jueves, 7 de julio de 2016

IMSERSO

Esta pequeña historia se la contaron hace poco a mi abuela, que enseguida se la relató a mi madre, que por teléfono me la repitió, quizá queriendo, seguro intentando, que yo le pusiese palabras. Pero quien narra es mi abuela:

Verás, Pili. Concha me explicó que era una excursión de un día por los pueblos blancos de Cádiz. Ya te imaginas, muchos mayores y kilómetros en autobús. A mediodía paran delante de una venta. Antes de sentarse, rodean la barra y beben cerveza. Brindan. Y al tal Matías le sabe a gloria. La primera caña. Porque la segunda parece que le cuesta. De repente, se siente morir. El hombre toma y se toma tan en serio que va y muere allí mismo, al instante. Fulminante. Infarto, anuncia el médico presente (siempre hay uno) entre los comensales. Que se miran, los más aprensivos incluso, cuenta Concha, se buscan con disimulo el pulso, sin entender bien cómo. Aunque la conmoción dura casi nada. Porque oyen que el de la funeraria no llegará hasta dentro de horas. Insostenible situación. Algo hay que hacer. Todos de acuerdo. Pero sólo dos cargan y acuestan a Matías en el patio trasero de la venta. Un tercero, que padece de los hombros, le tapa con una manta. El resto de la excursión superviviente se sienta a comer. Si es que ya estaba pagado, se repiten. El menú, muy sabroso. Anima a la conversación. A reír durante los cafés. Luego, siesta en el bus. Lleno salvo por la plaza de Matías. Todavía en el patio, como si durmiera. Igual que se olvida un sueño.

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