lunes, 1 de diciembre de 2014

Distracciones fotográficas (relato)


Se encuentra en el acto de lanzamiento de su primera novela y las cosas no podrían irle mejor. Acaban de presentarle a una prometedora fotógrafa y juraría que se ha enamorado. La librería rebosa público y todo lo que oye son aplausos, vítores y halagos para él y su obra. Entonces uno de los asistentes abandona su butaca y lo descalifica a gritos: Falso, copión, puto sinvergüenza; robaste mi historia. La acusación de plagio dispara la tensión entre el respetable.

Su agente, buen amigo, editor y prologuista de la ahora cuestionada novela, consigue aplacar al espontáneo y la situación se recompone. Así vuelven a sonar las risas y los parabienes, y todo parece haberse olvidado pero desafortunadamente el asunto trasciende las dimensiones del acto y a los tres días salen publicados papeles que demuestran el plagio. Herido, el escritor decide redimir su alma, de modo que se conjura para dar forma a un texto magnífico, algo nunca antes leído. Sólo a través de lo sensacional recuperará su honor.

Para ello, su plan resulta sencillísimo. Con pretendida modestia visita al mejor escritor de la ciudad y empieza a tratarlo con asiduidad (frecuenta su compañía una vez por semana, le hace lujosos regalos, agasaja sus columnas diarias en prensa y lo ayuda en aquello que buenamente puede: correcciones, trabajo de investigación, toma de notas…) hasta que una noche la ilustre firma lo llama amigo. Durante esa velada el literato abre el cajón inferior de su inmenso escritorio de caoba, ése que siempre cierra con llave, y le da a leer el borrador del que será su próximo libro. Trama, tono, prosa, personajes; todo con un aroma maravilloso.

Nuestro escritor lleva mucho tiempo esperando un manuscrito así. ¿Nadie sabe de esta novela, Don Fernando?, pregunta con voz meliflua. Cinco años de trabajo y nadie conoce su existencia. En una mesita anexa reposa la última edición del diccionario panhispánico de dudas. Pesa demasiado, pero la desesperación guía al plagiador, que sostiene temblorosamente el volumen y lo emplea para golpear la cabeza del gran autor hasta que no tiene duda de que ha muerto.

La visión de la sangre, tan roja y aparentemente viva, le provoca arcadas. Es una imagen dantesca que se repite a diario, primero en sus sueños, luego a todas horas. De hecho, el escritor cree que va a desmayarse cuando ve regueros de sangre en el rostro de los asistentes a la presentación de su nueva novela. La librería (otra distinta a la anterior, más grande) rebosa público y sus disculpas iniciales por el error de su debut (así lo ha llamado) han sido bien acogidas (la gente no tiene memoria). A un lado está su amigo y agente, otra vez editor y prologuista de la obra, y al otro se sienta la prometedora fotógrafa, su pareja desde hace tres meses y artífice de la portada.

Está guapísima vestida de amarillo y al mirarla comprende que la vida le sonríe nuevamente, que puede relajarse y olvidar el pasado. Emocionado escucha los aplausos. Alguien grita figura. Otro proclama artista. Qué fantástico momento, ha conseguido redimir su alma. De pronto todos guardan silencio y entonces resultan perfectamente audibles las sangrantes palabras de un hombre sentado al fondo de la sala: Eres un cabrón sinvergüenza, un copión reincidente; yo escribí este libro hace cinco años, hijo de puta.

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*Autoría de la imagen, Lisa Saint

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