lunes, 9 de diciembre de 2013

Tres veces



Uno, dos y tres, y así sucesivamente. Uno, dos y tres otra vez. Uno, dos y tres, y todo inevitablemente triplicado. Uno, dos y tres, y César Vallejo, común hombre de mediana edad y pequeña complexión, dedicado al campo de la investigación académica, empezó a ir a terapia; no tuvo más remedio. Había perdido el control de su vida por una fijación numérica que le devoraba las entrañas. Todo debía llevarlo a cabo tres veces seguidas o si no… César sabía que algo atroz ocurriría. Y aunque nada trágico sucediese, él sentía que la acción quedaba sin cerrar, que no era correcto aquello de realizarlo una vez; no, debía volver (sí hacía falta) y repetirlo hasta tres veces, presa de superstición y miedo a esa religión matemática que él mismo había confeccionado.

Después de oír atentamente su caso, el venerable doctor Vidal le felicitó por haber encontrado la valentía para pedir ayuda. Entonces, tras alentarle, el terapeuta le habló del trastorno obsesivo y sus distintos grados de intensidad. En concreto, César descubrió que padecía un caso grave, su neurosis le provocaba fuertes compulsiones que, anidadas en su cabeza, se hacían tan poderosas que le derrotaban y no le dejaban descansar, a no ser que plegase su organismo a la satisfacción obsesiva de repetir la acción en cuestión tres veces. El doctor escuchó de la boca de Vallejo distintos ejemplos de las pasiones numéricas que a diario le amargaban y sobrepasaban: “Doctor, tengo que atarme y desatarme tres veces los cordones de cada zapato, abro y cierro tres veces la puerta de la nevera, me peino y me despeino tres veces, enciendo y apago tres veces las luces de mi apartamento, lo mismo hago cuando salgo y cierro la puerta, claro que también bajo y subo tres veces las escaleras; y podría seguir enumerándole…”

“No es necesario, César”, le interrumpió el afamado doctor Vidal, eminente figura médica adornada por todos los ilustres títulos formativos que cubrían su espalda en aquel opulento despacho de consulta, que le comentó: “Por mi larga trayectoria profesional le puedo decir que padece usted un caso de trastorno obsesivo de manual. No se alarme. Lo solucionaremos. Verá, todos somos víctimas de determinados pensamientos que nos hacen daño y nos llenan de inseguridad. Esos son pensamientos nocivos, a todos nos vienen. El problema radica cuando estas detestables ideas fortifican y dominan la mente del individuo, llegando al extremo final de la compulsión, que no es otra cosa que la realización de una acción concreta destinada a calmar el apabullante tráfico de obsesiones…”. El doctor hizo una pausa, que aprovechó para limpiar sus lentes de ver, y dejó que César asimilase el río de nueva información que él le acababa de verter encima. Luego, cuando la expresión del paciente nada le dijo, Vidal le aseguró a Vallejo que podría hacer retroceder su neurosis para que él llevase de nuevo una vida normal. Sería un proceso lento y trabajoso, pero no imposible. Sólo hacía falta constancia y fuerza de voluntad.

“Así, de primeras, no veo que precise usted de medicación. Si le parece, le voy a proponer unos ejercicios semanales que, poco a poco, habituarán su mente a no escuchar la lluvia de pensamientos obsesivos. Esto es entrenamiento, César, y usted lo va a lograr; ¡sonría, hombre!”, y el doctor se levantó y le dio un fuerte apretón de manos. Con Vallejo agarrado, Vidal se aproximó a la puerta de su despacho y le despidió. Antes, le propuso el primer ejercicio, que consistiría en estar una semana sin lavarse tres veces las manos antes de cada comida. “Es más”, dijo el médico, “no se las lave ni una vez; usted puede realizar todas las compulsiones que precise a lo largo del día salvo esa, ¿de acuerdo? Nada de lavarse las manos; cuando descubra el mecanismo para vencer una fijación, podrá con todas. Ánimo, César”, y le cerró la puerta en las narices.

