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sábado, 25 de junio de 2016

Míster Inox (el hombre fortificado)

Me ordenaron reordenar los electrodomésticos más grandes. Esos congeladores tan inmensos y níveos como sepulcros. Los frigoríficos americanos de doble y colosal puerta. También había lavadoras para mover, secadoras y hasta su pesado híbrido: las lavadoras-secadoras. Además de un convoy de lavavajillas y hornos. Mudar aquel mar de metal era mi cometido. Tras dos horas y un esguince de muñeca, los aparatos quedaron colocados de tal forma que recordaban a una casa. A un fuerte del Lejano Oeste, pensé yo. Así que presuroso me atrincheré dentro. Las primeras noches provoqué mucho revuelo. Los vigilantes, ya hartos, me insultaban como niños viejos y frustrados. Introducían torpemente sus brazos para arrastrarme fuera. Los compañeros, mientras tanto, se lamentaban. Mi jefe mediaba: Fernando, sal. Venga, hombre. Deja la broma. Muy buena. Aunque mejor para. Pero no cedí. Estaba muy cómodo recostado en el congelador. Tan fresco pese al calor de junio en Madrid. Y si me daba hambre, reptaba hacia la nevera. O hasta la secadora, mi improvisada despensa. Vivía igual que quería. Y así quería vivir. Leyendo de madrugada. Espiando por las tardes a los clientes desde mirillas estratégicamente dispuestas. Uno de ellos, no sé por qué, me pidió una foto. Me acuerdo que era bajito, casi calvo y usaba gafas de ver. Accedí al instante. Luego vinieron muchos más. Llegó a oídos de la prensa. Salir por televisión atrajo a centenares, incluso a miles. Demasiados. Sin pretenderlo, el centro comercial y yo mismo nos convertimos en atracción. Ahora media ciudad se acerca cada día a verme. El hombre fortificado. Electrocasa. Míster Inox (como aquel antiguo pueblo de Almería). Esas cosas y otras peores me llaman. Tal revuelo hay liado que anoche, tras el cierre, vino a verme el director. Me dio la enhorabuena. Me dio las gracias. Treinta y tres veces dijo gracias. También dijo estás fijo. Porque mira tu nuevo contrato. Y tu flamante sueldo. No me he equivocado con los ceros, descuida. Nos haremos ricos. Por fin podrás elegir horario. El que prefieras. Habla directamente conmigo. Llámame si necesitas electrodomésticos para tu casa, Fernando...
Y hoy, a primera hora, he tenido que huir de mi propio fuerte.

viernes, 7 de agosto de 2015

Marrón


Marrón tiene un revólver y un gran problema en cada mano. El contable se niega a abrir la caja fuerte mientras afuera el sheriff no deja de gritar que salga y se entregue. Ya oye a sus muchachos rodear el banco con pasos fantasmales, un leve crujir de baldas amarillas. Marrón piensa en Blanca vestida de negro, los ojos llorados. No llores, mi querida, quiere decirle, te prometí que escaparíamos. Marrón dispara al contable en una pierna, la izquierda. Y cuando el contable cae entre aullidos de dolor los hombres del sheriff irrumpen en el banco. Entran por ventanas, puertas y paredes. Son tantos. Son demasiados. Marrón derriba a dos, incluso hiere a un tercero, antes de que una bala alcance su columna y otra, casi simultánea, destroce su mandíbula. La última y definitiva desangra su corazón. Marrón también se cae o cae para siempre, aunque no hace ningún ruido. No muy lejos de allí Blanca todavía sueña con un romance en Durango. 



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Fotograma: Paul Newman y Robert Redford, en Dos hombres y un destino.