No te entiendo, si a mí me gusta todo de ti... Vale, casi todo. Pero,
no puedes negarlo, a veces eres un poco impuntual y bastante cabezota.
Además, tienes despistes constantes, o quizá tus olvidos obedecen a
que, como ahora, nunca me escuchas, ¿cierto? Encima solo sabes mentir.
Se trata de tu afición favorita junto a desaparecer o buscar bronca. Y
qué decir de anoche: “García Márquez está sobrevalorado”. ¡Por ahí sí
que no! Tú ganas: ya no me gusta nada de ti.
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domingo, 1 de agosto de 2021
viernes, 29 de mayo de 2020
Escri(sobrevi)bidor
He redactado para otras personas cientos e incluso miles de cartitas de amor, requerimientos burocráticos, discursos institucionales, escritos de reclamación, borradores de futuros testamentos, informes técnicos, brindis en fiestas, breves rimas, algunos ensayos, solicitudes de avales y préstamos, proyectos escolares, universitarios, largos poemas, infinidad de cuentos y relatos, incluso una novela que no lleva mi firma. Redactar por encargo siempre me ha resultado sencillo. Qué cómodo culpar de este primer, y también último, bloqueo creativo a los dedos, hartos de teclear, o a la cabeza, rendida de tanto pensar cada idea como si debiera dejarla escrita. Pero ni eso puedo. La bañera se desborda y el papel último, aún vacío. No tiene sentido un redactor sin palabra. “Adios” como único texto final, el más breve de todos. Protestan mis huesos al ponerme en pie y desando los pasos, cuento trece, que conducen de la mesa al baño, donde el agua cae irresistible. La camisa mojada tira de mí, también estos zapatos. Cierro los ojos mientras me sumerjo por completo en la bañera. De a poco va surgiendo el desenlace. Apenas queda. Ya casi llega… ¡Olvidé tildar adiós! Grito, pataleo sin aire en los pulmones. Aguarda de nuevo el teclado.
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miércoles, 4 de septiembre de 2019
Hormigas
Nada me aterra más que un dentista de dientes retorcidos, un oculista que necesite gafas o un peluquero calvo. Pero ya había comenzado a explicar lo de mis hormigas cuando percibí que el psiquiatra sufría un tic nervioso en los párpados. “Siga, siga”, me apremió con tono serio y algo nervioso. “Veo hormigas, cientos o incluso miles de ellas, en cada esquina y a cada instante… Ahora trepan pared arriba, suben en fila india justo detrás de su mesa”. El doctor no se giró a comprobar si decía la verdad. Ni un músculo movió, salvo esos que nunca descansaban y volvían temblorosa su mirada. “Claro que ninguna persona más las ve”, añadí. “¿Desde cuándo le sucede?”, y otra vez noté un matiz agitado (aunque la que vino a mi cabeza fue la palabra chalado) bajo su estado de paz y calma aparentes. No quería, pero le conté de Sara, de la noche en que se fue. Las hormigas llegaron a la mañana siguiente. “Le pondré medicación, es la única manera de cortar el brote”. Como guardé silencio, el psiquiatra continuó hablando y acelerándose hasta el punto de no hacer pausas: “También-voy-a-prescribirle-sesiones-de-terapia-disculpe-un-segundo”. Tiró su silla al levantarse. Los muchos títulos académicos que presidían la consulta cayeron de forma estrepitosa sobre la moqueta de color oscuro. El psiquiatra no debía de tener miedo de cortarse con los fragmentos de cristal, porque se quitó un zapato y lo usó para golpear el lugar exacto donde un mayor número de hormigas se había aglomerado. No sé cuántos porrazos propinó contra la pared. Todos mis bichos murieron, sin excepción. El doctor entonces destensó el gesto, recuperó la butaca y supe que sus párpados habían perdido el tic. Con voz serena, dijo al entregarme una receta: “Estas pastillas las tomo yo, son fantásticas”.
lunes, 2 de septiembre de 2019
ManSana
martes, 20 de agosto de 2019
Co(n)razón
Periódico local, sección de sucesos, columna interior de página par, párrafos finales:
El equipo médico del complejo hospitalario continúa preguntándose las razones de la evolución clínica favorable que ha experimentado el joven de 32 años ingresado en situación de parada cardiorrespiratoria hace hoy seis noches. “A las tres horas y dos minutos de la madrugada del pasado lunes, tras haber agotado sin éxito cualquier posibilidad de reanimación, desde las instalaciones del ala de Urgencias de la institución se certificó el fallecimiento”, ha explicado a este diario el responsable de la Unidad de Cardiología, el doctor J. A. Tapia, quien ha añadido con perplejidad: “Sin embargo, escasos minutos después, el paciente recuperó la conciencia y también el resto de funciones fisiológicas a excepción del pulso cardíaco, que no ha vuelto a registrarlo desde entonces”.