Pasó la semana y César Vallejo volvió con cara apesadumbrada a la consulta. Cuando el doctor le preguntó qué tal le había ido durante los siete días anteriores, el paciente confesó que había conseguido no lavarse las manos ni una sola vez, pero que, en cambio, al segundo día de reticencia a la compulsión fue ingresado en el hospital, enfermo de un ataque de apendicitis. El doctor Vidal no desencajó el gesto al escuchar el relato de César, sino que mostró una amplia sonrisa. Le felicitó por su avance y se apresuró a despejarle cualquier duda: “César, no creerá usted que se puso malo por no haberse lavado tres veces las manos, ¿verdad?”, y no dejó tiempo a contestación: “Esas son supersticiones absurdas. Ha sido una casualidad… César, debe usted ser fuerte. Conforme vayamos curándole, su mente buscará mecanismos de boicot, cosas que le hagan dudar; no vuelva sobre sus pasos, amigo”. De nuevo, el doctor le acompañó hasta la puerta de su despacho y, en esta ocasión, le mandó de tarea que no apagase las luces de casa tres veces antes de salir. También le pidió que no volviera a la fijación del lavado de manos. Podía lavárselas, de acuerdo, mas sólo una vez antes de cada comida.

Transcurrió otra semana y César regresó a ver al doctor, en esta cita se encontraba especialmente abatido. “Doctor Vidal, al cuarto día de estar sin apagar tres veces las luces, mi casa salió ardiendo mientras yo estaba en el cine”, se lamentó César Vallejo. “Amigo mío, ¿y qué quiere decirme? Que porque no ha hecho esa manía de repetir cada acción tres veces seguidas su casa ha ardido sola… ¿Es consciente de lo absurdo que suena? Piénselo, César. No es más que otra casualidad. No debe dejarse arrastrar por los hábitos supersticiosos”. Las palabras del eminente doctor apaciguaron la inquietud del paciente, que salió de la consulta reforzado y con fulgurantes esperanzas. Para la siguiente semana, el doctor le había pedido que añadiese a su lista de tareas contra la obsesión el no atarse y desatarse tres veces los cordones de los zapatos.

Y… Seis meses después, César Vallejo volvió al despacho del doctor Vidal. Pese a no haber pedido cita previa, el terapeuta le recibió y abrazó sonriente. Notó a César muy débil y flacucho. “¿Dónde ha estado usted?”, le preguntó con voz vivaracha: “Me ha tenido muy preocupado; llegué a pensar que nunca volvería por aquí. No cogía las llamadas de mi secretaria”. César dejó caer su dolorido cuerpo en la silla destinada a los pacientes y se dirigió al médico, lenta pero contundentemente: “Hice caso de su consejo, Vidal, y cinco días después de estar sin atarme y desatarme tres veces los zapatos me atropelló un autobús mientras cruzaba la alameda”. Vidal le miró, la cara se le había quedado muy blanca, sin color. “Pero resulta increíble la mala suerte que tiene usted; parece propenso a las desgracias… Mas no crea que mi terapia tiene algo que ver en su infortunio, amigo”, se excusó el célebre doctor. “Casi me muero, me he sometido a innumerables operaciones… He perdido medio año, Vidal”, ladró César. Con toda la sutileza y el buen temple que aportan muchos años de carrera, el terapeuta supo deconstruir la ira del paciente y reconducirlo a la vereda de la sensatez y el buen ánimo.

Minutos después, César abandonó la consulta con una nueva tarea para vencer su neurosis: no debía abrir y cerrar tres veces la puerta de casa cuando tuviese que salir. Una vez se hubo marchado, sentado en su confortable butaca, bajo el firmamento de brillantes títulos formativos, el doctor Vidal, eminente figura médica, quitó y puso el tapón a su bolígrafo tres veces. Luego, se levantó y arrimó (y despegó) el sillón tres veces a la mesa de caoba. De pie cerca de la puerta, apagó y encendió las luces tres veces, y su augusta silueta se perdió en los recovecos de la consulta después de haber cerrado y abierto tres veces la puerta de su despacho.

->Ilustración realizada por la diseñadora gráfica Alicia Mula. Visita la siguiente página web para disfrutar de su trabajo:

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