jueves, 14 de diciembre de 2023

Maestro Sané

Gimme one more chance


Hace ya nueve años, en una ciudad que no era esta, el Maestro Sané derramó pétalos azules sobre mi cabeza y los problemas laborales desaparecieron de la noche a la mañana tras un despido repentino. Y ahora, como en un libro de Paul Auster, cuando cada jornada solo me ofrece lamento, el azar ha traído de vuelta a mi vida al enigmático, esplendente y, ante todo, irrepetible Maestro Sané.

“Soluciona los males de pareja y personas queridas, atrae a quien te atrae, por difícil que resulte…”, prácticamente una década después, el Maestro Sané seguía utilizando la misma octavilla publicitaria, pero esta vez hallé su tarjetita dentro de mi buzón y no tirada en un banco de Madrid Río. Aunque produjo en mí idéntico efecto: llamé enseguida.

La tarde siguiente el inimitable Maestro Sané, precedido por incontables volutas de humo con aroma a incensario, me recibió en su pequeño y nuevo gabinete de la malagueña calle Tiriti, a un suspiro de los espigones y el astillero de jábegas Nereo. Esa tersura de la piel y el brillo de la mirada, el magnetismo que irradiaba su apostura… Todo indicaba que el Maestro Sané no había envejecido un mísero día. Era imposible, sin duda. Sin embargo, ¿existe algo en este mundo que caiga fuera del alcance de las astutas manos pizarra del Maestro Sané?

Precisamente, fue su mano derecha la que me dio pie. Entonces, le conté de ti y, no sé, dije que, bueno, me gusta hablar y andar contigo, ver caer el sol juntos, entrar a un cine, o llegar tarde porque, mira, nos da la risa y a que no sabes qué cosa, pues espera que te explico, y así mucho rato y con todo… El Maestro Sané, sentado muy quieto, igual que tallado en ébano, parecía no escuchar ninguna de mis palabras mientras yo le explicaba cuánto pienso en ti, alegre y triste, para lo bueno y malo y que, pese a nuestros irrealizables, me encantas y desde siempre te he querido y aún quiero sin querer.

La orden de mandarme callar recayó en su mano izquierda. El Maestro Sané necesitaba verte. Le entregué una fotografía de los dos y la observó con atención de fierro. Al cabo de unos minutos que duraron horas, el Maestro Sané se guardó la imagen y empezó a preparar, dentro de un mortero dorado, lo que se asemejaba a un cóctel nocturno. En la penumbra humosa del local, pude distinguir que el santero se movía aquí y allá, abriendo frascos y botellas con líquidos de diversos y llamativos colores. También añadió un fluido de naturaleza viscosa y unos pequeños granos de cierto tipo de especia o saborizante. Mezcló el brebaje y, sin margen de reacción, volcó el recipiente sobre mi cabeza: “Estás curado”.

Como hace nueve años, abandoné el despacho del Maestro Sané con un cúmulo de sensaciones y olores que no sé describir. Este breve segundo encuentro ocurrió hará un mes y medio, y la verdad es que, exactamente igual que aquella otra vez en Madrid, de repente mi vida ha ido mejorando de a poco. Las jornadas ya no traen lamento y sí, por el contrario, algo que recuerda a la ilusión. 

O así venía sucediendo hasta ayer noche, cuando te vislumbré en un bar del centro: acodada frente a la barra, suelto el pelo y los ojos pintados y enormes. Me acerqué y saludé con mi mejor sonrisa. Ahí descubrí que ibas acompañada. Esbelto, garboso, magnético y de manos oscuras, acostumbradas a salirse con la suya. Tu cita también me obsequió con una amplia sonrisa. Su rostro de ébano poseía una quietud casi estatutaria. Únicamente ese levísimo temblor o parpadeo bajo la comisura de los labios permitía adivinar el nerviosismo. Pero solo este tic mínimo, como para demostrar que es humano y no un dios el inefable Maestro Sané.


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viernes, 17 de noviembre de 2023

101

Algo en mí que no anda bien me hizo hace unas noches revisar (contar y recontar una, dos, tres, cuatro… ¡hasta en veinte ocasiones!) si el detergente para la lavadora trae dentro de su caja el número de pastillas que el fabricante promete: 101. Y, por desgracia, no es así. Solo hay 100. Un hecho que, repasando todos los años que llevo comprando el mismo producto, invita a elucubrar: si en cada paquete, ha quedado probado, puede desaparecer al menos una cápsula (quién sabe si no más)… ¿cuántos horriblemente denominados ‘pods’ se han malogrado?

No será, reflexiono inquieto, a causa de la creciente montaña de cápsulas fantasma o inexistentes que mis prendas, sábanas y toallas no salen de la lavadora tan limpias y lustrosas como debieran. A diario observo que el blanco de la colcha nunca refulge una vez la tiendo al sol, y los vaqueros y las camisas/camisetas languidecen, para olvidar su color en pocas semanas o, con una pizca de suerte, meses.

