Las
camas de Estrecho crujen abarrotadas de ideas despiertas: y si cambio
de trabajo, de casa, dejo mi vida, viajo lejos, muy lejos, empiezo de
nuevo en otro lugar, con otro nombre, como otra persona... Pero son
realmente pocos los atrevidos que se atreven, vistiendo de hecho
al pensamiento, a dar ese pasito de calcetín blanco necesario para
escapar de las sábanas, justo antes de empacar un equipaje fugaz y
hacerse a la noche que afuera espera. Desde mi ventana alargada como
un bostezo, insomne les veo perderse en el laberinto de calles que
dibujan Madrid. Y apenas dejan rastro tras doblar la esquina. Tan
solo sueños que me gustaría soñar algunas noches de insomnio.
sábado, 19 de mayo de 2018
miércoles, 9 de mayo de 2018
Bingo
Si
tuviese buena voz o al menos carisma, el jefe me daría la noche del
viernes o sábado. No obstante, son las tardes de lunes a miércoles
cuando canto números en un bingo de Estrecho. Pero tampoco me quejo.
Mis clientes, en su mayoría mayores, casi simpáticos, a veces dejan
propina después de que la fortuna les sonría. Aunque el día a día
apenas cambia. Llego temprano. Me tomo una cerveza, más por
vergüenza que nervios. El micro está encendido antes de que ocupe
mi sitio frente a la sala. Sin mediar palabra, empiezo a recitar
números y números. Toda una retahíla de cifras repetidas que solo
se ve interrumpida ante la felicidad de un asistente al gritar línea
o, mejor aún, bingo. Entonces, hay un leve jolgorio, pares de manos
que aplauden y esa alegría contagiosa que siempre regala la suerte.
Yo no me inmuto y paso al siguiente cartón. Así, canto uno tras
otro. Puedo estar cuatro o cinco horas seguidas haciéndote ganar
dinero sin perder la voz. Al cierre, Sara ya espera fuera. Cogidos
del brazo, caminamos hasta casa mientras me va contando anécdotas de
su trabajo. Hoy paramos a comprar cena. Sara pide dos porciones.
Sonríe. Es línea. Bingo.
martes, 8 de mayo de 2018
VÉRTeGO
En
la terraza más alta de uno de los más altos edificios de todo
Madrid, el vértigo se me cae a los pies con cada nueva palabra de
tus labios. Al murmullo de las cervezas, rodeados de pensamientos y
nomeolvides, no sé cuánto llevamos hablando esta tarde casi
atardecida. Tampoco sé bien decir qué nos decimos. Pero hay un
conjuro en tu hablar cadencioso, esperanzado, irresistible. Supongo
que es el momento. Pero los momentos nunca duran, si lo(s) piensas.
Aunque ahora vas y sonríes. Adiós, vértigo.
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domingo, 6 de mayo de 2018
La mañana de un día cualquiera
Amanece
tan mal que sueña hacerlo todo bien, al menos hoy. La ducha, por
tanto, larga y minuciosa. El afeitado, preciso. Con un peine, peina
consuelo a los mechones de pelo más aterrados. Para desayunar, tres
piezas de fruta, dos vasos de zumo recién exprimido, también una
taza de té de tila, algo de pan integral con aceite y, a punto de
caducar en la nevera, un yogur natural. Naturalmente, empieza a ser
un poco tarde ya. Aunque en el metro, al arrullo de lo fugaz,
experimenta por cada pasajero un afecto real e impreciso. Durante
incontables estaciones y un par de trasbordos, vive momentos
excepcionales que no/nadie recordará. La señal roja coronando el
alto muro blanco anestesia esa penúltima duda. Pacientes, las
puertas hidráulicas sisean bienvenidas constantes. El cuestionario
impreso a doble cara se vuelve prolijo, desasosegante, de algún modo
innecesario. Por fin, otro le esposa su destino a una de las muñecas.