“Vivir sin corazón resulta biológicamente imposible, se trata de un hecho indiscutible”, ha argumentado el propio doctor J. A. Tapia, aunque al segundo ha precisado: “Aparentemente, debiera ser así, por eso no damos crédito”, ha reconocido asombrado.
Ante la ausencia de una explicación médico-científica que desvele cómo regresó a la vida este joven hombre de 32 años cuyo corazón lleva sin latir durante casi una semana, la redacción se ha puesto en contacto vía telefónica con F. García de la Cruz, fundador y socio director de El Misterio, primera agencia en España y América Latina dedicada a la investigación de fenomenologías extrañas. “Pese a lo tremendamente inusitado de la cuestión, ya hay consignados casos similares a lo largo y ancho del continente sudamericano; si no recuerdo mal, en países como Perú, Uruguay o Chile, por citarte algunos”, ha declarado García de la Cruz. Para este “experto en la otredad cósmica y lo incierto de nuestra existencia”, como se define a sí mismo, cada vez serán más las personas que vivan bajo la privación del pulso cardíaco: “Es únicamente una cuestión de evolución humana, algo sobre lo que el escritor argentino Andrés Neuman reflexionó recientemente a través de un fantástico aforismo en el que, lamento no disponer de un ejemplar aquí, aunque recurriré a mi memoria, proponía que el corazón es un músculo peculiar que, en vez de levantar peso, lo acumula”.
Miembros del Gabinete de Comunicación del centro médico han adelantado a esta cabecera que el paciente recibirá mañana el alta hospitalaria y proseguirá con la recuperación desde su domicilio, en compañía de sus allegados y siendo a diario sometido a exhaustivos y rigurosos reconocimientos y controles. Pero el experto F. García de la Cruz no se muestra preocupado y augura “tiempos felices” al protagonista de tan increíble suceso: “Seguro que le irá de maravilla, y es que nadie puede partirte el corazón si no tienes uno dentro del pecho, ¿verdad?”.
El equipo médico del complejo hospitalario continúa preguntándose las razones de la evolución clínica favorable que ha experimentado el joven de 32 años ingresado en situación de parada cardiorrespiratoria hace hoy seis noches. “A las tres horas y dos minutos de la madrugada del pasado lunes, tras haber agotado sin éxito cualquier posibilidad de reanimación, desde las instalaciones del ala de Urgencias de la institución se certificó el fallecimiento”, ha explicado a este diario el responsable de la Unidad de Cardiología, el doctor J. A. Tapia, quien ha añadido con perplejidad: “Sin embargo, escasos minutos después, el paciente recuperó la conciencia y también el resto de funciones fisiológicas a excepción del pulso cardíaco, que no ha vuelto a registrarlo desde entonces”.
“Vivir sin corazón resulta biológicamente imposible, se trata de un hecho indiscutible”, ha argumentado el propio doctor J. A. Tapia, aunque al segundo ha precisado: “Aparentemente, debiera ser así, por eso no damos crédito”, ha reconocido asombrado.
Ante la ausencia de una explicación médico-científica que desvele cómo regresó a la vida este joven hombre de 32 años cuyo corazón lleva sin latir durante casi una semana, la redacción se ha puesto en contacto vía telefónica con F. García de la Cruz, fundador y socio director de El Misterio, primera agencia en España y América Latina dedicada a la investigación de fenomenologías extrañas. “Pese a lo tremendamente inusitado de la cuestión, ya hay consignados casos similares a lo largo y ancho del continente sudamericano; si no recuerdo mal, en países como Perú, Uruguay o Chile, por citarte algunos”, ha declarado García de la Cruz. Para este “experto en la otredad cósmica y lo incierto de nuestra existencia”, como se define a sí mismo, cada vez serán más las personas que vivan bajo la privación del pulso cardíaco: “Es únicamente una cuestión de evolución humana, algo sobre lo que el escritor argentino Andrés Neuman reflexionó recientemente a través de un fantástico aforismo en el que, lamento no disponer de un ejemplar aquí, aunque recurriré a mi memoria, proponía que el corazón es un músculo peculiar que, en vez de levantar peso, lo acumula”.
