Mi
cocina da a la de Sara. Apenas metro y medio de patio interior,
quizás incluso algo menos, me separan de su ventana siempre abierta.
En verano e invierno. Sara vive enmarcada. A diario veo cómo prepara
lo que luego comerá. Tiene un olor ya sabroso. De postre, una
manzana. También un cigarrillo. Enseguida, nunca falla, se enciende
otro. La mano libre agarra bolígrafo y papel. Y durante horas
escribe. Porque Sara es escritora. Crea sus historias frente a mi
ventana. Me las lee. Mientras lo hace, imagino su voz, en realidad su
eco, narrando todo el patio. Planta por planta, hasta el cielo de
Madrid. En esta ciudad cuentan demasiado demasiados. Pero nadie con
tanta tinta en los ojos, tan coloreadas las pupilas, como Sara. Que a
veces, después de la última frase, me pregunta: ¿Te gusta cómo
acaba? Yo reconozco que prefiero los comienzos. Hace muchos meses,
recién llegada al bloque, vestida de amarillo cliché, Sara me pidió
un poco de sal. Llené una taza. Alargamos las manos. La suya era de
tacto dulce. Como su boca. Esa que hoy, dictando punto y aparte, me
ha pedido un beso. Para el que ahora alargo el cuerpo. Cuelgo de mi
ventana. Un equilibrista fuera de quicio. Pero qué cerca. Ya
casi llego. Sara se sonríe. Y también se estira. Nos tambaleamos
bajo el cielo de Madrid. Si caemos, será hacia arriba.
martes, 28 de junio de 2016
sábado, 25 de junio de 2016
Míster Inox (el hombre fortificado)
Me
ordenaron reordenar los electrodomésticos más grandes. Esos
congeladores tan inmensos y níveos como sepulcros. Los
frigoríficos americanos de doble y colosal puerta. También había
lavadoras para mover, secadoras y hasta su pesado híbrido: las
lavadoras-secadoras. Además de un convoy de lavavajillas y hornos.
Mudar aquel mar de metal era mi cometido. Tras dos horas y un
esguince de muñeca, los aparatos quedaron colocados de tal forma que
recordaban a una casa. A un fuerte del Lejano Oeste, pensé yo. Así que presuroso me
atrincheré dentro. Las primeras noches provoqué mucho revuelo. Los
vigilantes, ya hartos, me insultaban como niños viejos y frustrados.
Introducían torpemente sus brazos para arrastrarme fuera. Los
compañeros, mientras tanto, se lamentaban. Mi jefe mediaba:
Fernando, sal. Venga, hombre. Deja la broma. Muy buena. Aunque mejor
para. Pero no cedí. Estaba muy cómodo recostado en el congelador.
Tan fresco pese al calor de junio en Madrid. Y si me daba hambre,
reptaba hacia la nevera. O hasta la secadora, mi improvisada
despensa. Vivía igual que quería. Y así quería vivir. Leyendo de
madrugada. Espiando por las tardes a los clientes desde mirillas
estratégicamente dispuestas. Uno de ellos, no sé por qué, me pidió
una foto. Me acuerdo que era bajito, casi calvo y usaba gafas de ver.
Accedí al instante. Luego vinieron muchos más. Llegó a oídos de
la prensa. Salir por televisión atrajo a centenares, incluso a
miles. Demasiados. Sin pretenderlo, el centro comercial y yo mismo
nos convertimos en atracción. Ahora media ciudad se acerca cada día
a verme. El hombre fortificado. Electrocasa. Míster Inox (como aquel antiguo pueblo de Almería). Esas cosas y otras peores me
llaman. Tal revuelo hay liado que anoche, tras el cierre, vino a
verme el director. Me dio la enhorabuena. Me dio las gracias. Treinta
y tres veces dijo gracias. También dijo estás fijo. Porque mira tu
nuevo contrato. Y tu flamante sueldo. No me he equivocado con los
ceros, descuida. Nos haremos ricos. Por fin podrás elegir horario.
El que prefieras. Habla directamente conmigo. Llámame si necesitas
electrodomésticos para tu casa, Fernando...
Y
hoy, a primera hora, he tenido que huir de mi propio fuerte.
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miércoles, 22 de junio de 2016
Dentro de un tambor (de lavadora)
Para
escapar del cliente y su cupón descuento, me escondí en esta
lavadora. No fue fácil: recuerdo mis manos hacia delante, con
esfuerzo metí ambos brazos, las piernas enseguida quedaron tan
retorcidas y aquel dolor de cuello, qué horrible punzada en la nuca.
Aunque peor está resultando salir. La pequeña puerta redonda se
cerró tras de mí y hace meses que permanezco atrapado. Mis gritos,
igual de presos, a diario centrifugan sin éxito el tambor hasta
enmudecer. Tampoco sirven los arrepentidos cabezazos que me castigo
contra el grueso cristal. Pasa mi tiempo, sin que nada ni nadie
pasen. Yo intento matarlo, inflar la esperanza, soplando pompas de
jabón. Cada una envuelve un pequeño miedo. Y a ratos, cuando mis
dedos lo alcanzan, algo raro, también me aplico suavizante en el
pelo. Oí una vez que si repites y repites, te acaba dejando un
brillo genial. Y es que aquí dentro me acuerdo de demasiado. Pienso
demasiado. Ahora, por ejemplo, le doy vueltas a esta lavadora. La
imagino como una gran ballena blanca de metal. Vista así, yo sería
Ahab. Mejor Jonás. Muy pronto libre de nuevo. En una playa. ¿De
agua fría o caliente? ¿Después de un baño corto o largo? Depende
del programa. En todo caso, mojado, remojado. Ya me tiendo al sol.