Y cruza pasillos, salas de espera, consultas. Pero nada parece (querer)
terminar nunca la mañana de un día cualquiera mientras se deja
ingresar.
martes, 1 de mayo de 2018
Mar de Cristal
La
boca de metro se abre al sabor azulado, casi líquido, de Mar de Cristal en calma una tarde de mayo. Desordenados como caries, a
izquierda o derecha de los puntiagudos escalones dentados y grises,
cada ex pasajero asciende sobre el runrún eléctrico de la larga
lengua mecánica, sin fin, siempre embarcada en otro nuevo viaje
(salmón) río arriba. Varios peldaños más cerca del cielo, a punto
ya de tocar tierra firme, tan pirata como sus vaqueros, los
pendientes de aro, la bandana coral, con camisola blanco vela al
viento y un ancla tatuada en ambos tobillos iguales y distintos, Mar
lee tras sus anteojos un gastado mapa de Madrid, cuyas esquinas se
doblan y desdoblan enredadas entre sus muchas pulseras. Hay un tesoro
escondido aquí. Un dedo señala la X roja y precisa. Fuera de la
boca de metro, la tarde de mayo se derrama a sorbos pequeños. Dos
calles más allá, bajo la sombra de una improbable palmera, Mar
queda muy quieta. Inquieta (son)ríe. Sus ojos brillan. Empieza a
cavar.
domingo, 29 de abril de 2018
Changes
Al
buzón de casa llegan cartas a nombre de otro. En el teléfono móvil
se acumulan llamadas que no debieran ser para mí. Cuando abro
Facebook, lo que encuentro me resulta extraño, desconocido. Incluso
los datos y la foto del DNI en mi bolsillo se renuevan para
identificar a un nuevo yo. Sin embargo, sigues empeñada. Nunca
cambiaré.
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domingo, 22 de abril de 2018
(Otra) Casa tomada
Pese
a que vivo solo y nadie tiene copia de la llave de casa, desde la
puerta del bar de la esquina, esta noche miro hacia la ventana de mi
salón y veo luz adentro. Con cada sorbo de cerveza, me convenzo un
poco más de que soy olvidadizo, despistado, capaz de salir del piso
sin haber echado la llave o sin haber apagado la lamparita bajo la que a
diario leo; hoy, por no ir más lejos, un cuento de Julio Cortázar. También me digo o me cuento, y con el sabor de la cerveza
salen y saben mejor las palabras, que las sombras que intuyo moverse
tras el cristal y el estor de la ventana son únicamente eso:
sombras, ilusiones ópticas, fantasmagorías de mi mente asustada
ante el hecho de que empieza a hacerse tarde y Sara no ha venido al
bar ni contesta al teléfono. El camarero, que mira como quien
entiende, se ofrece a invitarme “a la penúltima”. Ya no debería
beber otra. O puede que sí, pienso después de haber aceptado su
ofrecimiento. Porque quizá no sea tan mala idea, antes de subir y
volver a marcar los números de su número, apurar algo más de valor
del fondo del vaso. Entre tanto, tal vez dé tiempo a que Sara
aparezca y las sombras de mi casa desaparezcan.
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sábado, 14 de abril de 2018
El tercio de los sueños
Desde
hace hoy justo tres meses, a una hora tan improbable y nada taurina
como las 3:33 de la mañana, de madrugada el viejo torero recibe en
su ancha cama de Estrecho la visita de todos aquellos (casi
incontables) toros a los que, a lo largo de una larga y vivida vida,
dio muerte en plazas a ambos lados del océano. Fueron muchas (incontables) tardes de triunfos en la cercana Las Ventas, los abriles
saliendo a hombros de La Maestranza sevillana y esos vítores
irrepetibles que dicen aún se oyen allá en Aguascalientes.
Temblequea la memoria del viejo torero, embestida por manadas de
fantasmagóricos toros de lidia. El viejo torero rememora sus nombres
(Lucero, Tiza, Sinfonía, Rayo, Maldito...) mientras los astados de
ayer cornean el descanso sin descanso. A la mañana siguiente, una vez más, el madrugador sol de Madrid deslumbra al viejo torero, aovillado e insomne entre sábanas y tormentos. Dentro de la consulta
número cuatro del ambulatorio de calle Infanta Mercedes, el
doctor ausculta su pecho, le toma el pulso y receta pastillas
amarillas; incluso pronuncia las palabras perdón y remordimientos.
A nostalgias imperiales, en cambio, aluden los contertulios tras la
barra del bar Míes. Acaso indeciso, arrastrado quizás entre ambas
corrientes, el viejo torero esta noche, idéntica y distinta a tantas
otras, sustituye el pijama por uno de sus viejos trajes de luces. Y
se arropa con dos capotes. La muleta doblada hace de almohada.
Debajo, ha escondido su estoque de San Isidro. No cree poder dormir,
pero el viejo torero se duerme. 3:33. Bufidos, sombras a los pies de
la cama, nervios que se tensan. Bajo un cielorraso oscuro, el traje
de luces centellea lleno de suertes: naturales, redondos, derechazos,
molinetes y pases de pecho. Los recuerdos ovacionan por última vez
al viejo matador de toros. El tercio de los sueños casi toca a su
fin.
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