Puede ser, lo barrunto desde el otro día, que las pastillas que seguro echo a faltar (diez, cien, mil, ¿infinitas?) se hallen detrás de la no subida de sueldo que año tras año sufro en mi trabajo. Acaso los ‘pods’ no podrían también tener la culpa de que yo carezca de la capacidad financiera para comprar una casucha que únicamente, y por los pelos, mal alquilo. Y ahora, esto ya estremece, incluso temo que tantas cápsulas de lavado despistadas aguaran la madrugada en que deseé escucharte cómo decías sí, pero tú respondiste no.

Aunque de poco sirve dar vueltas al pasado, porque el futuro todavía no ha sido escrito. Hoy he venido al supermercado temprano y llevo horas desordenando estantes, en busca de un paquete de detergente con las 101 pastillas que garantiza el fabricante. Vuelco rápidamente el contenido de cada envase y voy alineando despacito, uno a uno, los innumerables ‘pods’.

Y aquí sigo: cuenta que te cuento. Pero nada. De momento no he localizado la caja adecuada. Encima el reloj corre en contra. Pese a que los dependientes de Carrefour han desistido de convencerme para que abandone mi tarea, he oído hablar, a quien aventuro es el gerente, sobre una llamada a la policía... Tampoco he prestado mucha atención. Yo resisto en medio del pasillo, construyendo este mandala de cápsulas. Al acecho de esa pastilla número 101 que la vida prometía.

sábado, 28 de octubre de 2023

La Sexta noche

Y el crepúsculo (televisado) de los dioses


Fiebre, no más de un parpadeo y en televisión ya hablan de mí. Pero yo no soy nadie; otro miope blancucho de treintilargos, con un empleo gris y negro futuro. Quizá por ello, 'explicadores' (extertulianos) de izquierda y derechas hoy al fin coinciden, y friegan con mis vergüenzas el piso del plató: 

"¿Habéis visto su nómina?" 
"¿Habéis oído qué ideas se le ocurren?" 
"¡¿Realmente os habéis fijado en ese careto que tiene?!" 

Luego vendrán con que cada vez se ve menos la tele... Y descubro que todavía falta la mención a mi "siempre convulsa" (así es descrita) faceta sentimental. Para "diseccionar amores y desamores", ahora ceden la palabra al independentista de cuota, que arguye: "Hora de picar el crostó... su problema principal, que no único, emana del aferrament... a más a más sufre sensibilitat desmedida... como ser cornut i pagar el beure... quién pot aguantar a tremendo tros de quòniam... ¡y españolista! vés a pastar fang...". 

El presentador y/o moderador, José Yélamo apunta un breve rótulo, pide respeto y asegura que no permitirá descalificaciones personales; se escuchan risas fuera de plano. Una de ellas, la tuya, de repente a mi lado en el sofá, igual que el fantasma de la navidad pasada. Y, además, mirándome con algo peor que la pena. De modo que corro a cambiar de canal. A un botón de distancia, echan la última secuencia de El crepúsculo de los dioses: "No puedo continuar la escena, soy muy feliz", nos reconoce Gloria Swanson. Tu recuerdo sonríe, al tiempo que me dejo caer encima, como un gato entrañable y fatal. "Porque mi vida es esto, solo esto, nada más...". Fiebre, parpadeos catódicos y trocitos de papel que nadie leerá.

domingo, 20 de agosto de 2023

I.A. (Inmisericorde Arrendadora)

Por una vez mi nueva casera casi era humana: la blusa y el sombrero a juego, ‘sonrisa profident’, unas manos hospitalarias. Sin embargo, a los pocos días se estropeó el grifo de la ducha y ella huyó del problema aludiendo a la inestabilidad en Oriente Próximo. Arguyó excusas similares para no hacer frente a la repentina rotura del calentador de agua ("las calles de Francia arden") y a las humedades en el techo ("está a punto de implosionar la central de Zaporiyia"). Ya no albergo dudas: solo una mañana me he retrasado en el alquiler este mes y mi no tan nueva casera, más algoritmo que persona, acaba de derribar la puerta. Con ojos rojo caldera, echa humo por las orejas. Dos tenazas hidráulicas ahogan mi cuello. El eco metálico tras sus palabras: “Okupa, desokupa y di adiós a tu fianza”.

lunes, 24 de julio de 2023

'Bartleby y compañía' (reedición extendida)

Epílogo para monstruos


Durante un tiempo que ahora sé no duró tanto, leí todos los libros de Enrique Vila-Matas que fui capaz de encontrar en la biblioteca de mi barrio: entre otros, Historia abreviada de la literatura portátil, El viaje vertical, El mal de Montano, Doctor Pasavento, Dietario voluble, Dublinesca, Marienbad eléctrico, los recentísimos Esta bruma insensata y Montevideo y, cómo no, mi favorito, Bartleby y compañía, su exhaustiva compilación casi ficticia de escritores que no escriben y que, atraídos por la ‘pulsión del no’ (resumida en el célebre y sempiterno mantra -“preferiría no hacerlo”- que Herman Melville conjuró a través de su copista más universal), decidieron jamás poner palabras a las historias que concebían y que, a fin de cuentas, únicamente quisieron/supieron imaginar.