Miembros del Gabinete de Comunicación del centro médico han adelantado a esta cabecera que el paciente recibirá mañana el alta hospitalaria y proseguirá con la recuperación desde su domicilio, en compañía de sus allegados y siendo a diario sometido a exhaustivos y rigurosos reconocimientos y controles. Pero el experto F. García de la Cruz no se muestra preocupado y augura “tiempos felices” al protagonista de tan increíble suceso: “Seguro que le irá de maravilla, y es que nadie puede partirte el corazón si no tienes uno dentro del pecho, ¿verdad?”.
domingo, 18 de agosto de 2019
Never(a)
Aburrido durante una tarde aburrida abro mi nevera en 2019, pero la cierro diez años antes. Ahora soy quien fui. Y sé qué sucederá. Aunque a la noche igual regreso a tu apartamento. Allí uso palabras distintas. Por un momento, funciona. Sale a la perfección. Hasta que de nuevo todo se nos rompe. Hoy hace diez años desde la última vez. Este aburrimiento me vuelve a arrastrar hacia la nevera. Solo abrir y cerrar. Nuestro tiempo espera.
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lunes, 12 de agosto de 2019
Domingo de Julio
El mar de esta mañana parece acuarela. Julio ha llegado pronto. Y ha desplegado su sombrilla. También la toalla. Pero su cachito de paraíso enseguida es amenazado. Colchonetas, sillas a rayas y neveras toman al asalto cada milímetro de playa. Julio busca refugio entre las olas. Allí recibe un pelotazo. De nuevo huye y nada hacia donde cubre. Se deja flotar bocarriba cuando la orilla cae lejos. Tanto como para que surja una aleta oscura en este mar acuarela.
sábado, 10 de agosto de 2019
Monólogo de un socorrista mal hablado y sin vocación, pero enamorado (¿has visto cosa igual?)
En el dorso de su pie izquierdo, Bea tiene tatuada una rosa roja. ¿Has visto cosa igual? Aunque yo no debería estar aquí. Soy especialista en Borges. Me doctoré con las mejores calificaciones. Cuando quieras, te recito de memoria El Aleph. También El Zahir, Emma Zunz o Tlön, Uqbar, Orbis Tertius. ¿Has visto cosa igual? Me juego el silbato a que no. Sin embargo, ver para creer, ante ti se presenta el puto socorrista de esta playa. Ese soy yo, sin duda. Desde las catorce hasta las veinte horas durante todas las tardes del larguísimo verano. Y ahí asoma entre las olas el primero de mis problemas del día. ¿Por qué motivo se meten tan hondo si no hacen pie? ¡Hay oleaje! ¿No has visto la jodida bandera amarilla? Claro, ahora con alzar las manos y que me rescaten ya queda arreglado y olvidado el asunto, ¿no? En serio, ¿tú has visto cosa igual? Pues este va a esperar. ¡So imprudente! ¡Dramático! ¡Cálmate que te estoy viendo flotar! Bah, es de los que no escuchan ni oyen a nadie. Maldita la gracia. Mi problema, justo lo contrario. Oigo, escucho y, en general, hago demasiado caso a cualquiera. Por ejemplo, al cabrón que me arrastró a este asiento de socorrista. Coser y cantar, me convenció mi amigo. También me ilusionó: ¡Vaya verano que te vas a meter, canalla! ¿Has visto cosa igual? De recordarlo, me enciendo. ¡En nada iré, pelmazo! ¡No dejes de mover las manos y piernas entretanto! No atiende, pero a este pieza le doy yo una buena curita de humildad, aunque me cueste el silbato. De la orilla no se aleja más en su vida. Mi idea era la siguiente: pasarme tres meses sentado a la sombra, leyendo a mi bola mientras me entraba la pasta en los bolsillos. ¿Has visto cosa igual alguna vez? Seguro que no, porque una puta maravilla de tal calibre no ha sucedido jamás ni ocurrirá. Resulta por completo imposible. En mi campo de batalla no hay quien pare. Ese mar de bañistas que me mira y remira para que a la puta carrera saque del agua al capullo de los gritos, pataleos y brazos al aire… ¡Lean a Borges, incultos! Todos ellos son los mismos mamones que no cesan de joderme ni un minuto. Al final no me quedará otra que ir a por el cenutrio. ¡Quién ha visto cosa igual! ¡Que muevas los brazos, tío! ¡Aguanta, campeón! Y tampoco son de los