La
boca de metro se abre al sabor azulado, casi líquido, de Mar de Cristal en calma una tarde de mayo. Desordenados como caries, a
izquierda o derecha de los puntiagudos escalones dentados y grises,
cada ex pasajero asciende sobre el runrún eléctrico de la larga
lengua mecánica, sin fin, siempre embarcada en otro nuevo viaje
(salmón) río arriba. Varios peldaños más cerca del cielo, a punto
ya de tocar tierra firme, tan pirata como sus vaqueros, los
pendientes de aro, la bandana coral, con camisola blanco vela al
viento y un ancla tatuada en ambos tobillos iguales y distintos, Mar
lee tras sus anteojos un gastado mapa de Madrid, cuyas esquinas se
doblan y desdoblan enredadas entre sus muchas pulseras. Hay un tesoro
escondido aquí. Un dedo señala la X roja y precisa. Fuera de la
boca de metro, la tarde de mayo se derrama a sorbos pequeños. Dos
calles más allá, bajo la sombra de una improbable palmera, Mar
queda muy quieta. Inquieta (son)ríe. Sus ojos brillan. Empieza a
cavar.
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martes, 1 de mayo de 2018
lunes, 23 de noviembre de 2015
Noviembre en Madrid
Estos
días Madrid es un cubito de hielo sobre el que floto a la deriva. Unas veces, de Pacífico a Mar de Cristal. Otras, desde Buenos Aires hasta
Islas Filipinas. Las frías corrientes subterráneas me arrastran donde quieren: Laguna, Lago, Canal, Ríos Rosas. Muchas noches
desemboco muy cerca de Cuzco, donde en ascensor asciendo al séptimo
cielo. Allí, una sonrisa sin nubes incendia el recibidor en
penumbra. Y me derrite, siempre me derrito, igual que un cubito de
hielo en Sol.
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