Era, por tanto, inevitable que, enfermo de lo literario, tardase yo más bien poco en aprovechar el primer descanso dentro de mi gris trabajo de Bartleby posmoderno para tomar la línea de autobuses que une Málaga con Barcelona y, ya una vez en Cataluña, dediqué por completo varias semanas a rastrear la figura de Vila-Matas, como quien persigue sobre el cielo estrellado la estela de un cometa. Pero no di con él. Así de sencillo. En vano, busqué a mi novelista predilecto en esos lugares (desde el Tibidabo hasta el Mercado de la Boquería, visité parques, cafés, cines, librerías…) donde el narrador barcelonés no estaba.

Sin embargo, a diferencia de la ficción, la realidad a menudo no invita a la lógica. Y justo la tarde noche siguiente de mi regreso al sur, mientras paseaba la pena frente al Mediterráneo, a menos de cinco minutos de casa, reconocí al esquivo Enrique Vila-Matas en un tipo distinguido (vestía camisa de puños color marfil, pantalón largo azul, náuticos a juego y sombrero de ala ancha), muy alto, y eso que estaba sentado, que entre sorbos de sangría parecía realizar la autopsia a un espeto.

Mi petición difícilmente podría resultar más directa: aparecer incluido como uno de los ‘escritores del no’ en el epílogo de la próxima reedición de Bartleby y compañía. Por ello, hablé de mis relatos largo y tendido a Vila-Matas, que no cejaba en su empeño de atomizar cada jurel (¿temía acaso toparse con alguna espina?). Le confesé también que por unos años había sido El Periodista Salvaje y entonces ganaba certámenes, publicaba en revistas y blogs literarios, llegando a acumular cientos de textos.

Así pues, por qué no podía ser yo, cierto que muy a mi manera, otro minúsculo pero ineludible remedo andaluz de Bartleby, Robert Walser, Juan Rulfo o incluso del propio y borgeano Pierre Menard, personajes excesivamente poco prolíficos; todos heridos por un anhelo de inacción, silencio y posterior olvido.

“Mucho más hoy que ya ni siquiera escribo, y me he resignado a solo pensar cuentos que nunca contaré...”. Enrique Vila-Matas por fin dejó el espeto y me miró a los ojos: “Fernando, ¿no?”. Esbozó a continuación una sonrisa divertida, o quizás era un gesto de hartazgo. El caso es que en sus manos de repente no quedaba rastro de pescado. Tampoco seguíamos en un chiringuito junto al mar, sino en su estudio de trabajo de la ciudad condal. El sol del mediodía se derramaba sobre el mobiliario y las pilas de libros que entorpecían el paso aquí y allá. Frente a su ordenador portátil, mi escritor deslizó el puño derecho hasta la tecla de suprimir y comenzó a borrarm…

lunes, 17 de julio de 2023

Amarillo

He olvidado lo que nadie olvida: cuándo nací, dónde, quiénes son mis padres, cómo fui de niño, de joven luego, qué trabajo o trabajos en plural tuve, los viajes que realicé, qué películas vi, aunque fuese a medias, o si acaso cené algo ayer... En mi memoria, ya solo vive Lucía. Y no toda ella, sino únicamente la Lucía vaporosa, de pasos amarillos y hospitalarios ojos con la que paseé una tarde de invierno hace hoy demasiados años. 

Aún logro recordarnos tan cogidos del brazo. Con el repiqueteo de sus rizos contra mi cara y bufanda, caminamos al abrigo de nuestras palabras y circundantes remolinos de vaho. Lucía viene hablando del modo en que cree va a terminar (espera que acabe, en realidad) la novela que lee ahora. En la trama del libro, explica, la pareja protagonista deambula por las calles desiertas de una atardecida ciudad, dirigiéndose hacia un destino sin revelar; le faltan los tres capítulos finales.

Caigo en la cuenta, de repente, de lo vacías y amarillas que también lucen las avenidas y plazas que los dos atravesamos. No pretendo asustar(me) y, en vez de ahondar en el escenario solitario que acoge nuestra escapada, le pregunto si quizá no estará leyendo una historia acerca de nosotros. Lucía sonríe y, como al dictado de sus labios, se materializa el escaparate de un obrador confitería de rótulo amarillo encendido.

Observamos ensimismados durante largo tiempo antes de cruzar el umbral de la puerta. El local resulta cálido y muy acogedor. No hay más clientes. Una señora vestida por completo de amarillo, delantal incluido, atiende desde detrás del mostrador. Lucía se acoda lentamente sobre el expositor de vidrio y, tras unos instantes de aparente reflexión, pide y paga por los dos. La mujer de amarillo nos invita a regresar otro día.