peores estos que a cada segundo amenazan con ahogarse, ¡ojalá! La playa rebosa de hijoputas aún más cabrones. Por ejemplo, el típico al que de repente le sobreviene un golpe de calor fatal. No te queda la menor duda de que a su lado siempre habrá una señorona que ha presenciado la escena y empieza a sentirse mareada. Suerte tendrás si no sufre un desmayo de pura aprensión. O el niñito que pisa tres erizos nada más haber plantado su papi la sombrilla. Entre mis horrores favoritos se encuentra el de esa inefable anciana que juguetea en el rompeolas hasta que cae de culo y, socorrista, levántame que no puedo, ¡sálvame! Y mi condena estival pasa, ¡faltaría más!, por rescatar a todos y cada uno de los imbéciles de turno. Nunca faltarán memos en nuestras costas. ¿Has visto cosa igual? Luego, me fríen sin piedad esos a los que califico de preguntones vocacionales: ¿Cómo ves hoy el mar, socorrista? ¿Qué horario tienes mañana, socorrista? ¿Amainará pronto el viento, socorrista? ¡Y yo qué coño sé, chaval! Déjame en paz. Ignórame. Pero qué te aporta a ti acercarte a saludarme. ¡Disfruta de tu vida! Hazlo lejos de mí. Igual que el tarugo de allí que apenas si se mantiene medio a flote. No se imagina que todavía le queda un ratito hasta que vaya a buscarle. Yo no vuelvo, fue lo que pensé tras mi primer día de trabajo. Aunque soy tan imbécil que regresé. Por supuesto, de nuevo prometí no repetir en una tercera ocasión. Ahí conocí a Bea y, ¡puto descerebrado!, desde entonces pido que este infierno no termine. Ya he explicado que Bea tiene tatuada una rosa roja en el pie izquierdo. Además, viene a bañarse y tomar el sol de lunes a domingo. ¿Has visto constancia o cosa igual? Ella siempre llega entre las seis y media y las siete de la tarde. Suele colocar su toalla y las gafas de sol unos cinco metros más allá. Bea jamás pierde un instante y enseguida se quita la camiseta y, con apenas un pantaloncito corto tapando su piel bronceada, se zambulle bajo la espuma. ¿Has visto cosa igual? Bea es increíble. ¡Qué estilo al nadar! Y sale del mar y resulta más increíble. Se tumba a tomar el sol; de nuevo increíble. Bea bocarriba o bocabajo. ¡Increíble! Encima saca una novela de su bolsa. ¿Has visto cosa igual? Totalmente increíble que compartamos afición por los libros. Ojalá supiese su nombre. Como ojalá conociese también cómo se llama este gilipollas de los chillidos para poder cagarme en él. Joder, tío, ¡ten paciencia! ¡Saca la cabeza del agua, capullo! La llamo Bea por Borges. Ella es mi “Beatriz, Beatriz Elena, Beatriz Elena Viterbo, Beatriz querida”. Si comprendieras cuánto ansío que conversemos. Me bastaría con lo más mínimo. Un mísero qué hora es, socorrista. Pero ni eso. ¿Has visto puta cosa igual? Bea es la única persona en esta insoportable playa que no me cuenta sus soplapolleces. ¡Ironía de mierda! Espera, que me entra un wasap: joder, el jefe anda haciendo la ronda. Mejor será que me apure a por el tonto-boyas de las narices. Este a mí no me jode la tarde y menos con el superior husmeando la arena. Te juro que antes lo arrastro fuera del agua a patadas. Es que el muy loco parece empecinado en de veras ahogarse. Bueno, ¿y esto? ¡Es que no se ha visto cosa igual! Éramos pocos y parió la… Ahora aparece otro que grita pidiendo ayuda por aquel flanco. ¡Por turnos, señores! ¿No entienden que estoy solo aquí arriba? ¡No se ha visto cosa igual! Y en media hora bajará Bea. Quizá quiera hoy la fortuna que a ella se le encalambre uno de sus perfectos muslos mientras se da un baño. Ya te imaginas la estampa... Sería el mío un rescate heroico, de cine: ¡Muchas gracias, socorrista! Justo anoche soñé que la salvaba de un mar tempestuoso. ¿Has visto cosa igual? Supongo que por algo acabé vigilando la playa. Soy un caso perdido. No obstante, Borges escribió en un poema, y cito con exactitud, “La inmarcesible rosa que no canto / La que es peso y fragancia…”. ¿Olerá acaso a rosa la rosa roja tatuada en el pie izquierdo de Bea?
