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lunes, 14 de febrero de 2022

Me piro, vampiros

Renuncié a los crucifijos y al ajo en mi dieta nada más descubrir que la nueva vecina del rellano era y es una vampiresa. Y es que creo firmemente que no incomodar al prójimo resulta imprescindible para poder disfrutar de una sana convivencia en cualquier bloque. Además, trata de imaginarlo por un segundo: la existencia de un vampiro no debe de ser fácil en un lugar como la Costa del Sol.

Sin embargo, a Selene, así se llama la condiscípula de Nosferatu que habita al otro lado del descansillo desde hará un mes y medio, no parece importunarle o, al menos, parece no hacerse mala sangre por el abundante número de horas de luz solar que saboreamos en Málaga. De ella, desconozco por completo si estudia o trabaja. Recluida detrás de unas ventanas de persianas siempre entornadas, mi vecina se esconde durante el día y solo se anima a abandonar su guarida al calor de las primeras sombras del atardecer.

Es justo entonces cuando, atrincherado tras la mirilla de mi puerta, cada noche observo salir de su apartamento a la inmortal Selene, y una y otra vez me pregunto cuántos años llevará teniendo los treinta y pocos que aparenta tener. Porque mi nueva vecina es una vampiresa al uso. Es decir, su imagen constituye un fiel reflejo del cliché draculino difundido por el cine moderno: prendas de vestir negras negrísimas (chaquetas de cuero o interminables capas sobre vestidos ceñidos y botas de tacón de aguja), colmillos afilados y relucientes, labios color caldera, una oscura y ondulante melena, dos grandes ojos azules y unas ojeras carbón que contrastan con el alabastro de su piel tersa, idéntica al blanco mortecino de una raspa de pescado. 

Precisamente, una de las primeras madrugadas con Selene ya instalada en el edificio, mientras yo miraba sin ver la televisión, donde pasaban de nuevo una película de la saga Blade (cómo distinguir cuál de las tres), escuché ruidos en el rellano y corrí a mi puesto de vigía. Allí estaba la vecina, mirando en dirección a mi puerta y abrazada a un tipo larguirucho y odiosamente musculado. Se besaron despacio en el umbral de la entrada. Luego, Selene guiñó un ojo hacia el punto exacto desde el que los espiaba (¡acaso podía verme!) y se internaron en su piso entre arrumacos.

Por supuesto, a esas alturas no albergaba ya duda alguna de que la flamante inquilina del 3ºB era descendiente del mismísimo conde Drácula. Y es que, no por nada, había contemplado incrédulo cómo los operarios de la empresa de mudanzas subían escaleras arriba un ataúd de asas doradas. De hecho, ese día, unas horas más tarde, me crucé en el descansillo con la propia Selene. Yo salía, ella regresaba. Nos presentamos y mi vecina rio divertida (pude intuir el inicio de sus puntiagudos colmillos) cuando aludí a lo curioso del ataúd: “Es raro y muy macabro, ¿no? Pero solo así consigo descansar en paz. ¡Guárdame el secreto, eh!”. No se me ocurrió qué responder, de modo que esbocé una sonrisa. “Encantada, Juan, ya nos veremos”, y se alejó hacia su puerta. Observé que la bombilla del techo no proyectaba contra el suelo la sombra de Selene. “Ven un día a casa y tomamos algo”, dijo antes de desaparecer en la penumbra de su apartamento.

En cualquier caso, pese a que, como acabo de contar, hacía semanas que yo conocía de buena tinta la naturaleza de mi compañera de planta, esa noche del individuo alto y fornido no descolgué el teléfono para avisar a la policía o a los servicios de urgencias, sino que me serví una copa doble y traté de entretenerme con las piruetas y los espadazos de Wesley Snipes en el televisor. Mi sorpresa fue mayúscula cuando, la mañana siguiente, atisbé que el tipo horrendo y musculoso dejaba el piso de Selene de una pieza, silbando una irritante melodía.

