado. Ahora, por ejemplo, le doy vueltas a esta lavadora. La imagino como una gran ballena blanca de metal. Vista así, yo sería Ahab. Mejor Jonás. Muy pronto libre de nuevo. En una playa. ¿De agua fría o caliente? ¿Después de un baño corto o largo? Depende del programa. En todo caso, mojado, remojado. Ya me tiendo al sol. Pronto estaré seco. Y sin manchas. Lavado por fuera. Limpio por dentro. 

lunes, 10 de agosto de 2015

Ladrón de ida y vuelta


Llueve en agosto. Se mojan nuestras cabezas mientras en un callejón junto al mar alguien me atraca. Sólo tengo mi cartera. Se la ofrezco. Vacía, es su protesta. Compongo un gesto de disculpa, los hombros se me caen hasta el suelo, simétricos, la cara tan amarilla como papel viejo y las manos, mis manos cuelgan sin temblor, son de muerto. Tú estás mal, quiero que me pregunte pero el asaltante no duda. A media voz me oigo reconocer que un poco. Pues vete ya, anda, y me devuelve la cartera. En su interior hay un billete. 

sábado, 1 de agosto de 2015

Azul


Todas las tardes de vacaciones Juan contempla el mismo barco atracado a kilómetro o kilómetro y medio de la playa y no hay día que no piense, y así se lo dice a Azul, sentada a su lado sobre una toalla amarilla, que nadando podría llegar fácilmente hasta el buque. Y Azul, mientras se recoge y peina el pelo en una larga cola libre de enredos, o al tiempo que levanta la mirada de esa revista que acaba de comprar de camino a la playa, o simplemente mientras está haciendo nada salvo ser Azul y tumbarse quejosa bajo el sol, siempre le responde con desgana que eso para qué, Juanillo, pues vaya estupideces se te ocurren, y qué harás cuando llegues junto al barco, ¿pegar un grito? ¡Eh, ustedes, los de a bordo, dejadme subir! Y al final les pedirías que por favor te trajesen de vuelta, si te conoceré yo, Juanillo. Entonces Azul se interrumpe para reírse de su propia ocurrencia. Pero Juan no la escucha. Ni siquiera lo finge. Por eso no oye cómo Azul le recuerda que su rodilla, la derecha, está fatal y ya no aguanta ni un kilómetro andando, mucho menos en el agua, Juanillo. Y de nuevo ella ríe o se ríe, aunque esta vez algo más bajito. Mientras, Juan sigue observando el barco y, tras cada pestañeo, siente que ese gigantesco buque blanco y azul, cargado de contenedores, cientos de ellos, de tantos colores, va dejando de parecerse a un barco. Sobre el mar, que es plomo líquido, la embarcación flota y brilla como una casa o un ascenso, o como la propia Azul brillaba hace mucho tiempo, vestida de novia y tan sonriente. Qué guapa, qué recuerdos. Y por un momento parece que hoy se ha convertido en ese lejano día, así lo siente Juan, pero en realidad es la última tarde de julio y Azul y él volverán mañana a la ciudad. Mejor no pensarlo, piensa Juan, que se levanta igual que un resorte. Antes de llegar al rompiente de las olas su rodilla ya duele. Y es que no puede ser bueno caminar sobre esas pequeñas y puntiagudas piedras del demonio. Pero Juan no se amilana, sino que salta. Se zambulle con brío. Y está nadando. Poco a poco acompasa su respiración con sus brazadas y patadas contra el agua. Y avanza a buen ritmo. Juan no quiere mirar atrás, pero sabe que no está cerca de la orilla. El mar tiene un tono verde azulado. Es frío, envolvente y revitalizador. Y Juan siente cómo todo su cuerpo despierta. Por fin alza la cabeza, aún dista mucho hasta ese barco que no es un barco, sino Azul. Es Azul, que le espera en cubierta. Si se concentra, Juan la escucha gritar que se dé prisa, que nade otro trechito, ya casi ha llegado. Y qué guapa, qué recuerdos. Y de nuevo Juan bracea, patalea. Sin tanto ímpetu, pero recobra el ritmo. Conforme los minutos transcurren, el ahogo y la fatiga sofocan sus músculos. El buque tampoco parece acercarse, sino todo lo contrario, es como si se alejase. O, ni uno ni lo otro, como si se mantuviera a la misma distancia y nadara a idéntica velocidad que Juan. Por primera vez, gira la cabeza. Juan tiene dudas. La playa queda lejísimos. Está a mitad de camino. Pero no tiene sentido volver. Únicamente puede proseguir, esforzarse hasta Azul. Juan lo conseguirá. Lleva todas las vacaciones imaginando este momento, anticipando su victoria. Y Juan no cree que sea un mareo eso que siente. Aunque no ve bien. Y hasta el cielo parece nublado, borroso, líquido. Y las olas le sumergen la cabeza. Está tragando agua. Mucha. El sabor es horrible. Los siguientes movimientos de Juan se ralentizan. Comprende que le cuesta razonar. Y la rodilla duele. Demasiado. De hecho, toda su pierna derecha le arde. Rabia de dolor. Juan intenta flotar, hacerse el muerto para recobrar el aliento. Aunque no se acuerda, ya no sabe cómo hacerse el muerto. Y se hunde como uno de verdad. Bajo la superficie Juan vislumbra las profundidades. Intenta calmar su respiración. Imposible. Le vienen a la mente palabras como denso, miedo y negro. Aunque ahí abajo, entre la nada, algo brilla. Qué luz. Juan la ve incluso desde detrás de los párpados. Bucea hasta ella. Es Azul. Es Azul vestida de novia. Que extiende los brazos. Que lo invita a que se acerque. Su traje es de un blanco cegador. Juan abre la boca impresionado. Entonces todo el mar azul entra por su garganta, desciende por el esófago, y anega sus pulmones. Pero qué guapa, cuántos recuerdos. Y Juan sonríe mientras se sumerge en otro mundo. 

