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jueves, 21 de mayo de 2020

Temblor

Un estremecimiento sacudió nuestra casa. Tiembla desde esa noche. A diario me arrodillo para percibir, como tras papel finito, cualquier réplica. Fui testigo del crimen junto al puerto. Todo vi, nada hice. Una sola cosa compré la mañana siguiente. Y de noche regresé al mismo bar, donde tanto aguardo. Ya se sabe acechado. Dos cuchillos lo presagian. Cesa mi temblor.

domingo, 6 de mayo de 2018

La mañana de un día cualquiera


Amanece tan mal que sueña hacerlo todo bien, al menos hoy. La ducha, por tanto, larga y minuciosa. El afeitado, preciso. Con un peine, peina consuelo a los mechones de pelo más aterrados. Para desayunar, tres piezas de fruta, dos vasos de zumo recién exprimido, también una taza de té de tila, algo de pan integral con aceite y, a punto de caducar en la nevera, un yogur natural. Naturalmente, empieza a ser un poco tarde ya. Aunque en el metro, al arrullo de lo fugaz, experimenta por cada pasajero un afecto real e impreciso. Durante incontables estaciones y un par de trasbordos, vive momentos excepcionales que no/nadie recordará. La señal roja coronando el alto muro blanco anestesia esa penúltima duda. Pacientes, las puertas hidráulicas sisean bienvenidas constantes. El cuestionario impreso a doble cara se vuelve prolijo, desasosegante, de algún modo innecesario. Por fin, otro le esposa su destino a una de las muñecas. Y cruza pasillos, salas de espera, consultas. Pero nada parece (querer) terminar nunca la mañana de un día cualquiera mientras se deja ingresar.

martes, 1 de mayo de 2018

Mar de Cristal


La boca de metro se abre al sabor azulado, casi líquido, de Mar de Cristal en calma una tarde de mayo. Desordenados como caries, a izquierda o derecha de los puntiagudos escalones dentados y grises, cada ex pasajero asciende sobre el runrún eléctrico de la larga lengua mecánica, sin fin, siempre embarcada en otro nuevo viaje (salmón) río arriba. Varios peldaños más cerca del cielo, a punto ya de tocar tierra firme, tan pirata como sus vaqueros, los pendientes de aro, la bandana coral, con camisola blanco vela al viento y un ancla tatuada en ambos tobillos iguales y distintos, Mar lee tras sus anteojos un gastado mapa de Madrid, cuyas esquinas se doblan y desdoblan enredadas entre sus muchas pulseras. Hay un tesoro escondido aquí. Un dedo señala la X roja y precisa. Fuera de la boca de metro, la tarde de mayo se derrama a sorbos pequeños. Dos calles más allá, bajo la sombra de una improbable palmera, Mar queda muy quieta. Inquieta (son)ríe. Sus ojos brillan. Empieza a cavar.