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martes, 15 de marzo de 2016

Marienbad eléctrico


Mientras leo Marienbad eléctrico, el último libro (extraña novela de título dylanita o dylaniano, acaso un ensayo, puede que únicamente otro juego literario) de Enrique Vila-Matas, recuerdo, aunque en realidad lo descubro porque nunca hasta ahora tuve conocimiento de ello, que yo también me hospedé, al menos durante un rato, en el Splendide Hotel, instalación imposible de sólo un cuarto, además inaccesible, además casi invisible, que la artista francesa Dominique González-Foerster inauguró dentro del Palacio de Cristal, en los madrileños jardines del Buen Retiro, hará cosa de año y medio; tal vez sucedió hace dos. Yo estuve allí una tarde de agosto, eso sí lo recordaba. Habíamos llegado a la ciudad la víspera. Y a las seis el calor superaba lo soportable e insoportable. Entonces vimos la treintena de mecedoras, cada una con su libro atado, llamándonos al descanso. Me senté donde Conan Doyle y Holmes, negro sobre blanco, esperaban compañía. Y leí un poco. Dormité otro tanto. Cómo me gustó (creo que a todos nos encantó) el Splendide Hotel, pese a que no supe qué era ni pensé que pudiera tener tan sonoro nombre. Todo ha surgido veinte meses después cuando, ahora que vivo y pienso en Madrid, las páginas de Vila-Matas arrojan una segunda e inesperada lectura.

Dos semanas he pasado en cama a causa de una gripe. Quizá por eso escribo de nuevo. Pero hoy quiero (estoy decidido a) revisitar el Splendide Hotel, aunque ya no exista; a lo mejor únicamente sobrevive como memoria o parte de la mía. Para salir de dudas, arriba de la calle Arniches he comprado una mecedora descolorida y la he arrastrado hasta el Palacio de Cristal. Llevo varias horas dejándome mecer mientras termino los últimos capítulos de Marienbad eléctrico. Sin embargo, no sé por qué, por momentos levanto los ojos del libro y observo absorto mi reflejo bajo el sol de marzo. No parezco yo. Es un fantasma o su recuerdo de agosto olvidado, me digo sin comprender qué he dicho. De repente, escribo en voz alta la primera frase de este cuento, imaginando que tú aún me lees.


domingo, 23 de agosto de 2015

"Hoy durará siempre"



Paula y Juan, y un par de tazas de leche con azúcar. Café una mota tan sólo. Anoche regresaron tarde, después de las cuatro y media. Ya son casi las once, dice uno mientras los dos desayunan en la salita. No han dormido. Se sonríen. Y cada nueva sonrisa colorea de rosa ese amago de ojeras. Paula y Juan se hablan a los ojos. Sueñan con alquilar un coche, quieren ir a Granada. Pero tras el último sorbo lo que harán esta mañana de domingo será ducharse y coger el metro. Bajarán con la línea 1 hasta Atocha. Desde allí remontarán la cuesta de Moyano y se detendrán en todas las casetas. Apuesto a que mirarán los libros de oferta al tiempo que se recomiendan lecturas y regatean con varios tenderos. Para Paula, y Juan coincidirá, agosto no lo es tanto bajo los árboles del Retiro. Por eso pasearán por los caminos alrededor del lago y sus barcas. Mira qué han dibujado en la boya, comentará Juan y a Paula le hace gracia. También visitarán el Palacio de Cristal, donde dentro encontrarán instalada una jaima gigantesca, llena de música y murmullo de conversaciones. Luego me gustaría que rodearan la Fuente del Ángel Caído, justo antes de ir a sentarse en un banco de ubicación imprecisa. A la sombra compartirán viajes y anécdotas. Como esa ocasión en la que Paula estuvo a punto de participar en un concurso de televisión y sólo el azar pudo impedirlo, ya había pasado las pruebas. O aquella otra en que Juan, tan propenso a lo absurdo, casi se vio envuelto en un asunto de capa y espada. Y qué pronto se les hará tarde. Pero a Paula y Juan no les gusta tener prisa. Querrán no tener reloj. De modo que seguirán contándose y en un momento dado supongo que echarán a andar hasta perderse por el barrio de las Letras. Quizá coman en un bar de la calle Huertas. Mejor tal vez en uno próximo a la plaza de Santa Ana. Y después, a la hora del café, seguro que con mucha leche y azúcar, apenas una motita de café únicamente, se mirarán y sonreirán. Y de hecho no dejarán de sonreírse ni de mirarse. Porque el tiempo se habrá detenido o sencillamente ha dejado de existir entre los dos. Y de nuevo es por la mañana. Paula y Juan desayunando en la salita. Observo sus tazas y ojeras de no haber dormido. Con todo el domingo por delante para soñarse. 

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Lienzo: El Retiro, Joaquín Sorolla.