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lunes, 5 de agosto de 2019
Azul océano
Tan solo la bañista del bañador azul océano gira su cabeza, se acaba de recoger el pelo en una cola que le resbala a un lado del cuello, cuando el tipo con pata de palo y un parche por ojo arriba a la cala. Son las penúltimas luces del día, de modo que no más de cuatro o cinco resistimos aún en la playa. El tipo con pata de palo y un parche por ojo tiene complexión ondulante y una piel color bronce tatuada de cicatrices. No trae toalla. Tampoco calzado para su único pie. A un paso de la orilla, el tipo con pata de palo y un parche por ojo alza los brazos. Arquea el tronco adelante. Estira tanto su cuerpo que se toca sin esfuerzo la punta de los dedos y luego recorre la arena húmeda debajo. La bañista del bañador azul océano observa muy quieta. Ambos contemplamos desde la distancia ese momento en que el tipo con pata de palo y un parche por ojo, como si guardase mercurio en la pierna y no madera, introduce su pata de palo bajo la espuma del rompeolas y, desde mi perspectiva, creo que sonríe. No da tiempo a cambiar de idea, porque de un salto el tipo se zambulle en el agua y la bañista y yo nos reconocemos por primera ocasión. El cabello recogido en una cola de la bañista del bañador azul océano vuela de un hombro a otro igual que un péndulo. Diez metros más allá, el tipo con pata de palo y un parche por ojo emerge de entre las olas. Su repentino gesto de despedida no encuentra respuesta en nosotros. Cuando levantamos las manos para corresponder, él ya se ha girado de nuevo y ahora nada mar adentro. Bracea despacio. También yo me muevo con lentitud mientras recojo mi toalla y la extiendo junto a la bañista. Durante el siguiente cuarto de hora, vemos en silencio que el tipo con pata de palo y un parche por ojo se va desvaneciendo en mitad del azul océano. Antes de que haya caído la noche, dejamos de distinguirle. La bañista y yo seguimos sentados en la arena largo rato después. La marea alcanza nuestros pies cada vez más próximos.
