De
un tiempo a esta parte me viene doliendo el corazón. Me ocurre
estando con ella: esas tardes que paseamos junto a la playa o
mientras compartimos una cerveza, sentados en cualquier bar del
centro; también cuando nos acostamos. Siempre es el mismo dolor de
punzadas arrítmicas. Tantas y tan fuertes que el otro día desperté
en el hospital. Ella esperaba junto a mi cama. La vi despeinada, el
gesto muy preocupado y llena de miedo, y sus ojos, así como sus labios, grandes y temblorosos, latían, me miraban. Y yo quise
decirle guapa y gracias, y que no se asustara, pero un enfermero sin
rostro la apartó. Sus gritos eran de color rojo.