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viernes, 24 de julio de 2015

De amarillo


Siempre me ha gustado suponer más que saber, mirar en lugar de ver. Por eso ella me gustó desde que la miré. O quizás, ahora que lo pienso, cuando recuerdo, sólo supuse que ella me iba a gustar. El caso es que llegó en ciclomotor y aparcó al final de una rampa que daba acceso a la pequeña cala. Estacionó su motocicleta bajo una palmera muy alta y un poco enferma, y enseguida se caló sobre su bonita, pensé delicada, cabeza un sombrero de paja que vi florecer del interior de su bolsa de playa. Y no sé por qué pero todo me iba gustando. Antes ya se había quitado las gafas de sol con cristales de espejo amarillo eléctrico y así pude admirar sus ojos, y estos me gustaron. Como me gustó, en realidad me encantó, su traje de baño, que también era amarillo, aunque de color más claro o menos chillón, y de dos piezas. Y encima se sentó muy cerca de donde yo había colocado mi toalla y donde leía, con calor y gorra, el primer capítulo de Rayuela. Y la novela me estaba gustando pero no tanto como su manual de español. O no tanto como me gustó la manera en la que ella se tumbaba boca abajo y pasaba páginas, no sé si leyéndolas o tan sólo hojeándolas, cuando de repente ahora se desabrocha la parte de arriba del bikini y en su espalda tostada, muy amarilla, surge una franja algo más blanca, casi sin tostar, y todo parece volverse distinto, lento. Y supongo que ya no puedo dejar de mirar porque en un momento dado ella alza el cuello del libro y me ve mirándola. Y entonces, puede que por rubor, puede que por la sorpresa, el gorro se le cae un poquito hacia atrás, muy leve, como de forma distraída, para quedarle igual que un birrete, como un improvisado moño de paja sobre la coronilla. Sus labios perfilados en rosa hablan un perfecto castellano, apenas algo de acento extranjero sin procedencia, que sin embargo yo no comprendo. Y no la entiendo porque lo suyo no era rubor, ya que mientras habla, ¿pero qué me está diciendo?, ella se va incorporando y se sienta sobre su toalla y con una pierna, la derecha, morena, tan esbelta y doblada bajo su hermana izquierda, pisa la parte superior olvidada, abandonada, del traje de baño amarillo. Y yo miro, yo veo. Y el mundo es redondo o así lo pienso. También es doble. Casi simétrico. Digno de elogio. ¿Qué decir? Pero debo decir algo. Y de hecho lo hago. Al menos oigo que es mi voz la que habla. Pero me escucho desde muy lejos, como el que atiende a las palabras de otro. Así oigo que le pregunto su nombre, le pregunto por su tiempo en la ciudad, por su vida. ¿Y quieres una cerveza? Claro que quiere. Acerco un poco la toalla entonces, si no te importa. Pero qué le va a importar. Claro que sí, mejor incluso. Pues brindemos. Luego me cuenta todo. Lo va narrando a sorbos. Y sus labios rosas brillan mucho. De repente noto que, sin darme cuenta, yo también estoy sobre la parte de arriba del bikini. Aunque déjame que te cuente, que te explique de mí. Pero a ella siempre le ha gustado más suponer, me hace saber. Yo no doy crédito. Me encanta. Tanto que la gorra se me cae un poquito hacia atrás, deslizándose hasta mi coronilla. ¿Qué iguales, no? Idénticos y risas. Y simétricos seguimos allí muchas horas después hasta que cayó la noche. Me gusta, lo cierto es que me encanta, suponer que desde la distancia, apenas iluminados por las luces de los edificios, del puerto, al otro lado de la bahía, no parecíamos dos sino uno. 

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Imagen: Yellow, Coldplay. 
Publicado en La voz de hoy.