jueves, 1 de agosto de 2019
Breve monólogo de un obseso por lo capilar
Veo que usted me observa con el rabillo de un ojo. No sea tímido. Míreme sin recato. Estoy más que acostumbrado y a su autobús le queda largo rato para llegar. Es a causa de mi pelo que me espía, ¿verdad? Le juro que de hecho no es el primero en quedar embelesado. Luce tan fuerte, luminoso y apetecible. Lo sé, claro que soy consciente. En breves palabras, a mi edad conservo un cabello espléndido. Y disculpe que pueda parecer inmodestia, pero tenga en cuenta que lo mío es el ámbito capilar. Vamos, que me dedico a ello. Profesionalmente, quiero decir. No obstante, hay mucho más. Si me admite una confidencia, la desaparición del cabello provoca en mí tal agitación interna que no sabría describírsela. Resumiéndolo demasiado, me eriza el vello descubrir un pelo que cae. Hablo de ese momento fatal en el que un minúsculo pelito, apenas esa nada, se desprende de la cabeza y aterriza sobre los hombros, y luego busca el suelo para siempre... Por siempre, ¿ha reflexionado acerca de este hecho? Hoy usted es más calvo que ayer pero menos que lo será mañana. Y en mayor o menor medida nadie escapa de nuestra involuntaria y genética carrera hacia la alopecia. Aunque, por favor concédame el cumplido, usted aún resiste. Ese mechón gris de ahí arriba todavía guarda cierta dignidad frondosa. Sin duda, las canas le ayudan. ¿Pero no desearía un poco más de espesor aquí y allá? Ya me sigue, ¡reverdecer la pradera! Porque sepa que mi clínica de implante capilar no conoce rival en toda la provincia. Injertamos felicidad a módico precio. Además, con casi un cien por cien de efectividad. Tome mi tarjeta de contacto. Llámeme o escriba al correo electrónico a cualquier hora. En la lucha contra la alopecia jamás descansamos. En estos momentos, sumamos cerca de quince mil pacientes absolutamente satisfechos. Y soñamos con no dejar un calvo vivo en cien kilómetros alrededor durante los próximos años. Si me permite, arrancaré ahora mismo un cabello de su nuca para disponer al instante de una muestra en nuestro laboratorio. No se apure, resulta indoloro. Aguarde solo un momento. Seguro que vendrá otro autobús enseguida.
lunes, 28 de enero de 2019
Selfi
En el patio de la vieja casa, bajo un cielo que busca su color, el mosaico de fotografías dibuja sobre la mesa de madera toda una constelación vital. Juan ve su vida, cuántos recuerdos, y es azul la sensación que le salta al pecho. De otro sorbo a la taza, aún caliente, cree vaciar la emoción. Pero ahí está Juan, al que se le hace casi imposible reconocerse tan joven, en blanco y negro, fotografiado de perfil aquel día de su llegada a la tienda donde terminó trabajando durante cerca de cuarenta años. Y a la derecha, de nuevo Juan, retratado poco tiempo después, pero ya en colores y paseando cogido del brazo de Sara. “Málaga, agosto de 1967”, escrito a mano por ella (trazos redondeados, levemente ascendentes) en el margen inferior. Una foto más allá, ahora desde las playas de Sanlúcar, Sara y Juan posan sonrientes con los niños. Y en esta imagen de aquí, de la noche a la mañana a ojos de Juan, otra vez los dos sonríen junto al mar, pero en esta ocasión con los niños y los niños de los niños. Mientras que, a la izquierda, qué cerca queda, el lejano día de boda. Inolvidables, positivados, ambos salen de la iglesia y Juan, azulado por momentos, vuelve a dar un sorbo a su taza rebosante de ayer. Hay tantas fotografías de Córdoba. También de la vieja casa y su patio. Como la instantánea, Juan toca sus arrugadas esquinas, de esa mañana de junio en que Sara trajo a Kazán, un cachorro de apenas semanas que miraba a cámara con curiosidad y la lengua fuera, y que fue el primero de los muchos perros que tuvieron juntos. A Juan ya llega un punto en el que, sin solución de continuidad, se le acumulan, desbordantes, las imágenes felices de aniversarios, nacimientos, navidades y fines de año, viajes, veranos… Aunque sus recuerdos favoritos nunca tienen fecha. Son días improvisados, únicos, que todavía perduran. Con las últimas luces de la tarde, empieza Juan a desmontar su mosaico. Algo lo empuja a, de repente, dejar el álbum en la mesa y tantearse apresurado los bolsillos. No termina de entender este teléfono móvil, pero sí ha aprendido a usar la cámara. Frente a ella, Juan estira de a poco un brazo. Fija luego esa sonrisa de siempre ante la vida. Un gran fogonazo de alegría anuncia su primer selfi.
domingo, 2 de septiembre de 2018
"¡Hola, papá!"
Todos
los sábados y domingos de agosto, papá me busca entre las páginas
de Diario Sur. Espera leer ese cuento que no consigo escribir. Aunque
quizás hoy sea mi día. Ha madrugado mucho a por su periódico de
camino a la playa. Media bahía aún duerme, la otra mitad se frota
los ojos:
“¡Hola, papá!”.
Pd: ¡gracias, Diario Sur!
Pd: ¡gracias, Diario Sur!
