martes, 11 de marzo de 2014

Vaivenes del adiós


Dicen que cuando te mueres algo, una especie de instinto, de corazonada, te pone antes sobre aviso. De algún modo esta señal se adelanta a tu deceso y te lo anticipa, te lo hace saber. También dicen que, a causa de ese llamémosle instinto, la mañana de la fecha de su muerte el otrora afamado escritor Ernesto Herráiz supo de su final bien temprano. Aunque, claro, hoy en día se dicen demasiadas cosas…

Ernesto Herráiz no permitió que el repentino escalofrío le agriase el humor matutino y, de forma supersticiosa, se escondió detrás de la cocina, desde donde preparó un copioso desayuno. Como siempre hacía, lo sacó a la terraza sobre una desgastada bandeja y dio cuenta de él, las papilas henchidas en gusto y su figura recostada en una mecedora de roble, mientras sus ojos, viejos y algo vidriosos, oteaban las aguas de la bahía. El puntual ferry que unía la isla con el penacho de tierra más cercano llegaba, una vez más, puntual a su cita semanal. Aquella embarcación era más precisa que un reloj suizo. El humo de sus dos potentes motores diesel teñía de drama el azul diamantino del cielo, que era de un tono menos intenso que el refulgir del mar. Aquella mezcla de colores provocó un brote melancólico en el sentir de Ernesto. La feroz ingesta del desayuno le satisfizo. Devoró tres huevos fritos y los acompañó con unas tostadas untadas en mermelada y varios melocotones levísimamente verdes. Regó la mezcla con una taza de hirviente café negro como la brea. Lo habitual era que el recorrido de la cafeína por sus entrañas le activase los desinflados músculos y desentumeciese las nieblas de su errática memoria.

Cuando el ferry ya casi abandonaba su campo visual, el otrora afamado escritor apuró su taza y regresó a las tinieblas de la casa de madera para rellenarla de algún brebaje que él mismo destilaba durante las noches de verano. Bajo los primeros haces del sol, naranjas, amarillos, tendentes al blanco más puro, notó el calor que se adentraba por los poros de su piel y le inflaba el torso moreno y descamisado. Abandonó el porche y caminó sobre los finos granos de arena de aquella inmensa playa. A los poco pasos experimentó la sensación de ahogo y sus enfermos pulmones le arañaron las entrañas con manos esponjosas. Entonces Ernesto se sentó y dejó que las gotas de agua le refrescasen el rostro. Llegaban hasta él impulsadas por la brisa y quedaban apresadas en los vellos de su barba albina. Allí cristalizaban e irradiaban sabor a salitre. Con los párpados abrazados, Herráiz pensó en su inminente muerte y se le apeteció llorar, aunque no lo hizo. Se preguntó, seguidamente, qué haría ese día, que era su último, y no halló respuesta. Se sumergió en las aguas y nadó con lentitud. El cansancio y la fatiga se compensaban con la viveza del mar y el irisado de la cresta de las olas. Bullía la ilusión en su espíritu y, por un momento, el otrora afamado escritor se permitió vagar boca arriba, haciéndose el muerto, mecido por la inapreciable corriente marina… El mundo pendía de hilos invisibles que se encontraban momentáneamente en equilibrio.

Más tarde, aún mojado, se refugió en la tarraza de su casa a pie de playa y ojeó el contenido de una antigua caja grisácea rescatada de un olvidado hartillo. Ernesto repasó fotos suyas y de otros, contempló instantáneas de amigos y familiares fallecidos. Y en muchas de esas instantáneas vislumbró una figura que parecía él pero que ya no era él. Vislumbró su pasado, pero le resultó imposible hallar coincidencia entre aquel hombre que fue y que dejó de ser. En la vetusta y rectangular caja también dormitaban cartas y postales, y documentos de diversa índole. Y, al fondo de ella, detrás de un intrincado grabado en tela, envuelto en una opaca gamuza, descansaba el revólver que en una ocasión tuvo que disparar. No se le antojaba en mal estado. De todos modos, lo limpió y engrasó. Esta tarea le llevó un rato bastante largo. La luz celeste varió de inclinación mientras Herráiz se afanaba en sus procelosos asuntos. El peso de la culata sobre la mano le trajo al presente viejos recuerdos…

Los últimos rayos de sol huían de la bahía cuando el ferry inició su viaje de vuelta. Tocaría tierra bien entrada ya la noche. Desde las cargadas sombras de su terraza Herráiz divisó de nuevo la estela de humo que teñía de drama el cielo diamantino. Sus ojos recorrieron la masa de agua mientras su mano derecha sostenía el revólver junto a las sienes, el cañón acariciando la áspera piel. A sus pies reposaba la caja, todavía abierta. Sobre la mesa, la taza numerosas veces vaciada a lo largo del día. El índice de su diestra jugueteaba en torno al gatillo. Deseó que los pulmones le hubiesen dado una tregua, una última voluntad. Bajó el arma. La volvió a subir. La bajó de nuevo. Dicen que ahora sus ojos sí lloraban. Dicen también que en los vaivenes del adiós le sobrevino la muerte al otrora afamado escritor Ernesto Herráiz y la noche custodió su cuerpo inerte, y la brisa silenciosa le acarició el rostro, secándole las lágrimas.


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