Para mi desgracia, aquel hombre fue el primero de muchos. En ocasiones, he contado más de uno por noche e incluso varios a la vez. Todos ellos, muy distintos entre sí. Con diferente estatura, complexión, raza y edad, aunque idénticos en un aspecto: la mañana de después siempre desprenden una energía, un mal llamado aura, que no logro digerir. 

Por eso, tras haberme pasado el último mes leyendo e indagando en Internet sobre vampiros, hoy he arrojado retrete abajo mi medicación y ahora, que cae ya la noche y en la calle se iluminan farolas y neones, dirijo mis pisadas al 3ºB. Encuentro la puerta entreabierta. Dentro, únicamente sombras y cierto aroma sugerente, intenso, indescriptible. Dudo si retroceder, pero el sinuoso brazo izquierdo de Selene emerge de lo oscuro y tira de mí: “¿Cómo has tardado tanto?”.

jueves, 1 de octubre de 2015

Watergate costasoleño (y II)


Tampoco soy Carl Bernstein y ni siquiera me parezco a Dustin Hoffman, pero recuerdo que una noche a última hora en el periódico, justo antes del cierre, necesitaba triple confirmación para publicar al día siguiente mi historia e hice igual que en la película Todos los hombres del presidente; me encerré en una sala con el auricular del teléfono pegado a la oreja y le dije a mi fuente “no te pido que me digas nada, tan sólo voy a contar hasta diez, ¿vale? Voy a contar de cero a diez y si al finalizar aún sigues al otro lado significará que no hay problema en salir con el artículo mañana, ¿de acuerdo?” Oí un “de acuerdo”. Inmediatamente empecé: “Cero, uno, dos, tres, cuatro...” Comprobé que todavía había línea. “Cinco, seis, siete...” Increíble, ¡aún línea! “Ocho... Nueve... ¡Y diez!”. “¿Queda todo claro, no?”, me preguntó la fuente. “Gracias”, contesté yo antes de colgar. Y así fue, de veras que sí, cómo firmé mi mayor exclusiva: el veterano entrenador y querido exfutbolista Ricardo había cerrado de cara a la nueva temporada el fichaje de Ricardito, esperanza de futuro para el equipo del barrio y su hijo de nueve años. 


miércoles, 30 de septiembre de 2015

Watergate costasoleño (I)


No soy Bob Woodward ni me parezco a Robert Redford, pero sí que vestí americana y corbata todas y cada una de aquellas noches en la quinta planta del aparcamiento de calle San Lorenzo. Allí, tan silencioso, en un recodo sombrío y húmedo alejado del azul fluorescente, siempre vigilando la lumbre de su cigarrillo, me esperaba la silueta de Garganta Profunda; su homólogo costasoleño en realidad. Acostumbrábamos a hablarnos muy bajito, casi en susurros. A veces uno de los dos callaba de repente y miraba de refilón a izquierda y derecha, presintiendo una presencia acechante, espía. Mis preguntas, invariablemente las mismas: qué, quién, cuándo, dónde, cómo, por qué. Y todas esas uves dobles, para mi asombro, qué deleite me producía, encontraban respuesta en sus labios coloreados de penumbra, mientras la luz del pitillo subía, bajaba, se atenuaba, aunque sin llegar jamás a extinguirse. Nuestros encuentros eran cortos, acelerados, y en un momento dado, súbito parpadeo, Garganta Profunda desaparecía igual que un prestidigitador. Quizá nunca había estado allí, dudaba yo a veces. Y ya solo, en peligro, con tanto miedo como sudor bajo mi flequillo, corría escaleras abajo, huyendo de atacantes invisibles. No me detenía ni siquiera al pisar la calle sino que seguía trotando hasta la parada de taxis más cercana, ubicada a varias manzanas del aparcamiento. Recuerdo cómo, durante el trayecto en coche hacia la redacción, giraba continuamente la cabeza temeroso y buscaba faros enemigos al otro lado de la trasera del taxi. Únicamente me sabía a salvo en el periódico, atrincherado frente al brillo fantasmagórico de mi monitor, mientras daba forma al artículo del día siguiente. Fueron tiempos difíciles. Entiendo que el director me quitase de escribir horóscopos. 

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Imágenes: Fotogramas de la película Todos los hombres del presidente.