viernes, 3 de octubre de 2014

La casa de Anton Faste


Se hacen extrañas amistades esperando. En aquella época el trabajo me obligaba a desplazarme cada día más de cien kilómetros y, como carecía de coche propio, cogía el autobús. El horario de los buses no solía ser más que una estimación, de modo que habitualmente pasaba largos ratos tirado en la estación. Allí me dedicaba a leer, a mirar el trasiego de los viajeros, a pensar; a no hacer nada, en realidad. En una ocasión se acercó hasta mi banco un hombre que dijo llamarse Anton Faste. Parecía extranjero, parecía mayor. Sus manos eran de hueso. Sus ojos, muy pequeños, como puntos en mitad de un texto. La falta de descanso lastraba sus hombros, caídos de forma asimétrica, más el izquierdo que el derecho. Vestía traje gris raído y, mientras me contaba la historia que aquí narro, juraría que vi los surcos de su chaqueta acrecentarse, hacerse más hondos, igual que las arrugas de su rostro. Se marchó en cuanto concluyó su relato. Y no volví a verlo hasta la pasada noche cuando soñé con él, que no con su recuerdo.

Habla Faste: La primera noche soñé con una casa que no era la mía. Ésta, la del sueño quiero decir, tenía dos plantas y paredes de ladrillo cara vista. Un jardín arbolado la rodeaba, mientas que una piscina cortaba la superficie del césped como una cicatriz horrible. Por alguna razón supe que a mí me pertenecía o que yo habitaba el piso de abajo. Entré a través de una ventana abierta. El color blanco de la cocina me produjo dolor de cabeza, una agobiante sensación de abstracción. Tras una puerta batiente, como las del Lejano Oeste, encontré una sala que debía de ser el salón, un espacio atestado de retratos de gente que no conocía. La distribución de aquella estancia amenazó con marearme, por lo que regresé al patio. Entonces vi las escaleras negras de metal que conducían a la planta superior. Ascendí agarrado al pasamanos. Una gigantesca terraza surgió ante mí. Había dos tumbonas colocadas de forma paralela, también dos toallas de playa tendidas de una fina cuerda. Quise entrar al interior del inmueble por una oquedad en la pared carente de puerta, pero di de bruces contra una mujer joven y hermosa, de cabello rubio y ojos azules. Le dije que era un ángel. Ella rió. Besé el brillo de sus dientes y al instante oí los gritos en la distancia que me hicieron despertar.

»Poco tiempo después soñé de nuevo con aquella casa y eso me alegró. Esta vez, cuando llegué, el ángel nadaba en la piscina. Me fijé en su ceñido bañador verde, me fijé en cómo le caía el pelo por toda la espalda. Nada dijo al verme aparecer. Sus movimientos en el agua atraparon mi atención y tardé en comprender que no estaba sola. Junto a ella había otro ángel, tal vez una amiga o su hermana, un espíritu afín de cabello moreno. Salieron de la piscina al rato y me pidieron que las acompañase arriba. Cenamos pese a ser todavía de día y bebimos hasta que sus voces sonaron indistinguibles. Recuerdo que el ángel moreno hablaba de su pasado, describía vivencias dantescas, cuando su compañera me guió hasta una de las tumbonas. Se desabrochó la parte superior del bañador y aquella noche tardé mucho en despertar.

»La siguiente noche que visité la casa escuché insultos, voces que discutían. Un hombre las amenazaba. Corrí escaleras arriba y le ordené que se marchase. Sus ojos escrutaron mi cara como si pretendieran aprenderse cada una de mis facciones. Entonces, antes de retirarse, dijo algo que no logré entender. Toda la situación resultó ser confusa, caótica. Por precaución decidí quedarme varios días en la casa, viviendo con ellas, cocinando para ellas, haciendo el amor entre ese mar de fotografías de desconocidos, el ángel rubio y yo atrapados en las dimensiones de aquel extraño salón, y sólo abandoné el sueño cuando una mañana me sumergí en las frías aguas de la piscina.

»Transcurrió una temporada marcada por la ausencia de viajes oníricos. Ya comenzaba a perder la esperanza de volver cuando recaí en la casa. Ella descansaba tumbada sobre el césped. Su abdomen lucía anormalmente hinchado. Temí lo peor. Así fue. Su voz sonaba idéntica a la del ángel moreno, pero hablaba como siempre me había hablado. A partir de aquí las complicaciones crecieron. Había noches en que soñaba y noches en que ni siquiera pegaba ojo. Sí que me tocó estar en la casa cuando el embarazo se malogró. Limpiaba yo con paños la sangre derramada, el ángel moreno acariciaba mientras la frente de su compañera, de su hermana, el instante en que aquel hombre malo apareció de nuevo. Ambas gritaron aterrorizadas, como si todos sus miedos se acabaran de materializar. Vi que él cargaba un cuchillo en la diestra. Intentó apuñalarme, pero esquivé su estocada por medio palmo. Forcejeamos. Luego, caímos por las escaleras, produciendo un ruido metálico infernal. El golpe contra el suelo me despertó.

»Comprendí entonces que no debía, que no quería, volver a aquella casa. Así empecé a medicarme. Trataba de mantenerme por siempre despierto. Una vez llegué a aguantar una semana completa sin pestañear, sé que no me cree. Mi vida se ha convertido en un pánico constante a quedarme dormido. Si me ve en sus sueños, corra, ¿lo entiende? No importa lo que le diga, lo que haga, huya de mí.

Y Anton Faste anduvo hacia la calle, huyó de la estación. Se marchó y yo lo borré hasta anoche, momento en que me reencontré con él en un sueño. Era Faste, inconfundibles su rostro y manos, sólo que más mayor. En mi sueño no había mujeres angelicales, tampoco casas de dos plantas y paredes de ladrillo cara vista, sino que me encontraba en la ducha y no sé por qué mientras me duchaba leía un libro, un relato en el que sí aparecían dos hermanas muy parecidas a las que Faste mencionó en su día. Las del cuento vivían solas en una casa perdida entre los montes. Alguien las amenazaba, el narrador del relato explicaba que se sentían acechadas, quién sabe el motivo. Pensé de repente, dejando la lectura, que iba a empapar el libro, que destrozaría sus páginas, y esa idea me provocó gran angustia. Abandoné raudo la ducha. Sequé como pude los goterones de agua. Varias frases quedaron inservibles, por siempre crípticas, lo supe enseguida. Fuera del baño aguardaba Faste. Diría que fue el cuchillo que esgrimía lo que me hizo despertar, pero mentiría. El terror que nubló mi quietud procedía de sus ojos, tan pequeños y muertos como un punto final

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