miércoles, 14 de mayo de 2014

Fuera de la mente


Fuera de la mente te eché de menos. Iluminado por la sonrisa de una luna austral, apagué el motor enfrente de tu casa. El humo del último cigarro se elevaba dentro de danzantes volutas cuando en la radio comenzó a sonar la versión electrificada de una antigua canción folk. Las estrellas celestiales centelleaban con tanta fuerza que entorné los párpados. Me apeé del coche al tiempo que las últimas notas del estribillo escapaban de los altavoces. Dejé la portezuela del conductor abierta y franqueé la pequeña valla que circunvalaba tu parcela, y sí, te eché de menos.

El viento de la noche veraniega me azotó el rostro e hizo danzar la casaca gris sobre mis hombros. La realidad fluía lenta y concienzuda en aquel lugar ubicado fuera de la mente. Recorrí el estrecho sendero de rocas granuladas que serpenteaba como una escurridiza culebra, silueteando la hierba. Bajo unos separados y jóvenes eucaliptos, gigantes y mudos custodios de la entrada a tus dominios, caminé. Llamé a la puerta no una, no dos, sino tres veces, y te eché de menos. No hubo respuesta.

Sólo un escurridizo murciélago hizo acto de presencia y ágilmente abandonó el techo del porche para ir a acurrucarse en el extremo de una esbelta y cercana rama. A través de la puerta acristalada oteé tu vestíbulo y aquella parte del salón en la que solías tocar tu piano. Cada átomo de la casa buceaba sumido en la penumbra. Detalles incomprensibles fueron recogidos por mis pupilas insomnes y pude verlos porque había cruzado todas las barreras, había ido hasta más allá de los límites de la realidad, hasta un lugar construido fuera de la mente.

Creo que me recoloqué el sombrero marrón antes de atreverme a entrar. La casa se hallaba desierta y eso me hizo volver a echarte de menos. Por primera vez, sentí ahogo en los pulmones. Me clavé uno de tus abrecartas en la palma de la mano izquierda con la férrea intención de estimular mi sistema nervioso. La sangre manó densa y plomiza, y se derramó sobre el pulido mármol, mas yo no sentí nada; claro, había cruzado los confines de la mente.

En la cocina, tan vacía sin ti, había un bote de nueces volcado, único habitante de la mesa en la que antes solíamos comer juntos. Varias de las nueces se encontraban esparcidas por el suelo. La oxidación las había ennegrecido y vuelto mohosas al tacto. Una de ellas empezó a girar y rodó movida por manos invisibles. Pasó a mi lado y desapareció por la puerta que daba al pasillo.

Encima de la nevera un reloj con los ademanes de un gato me observaba. De pronto recordé cómo solía mover los ojos y la cola, que una vez fue su péndulo. Por supuesto, las agujas ya se habían desprendido y ahora yacían a los pies del frigorífico. ¡Qué poco te hubiese gustado esa imagen tan siniestra! Salí por la puerta de atrás y anduve por tu florido patio trasero. Allí seguían tus rosas, habían viajado fuera de la mente, pero en el trayecto habían perdido sus vistosos colores. Apoyé la espalda en uno de los eucaliptos. Empecé a llorar, no sé durante cuánto tiempo. Con los ojos irritados, volqué la vista a los cielos y conté infinitas y centelleantes estrellas mientras pensaba en ti y la electrificada antigua canción folk sonaba en aquella casa perdida dentro de los parajes que quedan fuera de la mente.



*Este relato no ha ganado ningún certamen ;)

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