Afuera, en un banco gastado pero próximo, coloreados por el remanso amarillo de una farola, damos cuenta de nuestro botín en silencio. Hasta que Lucía dice "nunca nadie me querrá tanto como tú", y yo dejo morir mi cabeza en su hombro derecho y nos quedamos así, estatuarios y de fotografía, lo que dura una vida.

Todavía hoy imito a menudo ese gesto, con el cuello ligeramente inclinado y los párpados temblorosos. En mis recuerdos, el eco de las palabras de Lucía. Son las últimas supervivientes frente a esta vorágine de olvido amarillo.

domingo, 18 de junio de 2023

Rematadamente rematado

Los días y sus noches irán pasando de a poco. Lentos, rutinarios, llenos de cuitas y pendientes. Pero ese tiempo traerá olvido. Al principio, despacio, con esfuerzo, resistiéndose a desaparecer, igual que una mancha de humedad. Hasta que llegue un momento en el que, como si yo fuera otro, ni siquiera sepa de estas líneas. Desmemoriado de ti; en realidad, de los dos. Nuestro extinto nosotros que en mí aún dura. Tan abarrotado de entradas de cine, novelas y fotografías, ahora condenadas a diluirse. Todo se pintará gris. Perderé entonces la fijeza de tu mirar, el detalle de tus dedos nerviosos mientras lían otro cigarrillo y la manera como el pelo te cae obstinado sobre la frente. Nada sobrevivirá. Así sobreviviremos.

jueves, 24 de febrero de 2022

Lavado de cara

“Poderoso, diferente, fresco”. La elección de adjetivos no es mía, sino de la tapa del detergente con el que desde hace meses lavo la ropa. “Poderoso, diferente, fresco”, vuelvo a leer. Quién no quisiera ser un poco (o todo) así. Por eso, yo siempre lo uso de champú en la ducha e incluso bebo al día varios vasos de este milagroso jabón. Y, aunque no lo creas, me siento mejor. Limpio por fuera y por dentro. No sé, es increíble, de un tiempo a esta parte noto en mí un vigor y desparpajo hasta ahora impensables. Tan bien me sentía hoy que he cogido el teléfono para marcar tu número aún inolvidable y contarte que por fin soy otro. Sin embargo, también tú dices haber cambiado de detergente. Un nuevo quitamanchas que proclama en su envase: “Mucho más poderoso, diferente y fresco”.

lunes, 14 de febrero de 2022

Me piro, vampiros

Renuncié a los crucifijos y al ajo en mi dieta nada más descubrir que la nueva vecina del rellano era y es una vampiresa. Y es que creo firmemente que no incomodar al prójimo resulta imprescindible para poder disfrutar de una sana convivencia en cualquier bloque. Además, trata de imaginarlo por un segundo: la existencia de un vampiro no debe de ser fácil en un lugar como la Costa del Sol.

Sin embargo, a Selene, así se llama la condiscípula de Nosferatu que habita al otro lado del descansillo desde hará un mes y medio, no parece importunarle o, al menos, parece no hacerse mala sangre por el abundante número de horas de luz solar que saboreamos en Málaga. De ella, desconozco por completo si estudia o trabaja. Recluida detrás de unas ventanas de persianas siempre entornadas, mi vecina se esconde durante el día y solo se anima a abandonar su guarida al calor de las primeras sombras del atardecer.

Es justo entonces cuando, atrincherado tras la mirilla de mi puerta, cada noche observo salir de su apartamento a la inmortal Selene, y una y otra vez me pregunto cuántos años llevará teniendo los treinta y pocos que aparenta tener. Porque mi nueva vecina es una vampiresa al uso. Es decir, su imagen constituye un fiel reflejo del cliché draculino difundido por el cine moderno: prendas de vestir negras negrísimas (chaquetas de cuero o interminables capas sobre vestidos ceñidos y botas de tacón de aguja), colmillos afilados y relucientes, labios color caldera, una oscura y ondulante melena, dos grandes ojos azules y unas ojeras carbón que contrastan con el alabastro de su piel tersa, idéntica al blanco mortecino de una raspa de pescado. 

Precisamente, una de las primeras madrugadas con Selene ya instalada en el edificio, mientras yo miraba sin ver la televisión, donde pasaban de nuevo una película de la saga Blade (cómo distinguir cuál de las tres), escuché ruidos en el rellano y corrí a mi puesto de vigía. Allí estaba la vecina, mirando en dirección a mi puerta y abrazada a un tipo larguirucho y odiosamente musculado. Se besaron despacio en el umbral de la entrada. Luego, Selene guiñó un ojo hacia el punto exacto desde el que los espiaba (¡acaso podía verme!) y se internaron en su piso entre arrumacos.