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martes, 27 de junio de 2017
(en) una noche de verano
Una vez (en) una noche de verano
llovieron tantas estrellas que la sombrilla jugó a ser paraguas y tu
playa, (el) cielo. Acabábamos de ver cómo el último avión
(llegado) desde el continente aterrizaba (en sus alas) las primeras
luces sobre la ciudad. Y tú, con tu cámara siempre a mano por
nada, para todo: fotografía del atardecer, de aquellos dos hangares,
de nosotros juntos y tras la pista del aeropuerto mientras detrás se
nos cae el sol (casi) encima. Ahora es una foto de mí, de espaldas,
caminando (contigo) hacia la playa. Allí, extenderemos la toalla
(amarilla), nos sentaremos y descorcharemos esta y otra (y también
otra) cerveza. Porque querrás brindar con cada (penúltima) estrella
fugaz, centelleante, casi invisible una vez, (en) una noche de
verano.
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lunes, 18 de julio de 2016
La Odisea
Ulises
no puede regresar a casa. Cada día, otro inacabable. Más que
eterno, Ulises inmóvil. Eres aquí. Estarás siempre. No hay vuelta.
Sólo humo. Y esta ola de calor. Sirenas por toda la ciudad. Ulises
trabajando en las afueras. Sin Sur, sin norte. Escaso de dioses.
Vacía su suerte. Lleno de ayer.
miércoles, 23 de septiembre de 2015
NARANJA (MEDIA)
Ahora
verás naranja, me había avisado la doctora en urgencias, pero no
dijo que esa mañana cuando regresara a casa tú, aún en pijama, tu
pijama naranja a juego con tus ojos también naranjas, olerías a
naranja, me sabrías a naranja, a zumo de media naranja.
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miércoles, 2 de septiembre de 2015
Despertar
Sólo
dos minutos más, susurra ella en una mañana muy fría para ser
verano. Descansa, yo contaré por ti, escucha decir a su lado. Es una
voz que acaba en un par de manos enterradas, recorriendo su pelo. Y
ella hace caso y sonríe, y se deja rascar y adormecer, y también
deja de pensarse, aunque como en sueños sí que piensa o se sigue
pensando, pero de forma atenuada, con mucha pereza, desde lejos. Y
así vislumbra, igual que si estuviese en un corredor bañado de
luces y sombras, todo aquello que tendrá que hacer hoy en el
trabajo, y también lo que hará luego, a la tarde. Ella incluso
piensa y aventura lo que hará durante el largo mes de setiembre, aún
por llegar. Y en un momento dado se descubre pensando, o mejor
recordando, lo que hicieron anoche y en ese instante imagina y cree
adivinar qué quiere y querrá hacer él de aquí en adelante. Por
eso le da un beso, en realidad únicamente lo intenta, porque está
tan dormida, tiene tanto sueño, que el beso se pierde en los
rincones de su cabeza acariciada. Inevitablemente ella vuelve a
desvanecerse otro poco, hasta ahora mismo, que con pena le ha
parecido oír algo como ya es la hora o ya es tarde, o ya han pasado
ese par de minutos. Aún nota las dos manos trenzadas bajo su pelo
cuando pestañea y abre los ojos. Se miran. Se incorporan. No dicen
nada. Son ayer. Tiempo de despertar.
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Imagen: A couple in bed (painting)
miércoles, 5 de agosto de 2015
'Verde' (relato)
Verde
tiene las mejillas y los ojos enrojecidos de risa y cloro. No
deberías abrirlos mientras buceas, le digo siempre. Pero ella sonríe
y no hace ningún caso. Luego me promete, a sabiendas de que será
mentira, tan sólo unos largos más, a ver si ahora puedo, papá. Y
yo no puedo evitar reírme. Entonces Verde me mira un poco extrañada,
sin llegar a comprender. Luego desiste o se le olvida y se sumerge
otra vez para un nuevo intento, y observo cómo se aleja muy
despacito, moviendo sus pequeños brazos morenos y dando patadas
cortas y algo torpes contra el agua. Noches atrás, después de
cenar, mientras contábamos estrellas, me contó entre susurros que
su esperanza es cruzar este verano la piscina, ida y vuelta recalcaba
con voz solemne, sin sacar la cabeza para coger aire. Mi esperanza es
Verde.
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