Pronto estaré seco. Y sin manchas. Lavado por fuera. Limpio por
dentro.
sábado, 23 de abril de 2016
Fernando Páramo
Me
tomó al asalto: “Fernando, necesitan personal de refuerzo en el
Carrefour de Comala; mañana de tarde empiezas”, dijo
mi jefe de sección. “Pero, Pedro, eso es imposible”, protesté
atropellado, incrédulo, “en Comala todos están muertos, ya lo
contó Juan Rulfo”. Y Pedro rio feliz, puede que de mí, de
mi ocurrencia tal vez. Luego, quiso calmarme: “Que va, que va”,
me repitió, se repitió, “aquel tiempo pasó, ahora Comala es
futuro: rebosa turistas, comercios, vida. Lo comprobarás por ti
mismo mañana”. Horas después salí hacia allí. Largo rato anduve
perdido en la llanura gris y amarilla. Y con cada paso me ahogaba un
poco más ese calor líquido, empapado, tan de los cuentos de Rulfo.
Finalmente, un arriero me indicó el camino. En las afueras de Comala, Carrefour refulgía como las casitas dolorosamente blancas abajo en el pueblo. La chica de Recursos Humanos me dio una
tarjeta identificativa nueva. Leí: “Fernando Páramo,
Electrodomésticos”. Sin decir nada, comencé a trabajar. Pero los
clientes no llegaban. De modo que aproveché para imprimir y colocar
los precios que faltaban en el PAE, también encendí los televisores
de la parrilla, frenteé el pasillo con los cables, limpié el
cristal grasiento y nada espejado de las tablets, además,
repuse los deuvedés y tedetés, cambié yo solo todos los
microondas del podio Daewoo y hasta encarcasé las
maquinillas y depiladoras eléctricas. La tienda entera me quedó
magnífica, igual que nueva, en realidad creo que como nunca antes;
claro que la tarde se fue sin dejar venta. Algo contrariado, temeroso
de no sé exactamente el qué, devolví a la oficina los 150 euros
con los que habíamos abierto caja. Y sobre el mueblecito de metal
gris de tacto casi líquido, donde se guardan los fondos de la
jornada siguiente, vi entonces aquella hoja de reclamaciones.
Quejándose de un tal Fernando Páramo.
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jueves, 21 de abril de 2016
Dormidos (revisitado)
Todo
lo que no pasa nos pasa de noche.
Cuando no somos nosotros sino nuestros sueños. Y desde tu duermevela
de párpados rendidos dices lo que por la mañana callaste. Mientras
yo imagino, aunque a esas
horas
casi parece recuerdo, las vidas que jamás tendremos, con sus
ilusiones, quehaceres y tantas cenas contigo, después de bajar a la
playa o saliendo de un cine de Madrid. Justo anoche soñé con
nuestro último no viaje. Allí no discutíamos ni nos éramos
insinceros. Me encantaba tu risa y todo nos podía pasar pese a que
ya no nos pase a nosotros. O quizá sí y aún somos posibles. Tan
sólo de noche. Dormidos.
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domingo, 17 de abril de 2016
Noches azules
¿Tarda
mucho, no? Pregunta Lucía. Igual que Luisa cuando en su blusa de lunares
amarillos ya no quedaban botones que desabotonar. También se lo oyó a Teresa. Y
a las hermanas Vargas. Primero a la mayor, Chabela, que no sólo lo dijo sino
que la acarició con ambas manos, pareja de esposas subiendo y bajando, luego
vuelta a empezar, pero tan suaves como inútiles. Marisita, en cambio, se la
metió en la boca, y qué horror sintió al descubrir que se salía y huía de sus
labios, rechazados todos los besos de la pequeña de las Vargas. “Tómatela”,
pidió exhausta. Pero esta noche ni siquiera han sido suficientes esas dos
pastillas coloreadas de los ojos de Lucía, que aún la restriega y se restriega
hasta que llega un momento en que está cansada, desengañada, creo
que incluso harta, no puede más. Abandona o se abandona, y cae a su lado. Desnudos,
bocarriba, sin hablar. Lucía ahora enciende una luz. En el último cajón guarda
sus pastillas, también son azules. Le permiten dormir. Despertar de otro mal
sueño.
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martes, 5 de abril de 2016
Pesadilla
Esta
noche no nos queremos ver ni en sueños. Cada uno mira su lado de la
almohada. Escucho que ya duermes mientras yo aún doy vueltas. A la
cama, a nosotros. Mañana te preguntaré de nuevo. Como en una
pesadilla.
lunes, 4 de abril de 2016
Soñarse futbolista
Anoche
soñé que alguien pagaba por mí 75 millones de euros, como el Real Madrid por James (según la web Football Leaks).
Así que esta mañana no he ido a trabajar sino al hotel Palace,
donde he desayunado caviar con cava sin tener que pagar.
Luego he pasado por calle Serrano a recoger, también gratis,
la chaqueta Armani que llevaba meses codiciando. Queda
realmente fantástica junto a mis nuevas gafas de sol Louis Vuitton
y el Ferrari 488 GTB, ambos regalo de los patrocinadores. Y
hace un rato, al cierre en Fabrik, todas querían venirse a
casa. Vaya día, me he felicitado en la cama, ya solo. Yo
siempre leo antes de dormir, pero hoy ha sido imposible. Sobre el
papel, las palabras bailaban indescifrables, huidizas, odiosas. Como
si supieran que ahora soy futbolista.
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Imagen: James Rodríguez, fotografiado durante un partido (ESPN FC).
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