Por supuesto, a esas alturas no albergaba ya duda alguna de que la flamante inquilina del 3ºB era descendiente del mismísimo conde Drácula. Y es que, no por nada, había contemplado incrédulo cómo los operarios de la empresa de mudanzas subían escaleras arriba un ataúd de asas doradas. De hecho, ese día, unas horas más tarde, me crucé en el descansillo con la propia Selene. Yo salía, ella regresaba. Nos presentamos y mi vecina rio divertida (pude intuir el inicio de sus puntiagudos colmillos) cuando aludí a lo curioso del ataúd: “Es raro y muy macabro, ¿no? Pero solo así consigo descansar en paz. ¡Guárdame el secreto, eh!”. No se me ocurrió qué responder, de modo que esbocé una sonrisa. “Encantada, Juan, ya nos veremos”, y se alejó hacia su puerta. Observé que la bombilla del techo no proyectaba contra el suelo la sombra de Selene. “Ven un día a casa y tomamos algo”, dijo antes de desaparecer en la penumbra de su apartamento.

En cualquier caso, pese a que, como acabo de contar, hacía semanas que yo conocía de buena tinta la naturaleza de mi compañera de planta, esa noche del individuo alto y fornido no descolgué el teléfono para avisar a la policía o a los servicios de urgencias, sino que me serví una copa doble y traté de entretenerme con las piruetas y los espadazos de Wesley Snipes en el televisor. Mi sorpresa fue mayúscula cuando, la mañana siguiente, atisbé que el tipo horrendo y musculoso dejaba el piso de Selene de una pieza, silbando una irritante melodía.

Para mi desgracia, aquel hombre fue el primero de muchos. En ocasiones, he contado más de uno por noche e incluso varios a la vez. Todos ellos, muy distintos entre sí. Con diferente estatura, complexión, raza y edad, aunque idénticos en un aspecto: la mañana de después siempre desprenden una energía, un mal llamado aura, que no logro digerir. 

Por eso, tras haberme pasado el último mes leyendo e indagando en Internet sobre vampiros, hoy he arrojado retrete abajo mi medicación y ahora, que cae ya la noche y en la calle se iluminan farolas y neones, dirijo mis pisadas al 3ºB. Encuentro la puerta entreabierta. Dentro, únicamente sombras y cierto aroma sugerente, intenso, indescriptible. Dudo si retroceder, pero el sinuoso brazo izquierdo de Selene emerge de lo oscuro y tira de mí: “¿Cómo has tardado tanto?”.

domingo, 23 de enero de 2022

FH-10

Para unos cuantos espíritus inquietos, hoy repartidos a lo largo y ancho de Europa, y entre los que me incluyo, el calefactor FH-10 de la casa Artron se ha ganado un hueco indispensable en nuestros corazones, a menudo dolientes y tan propensos a padecer melancolía. Y es que, con 1.000 y 2.000 vatios de potencia disponible, protección contra cualquier riesgo de sobrecalentamiento y tres funciones o modos de uso (“Ventilación”, “Cálido” y “Caliente”), el FH-10 sin duda puede parecer un aparato sencillo, pero nunca una simpleza. 

No por nada, esta socorrida estufa de aire cuenta con un termostato regulable y su acabado en plástico blanco de brillo marmóreo invita a pensar en palabras y conceptos, cómo decirlo, ‘GRANDES’: historia, progreso, amanecer, consuelo, etcétera. Además, así lo menciona la compradora Rocío (desconozco los apellidos) en su reseña de Amazon del 28 de octubre de 2017, el radiador FH-10 “ocupa poco espacio y la opción de ponerlo en vertical es un punto”. 

En mi caso, suscribo las palabras de Rocío y confieso que este modelo de la fábrica Artron me viene acompañando fielmente durante ya muchos años, siempre aliviando la fiera crudeza del invierno y evaporando esa humedad otoñal que empapa y cala hasta los huesos. Por ejemplo, mientras escribo estas líneas, escucho cómo el motor del calentador FH-10 trabaja sin pausas ni estridencias, para protegerme del frío más inmisericorde. Porque puede que estemos en pleno mes de agosto y que el termómetro de la estantería marque ahora mismo 40 grados, pero tu carta de adiós esta mañana sobre la almohada me ha helado el corazón.

domingo, 1 de agosto de 2021

El amor en los tiempos de cólera

No te entiendo, si a mí me gusta todo de ti... Vale, casi todo. Pero, no puedes negarlo, a veces eres un poco impuntual y bastante cabezota. Además, tienes despistes constantes, o quizá tus olvidos obedecen a que, como ahora, nunca me escuchas, ¿cierto? Encima solo sabes mentir. Se trata de tu afición favorita junto a desaparecer o buscar bronca. Y qué decir de anoche: “García Márquez está sobrevalorado”. ¡Por ahí sí que no! Tú ganas: ya no me gusta nada de ti.

