jueves, 24 de septiembre de 2015

El mosquito

El mosquito apareció petardeando igual que una motocicleta antigua. Volaba de un rincón a otro del coche como la bola de un gigantesco pinball, posándose a ratos encima del volante o frente al velocímetro, también en la luna delantera, incluso sobre los botones de la radio. El mosquito, quizá sabiéndose observado, comenzó a rondar mis manos. Buscó una muñeca, la izquierda, me picó a placer. Entonces migró de brazo y ahí contraataqué. Consiguió zafarse. Distraído vi que un deportivo me echaba las luces. Me aparté sin comprobar el espejo retrovisor y un camión cisterna hizo sonar su bocina quejoso. Di un respingo. Tuve miedo. El mosquito, no. Sus ojos diminutos y negros, ansiosos de desafío, me miraban mirarle. Llegué a creer que aquel insecto quería insultarme, me llamaría cabrón, imaginé, hasta mentaría a mi madre. Pero silencioso, todo crueldad, el mosquito nada dijo mientras se acomodaba justo en el centro del asiento reservado para el copiloto. Lancé un nuevo puñetazo que esquivó sin alharaca. Su réplica fue demoledora. Vino contra mis gafas, además cambiaba de lente según con qué mano intentara yo golpearle. Un púgil magnífico que no logré impactar. De repente sentí que mi cuerpo buscaba, no sé, algo así como escapar del sillón, pero el cinturón lo impedía. Arriba y abajo cambiaron de lugar.

Desperté en este hospital. Sobrevivirá, repiten los médicos. De mi brazo nace un tubo color rojo. Serpentea hasta una cama próxima. Allí duerme el mosquito. 

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