viernes, 29 de mayo de 2020

Escri(sobrevi)bidor

He redactado para otras personas cientos e incluso miles de cartitas de amor, requerimientos burocráticos, discursos institucionales, escritos de reclamación, borradores de futuros testamentos, informes técnicos, brindis en fiestas, breves rimas, algunos ensayos, solicitudes de avales y préstamos, proyectos escolares, universitarios, largos poemas, infinidad de cuentos y relatos, incluso una novela que no lleva mi firma. Redactar por encargo siempre me ha resultado sencillo. Qué cómodo culpar de este primer, y también último, bloqueo creativo a los dedos, hartos de teclear, o a la cabeza, rendida de tanto pensar cada idea como si debiera dejarla escrita. Pero ni eso puedo. La bañera se desborda y el papel último, aún vacío. No tiene sentido un redactor sin palabra. “Adios” como único texto final, el más breve de todos. Protestan mis huesos al ponerme en pie y desando los pasos, cuento trece, que conducen de la mesa al baño, donde el agua cae irresistible. La camisa mojada tira de mí, también estos zapatos. Cierro los ojos mientras me sumerjo por completo en la bañera. De a poco va surgiendo el desenlace. Apenas queda. Ya casi llega… ¡Olvidé tildar adiós! Grito, pataleo sin aire en los pulmones. Aguarda de nuevo el teclado.

domingo, 24 de mayo de 2020

centríFUGA

Mi nueva lavadora trae un programa que no recogen sus instrucciones de uso. Donde debiera terminar la botonadura, aparece el número veintidós y, justo encima, sonríe una carita. La selecciono como si hoy no fuera domingo noche. De inmediato, se abre la portezuela con aspecto de pupila sobrexcitada y una flecha amarilla, de intermitente brillo, apunta hacia el interior en penumbra. Introduzco ambos brazos. Mis manos palpan la lisura atrayente del tambor. Segundos después, estoy recostado en las fauces del electrodoméstico. La puerta cerrándose anticipa un lanzamiento a las estrellas. Escucho ruidos minuciosos, ajetreo acuático y me río loco; ¡mi flamante lavadora al fin se mueve! Muy despacio al principio, enseguida más y tan deprisa. No sé en qué momento el jabón anega mis ojos y nariz, o cuándo recibo el primer golpe contra la nuca. Este domingo noche, centrifugo de risa.

jueves, 21 de mayo de 2020

Temblor

Un estremecimiento sacudió nuestra casa. Tiembla desde esa noche. A diario me arrodillo para percibir, como tras papel finito, cualquier réplica. Fui testigo del crimen junto al puerto. Todo vi, nada hice. Una sola cosa compré la mañana siguiente. Y de noche regresé al mismo bar, donde tanto aguardo. Ya se sabe acechado. Dos cuchillos lo presagian. Cesa mi temblor.

viernes, 8 de mayo de 2020

Los detectives no viven al Sur

La última vez que vi a J.C. resultó a su vez la primera que me contó de sus investigaciones. Era tarde, de noche y febrero. Casi todas las localidades de costa se disfrazan de pueblos fantasma durante el frío. J.C. y yo bebíamos al calor de dos hileras de bombillas coloreadas, sobre la barra de un bar para guiris sin guiris. A lo lejos se prefiguraba el mar, mientras alguien jugaba con su sombra al billar detrás de nosotros. 

Leen la voz de J.C.:

Mis figuritas de falsa porcelana con silueta de flamenco no se compraban mucho antes que comenzase a escuchar los latidos tierra abajo. Ese canto perpetuo: bum-bam, bum-bam, bum-bam. Único salmo carente de desenlace. Es el suelo llamando, emitiendo ondas electromagnéticas a los confines del globo, ¡hasta China, tío! Venid, ¡viajad aquí os ordeno! Bum-bam, bum-bam. Sé que también lo percibes. El gigantesco imán del alcalde es Dios. Pues ahora imagina a cada uno de esos orientales remotos practicando judo, preparando sopa de sesos de tiburón, creando sandías genéticamente cuadradas y miles de pajaritos de papel, o haciéndose incluso el puto harakiri.

Tiene gracia: un amarillo que se señala el vientre con la fina punta de su catana. ¡Va a matarse! El cabrón, a punto de quitarse de en medio rollo samurái, porque su esposa le ha engañado con su hermano, porque él ha mentido a su mujer con una vecina o a lo mejor es que ya no se venden suficientes coches Toyota y eso le cabrea. ¡Banzai, tío! Otro kamikaze del adiós, ¿me copias? Pero, de repente, los ecos de nuestro imán captador de turismo atan sus manos, las modulaciones electromagnéticas le adormecen el corazón y luego la mente; la puta cabeza entera, enredada en ese sortilegio radiado al cosmos por la corporación municipal: gástate en nosotros, ¡sé turista! Bum-bam, bum-bam.

Al alcalde tampoco le gusta el color, no me engañas. Sucede que se considera listísimo. Del parque tecnológico han salido grandes ideas. Y el imán es la mejor y más oscura. Claro que no hay ni un periodista decente; nunca contaréis nada. He estado en los túneles del metro, tío. Ahí donde se construye la prometida ciudad del mañana. No he visto por apenas muy poco el jodido invento. En una ocasión, soñé que el imán era un bebé inmenso y se alimentaba de sangre amarilla. Llevo tanto tiempo investigando... Te aseguro que su latido infernal me castigaba el coco meses antes de mis flamencos de cerámica y su nulo éxito. Y me argumentarás que no es malo. Vendrán, serán felices días o semanas y soltarán pasta de colores; quizá nos volvamos ricos. ¿Quién no ha leído acerca de la nueva Nueva York europea?

Vale, de acuerdo, el imán habría de ser bueno o, al menos, debiera traernos el BIEN en mayúsculas. ¿Pero qué sucede con los flamencos, tío? No me refiero a los míos, tan dormiditos en sus cajas de cartón mientras esperan un comprador inexistente. Digo los grandes flamencos de plumas y hueso que amerizan en este litoral y disfrutan de su reflejo junto a la baja mar sin turistas, libres de incómodos y entrometidos visitantes amarillos. Joder, qué bellos pájaros. Anhelo verlos en la orilla y admirar cómo se bañan frente a nuestra asquerosa rutina. ¡Ojalá fuese mía! Cogí la idea de un mural callejero: bandadas sobrevolando la playa del balneario…

Al principio, ni vislumbraba la manera de arrancar. El pulso subterráneo me perseguía veinticuatro siete, aunque no podía cavar por el mero gusto de abrir un agujero que, con suerte, nos succionara la pena. He visitado algunas dependencias municipales en los distritos, tío. No te explicaré de qué forma logré planos y decenas de facturas que el alcalde cree reducidas a ceniza y yo conservo en mi nevera a muy baja temperatura. He llegado a remontar kilómetros del curso seco del río, convencido de que la fabricación del imán nació de su lecho. Y me he buscado problemas. ¿Crees que esta cicatriz de la frente se originó tras un resbalón? A mí no me asustan. Ayer accedí a alguien que no revelaré, Fernando. Sé de dónde extrae su energía ese genocida de flamencos. Concluirá esta historia pronto y no será gracias a un periodista. El silencio cómplice explotará: ¡bum-bam! 

Hace justo un mes de aquella última noche con J.C. He leído de su muerte hoy. En otro periódico del que jamás fui redactor, se escribe: “Hombre mediana edad y constitución corpulenta apareció carbonizado dentro del laberinto de salas y galerías que esconde la antigua estación eléctrica”.

miércoles, 25 de septiembre de 2019

Autores

Es noche cerrada en Madrid. Dentro de una habitación de hostal, el poeta y cuentista chileno Sebastián Romero espera cama arriba y abajo la llegada de ese descanso que hoy le resulta esquivo. Se acumulan en su cuerpo el desfase horario, una inacabable jornada de promoción y ciertas inquietudes que prefiere no referir. Pero algo invita a pensar que, si camina unas cuantas manzanas, luego podrá al fin descansar. Casi en pijama, solo ha cogido la chaqueta y el par de zapatos, mi autor favorito deja su cuarto y desciende por Juan de Olías. Atraviesa enseguida el mejor tramo de calle Lérida y aparece, ni cinco minutos ha tardado, frente a la iglesia de Estrecho. Allí aguardo yo, sentado en un banco. Sebastián Romero se acerca. No está muy hablador, aunque juzgo increíble todo aquello que me cuenta. Sin duda, se trata de un escritor magnífico. Sebastián Romero emprende ahora lo que parece la ruta de regreso. Una amenaza oscurece su despedida: "No vuelva a escribir sobre mí".

jueves, 19 de septiembre de 2019

A corazón abierto

Qué bueno cuando te enfadas. Ya sabes que me encanta oír eso de “no aprenderás”. Pero cómo hago si nunca tomo a mal un mal modo tuyo. Tampoco los reproches ni tus manías. Y a quién puede molestarle que a ti a veces casi cualquier cosa te enfurezca. Yo vivo feliz cada segundo contigo ahora que regresaste del hospital.

miércoles, 4 de septiembre de 2019

Hormigas

Nada me aterra más que un dentista de dientes retorcidos, un oculista que necesite gafas o un peluquero calvo. Pero ya había comenzado a explicar lo de mis hormigas cuando percibí que el psiquiatra sufría un tic nervioso en los párpados. “Siga, siga”, me apremió con tono serio y algo nervioso. “Veo hormigas, cientos o incluso miles de ellas, en cada esquina y a cada instante… Ahora trepan pared arriba, suben en fila india justo detrás de su mesa”. El doctor no se giró a comprobar si decía la verdad. Ni un músculo movió, salvo esos que nunca descansaban y volvían temblorosa su mirada. “Claro que ninguna persona más las ve”, añadí. “¿Desde cuándo le sucede?”, y otra vez noté un matiz agitado (aunque la que vino a mi cabeza fue la palabra chalado) bajo su estado de paz y calma aparentes. No quería, pero le conté de Sara, de la noche en que se fue. Las hormigas llegaron a la mañana siguiente. “Le pondré medicación, es la única manera de cortar el brote”. Como guardé silencio, el psiquiatra continuó hablando y acelerándose hasta el punto de no hacer pausas: “También-voy-a-prescribirle-sesiones-de-terapia-disculpe-un-segundo”. Tiró su silla al levantarse. Los muchos títulos académicos que presidían la consulta cayeron de forma estrepitosa sobre la moqueta de color oscuro. El psiquiatra no debía de tener miedo de cortarse con los fragmentos de cristal, porque se quitó un zapato y lo usó para golpear el lugar exacto donde un mayor número de hormigas se había aglomerado. No sé cuántos porrazos propinó contra la pared. Todos mis bichos murieron, sin excepción. El doctor entonces destensó el gesto, recuperó la butaca y supe que sus párpados habían perdido el tic. Con voz serena, dijo al entregarme una receta: “Estas pastillas las tomo yo, son fantásticas”.

lunes, 2 de septiembre de 2019

ManSana


Entre sus muchos beneficios sobre la salud, tomar una manzana al día reduce el colesterol, disminuye el riesgo de diabetes, fortalece la dentadura, desintoxica el hígado y protege contra la enfermedad de Parkinson. Además, quita el sueño más que una taza de café. Eso al menos repite siempre ella. Es lunes a última hora de la tarde y él se ha escondido una manzana antes de recogerla del trabajo. En silencio, ahora caminan despacio junto al cauce seco del río. Ella arrastra por momentos los pies. Y sus hombros se van venciendo hacia delante igual que si cargaran a cuestas con el peso del mundo. Al primer bostezo, él le entrega la manzana. Ella queda muy quieta, como sin comprender. Pero de a poco sus ojos se hacen grandes y redondos, ya le asoma una media sonrisa y esas ojeras palidecen con cada mordisco. Tomar una manzana al día también es beneficioso para el corazón.

martes, 20 de agosto de 2019

Co(n)razón

Periódico local, sección de sucesos, columna interior de página par, párrafos finales: 

El equipo médico del complejo hospitalario continúa preguntándose las razones de la evolución clínica favorable que ha experimentado el joven de 32 años ingresado en situación de parada cardiorrespiratoria hace hoy seis noches. “A las tres horas y dos minutos de la madrugada del pasado lunes, tras haber agotado sin éxito cualquier posibilidad de reanimación, desde las instalaciones del ala de Urgencias de la institución se certificó el fallecimiento”, ha explicado a este diario el responsable de la Unidad de Cardiología, el doctor J. A. Tapia, quien ha añadido con perplejidad: “Sin embargo, escasos minutos después, el paciente recuperó la conciencia y también el resto de funciones fisiológicas a excepción del pulso cardíaco, que no ha vuelto a registrarlo desde entonces”.

“Vivir sin corazón resulta biológicamente imposible, se trata de un hecho indiscutible”, ha argumentado el propio doctor J. A. Tapia, aunque al segundo ha precisado: “Aparentemente, debiera ser así, por eso no damos crédito”, ha reconocido asombrado.

Ante la ausencia de una explicación médico-científica que desvele cómo regresó a la vida este joven hombre de 32 años cuyo corazón lleva sin latir durante casi una semana, la redacción se ha puesto en contacto vía telefónica con F. García de la Cruz, fundador y socio director de El Misterio, primera agencia en España y América Latina dedicada a la investigación de fenomenologías extrañas. “Pese a lo tremendamente inusitado de la cuestión, ya hay consignados casos similares a lo largo y ancho del continente sudamericano; si no recuerdo mal, en países como Perú, Uruguay o Chile, por citarte algunos”, ha declarado García de la Cruz. Para este “experto en la otredad cósmica y lo incierto de nuestra existencia”, como se define a sí mismo, cada vez serán más las personas que vivan bajo la privación del pulso cardíaco: “Es únicamente una cuestión de evolución humana, algo sobre lo que el escritor argentino Andrés Neuman reflexionó recientemente a través de un fantástico aforismo en el que, lamento no disponer de un ejemplar aquí, aunque recurriré a mi memoria, proponía que el corazón es un músculo peculiar que, en vez de levantar peso, lo acumula”.

Miembros del Gabinete de Comunicación del centro médico han adelantado a esta cabecera que el paciente recibirá mañana el alta hospitalaria y proseguirá con la recuperación desde su domicilio, en compañía de sus allegados y siendo a diario sometido a exhaustivos y rigurosos reconocimientos y controles. Pero el experto F. García de la Cruz no se muestra preocupado y augura “tiempos felices” al protagonista de tan increíble suceso: “Seguro que le irá de maravilla, y es que nadie puede partirte el corazón si no tienes uno dentro del pecho, ¿verdad?”.