A mi vecino siempre le quedan mejor las camisetas que el viento me vuela del tendedero. Pero mi vecino prefiere reírse a negar la evidencia. Y así llevamos cerca de dos años. Como ese viento implacable que cada día desarbola mi tendedero, la situación no cesa: es tender, por ejemplo, mi camiseta de los Rolling Stones y descubrir al rato, casi enseguida, que esta ya no está, y que allí donde la dejé solo cuelgan un par de pinzas de la ropa. Sin embargo, mi camiseta nunca se pierde del todo porque, a la mañana siguiente, aparece sobre los hombros del vecino cuando sale a pasear con Guapo, su rottweiler de ladrido tiránico. Es una supuesta casualidad que se ha repetido en demasiadas ocasiones. De esta forma, he ido perdiendo camisetas de los más diversos motivos y colores; especial apego tenía a una de la selección inglesa de fútbol que compré en el mismo Londres. Pese a ello, jamás habría imaginado que lo vivido hoy resultara posible. Mientras miraba y me probaba camisetas en una tienda del centro, por un momento he creído distinguir a mi vecino junto a una pila de pantalones vaqueros. No he querido ser paranoico y he vuelto a lo mío. Tras mucho dudar entre dos camisetas, finalmente he optado por llevarme una decorada en vivos tonos amarillos. Ya estaba pagando cuando desde atrás me han noqueado los ásperos gruñidos de Guapo y las palabras de mi vecino: “Mil veces más bonita esta camiseta, ¡dónde va a parar!”.
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martes, 2 de abril de 2019
lunes, 18 de marzo de 2019
Turbulencias
Y el policía desenfundó su pistola, apuntó a cámara y de un disparo hizo saltar las luces de casa. De puro susto o quizás asombrados de la coincidencia, por un instante papá, mamá y yo nos quedamos mudos frente a la televisión apagada, sin atrevernos a abandonar el sofá. Fue finalmente mi padre quien primero se puso en pie y rompió a decir: “Por no haber puesto el fútbol”. Yo busqué la reacción de mi madre, pero su silueta se perdía en dirección a la cocina. Papá habló entonces de comprobar el cuadro de luces. Desde la ventana más cercana, vi que las farolas de nuestra calle estaban apagadas. El barrio entero parecía haber echado a volar, como si alguien se lo hubiese llevado lejos. Mamá reapareció con una vela encendida entre las manos. A cada paso, la llama perfilaba nuevas facciones en su rostro. Se sentó a mi lado y ahora sus ojos me parecieron de otro color. Desde el recibidor, mi padre maldecía la instalación eléctrica. “Juan, afuera también está oscuro”, y papá volvió al salón mientras arremetía contra la gestión del alcalde. Reflejada en la pantalla del televisor, la llama danzaba de forma hipnótica. No sé cuánto rato estuvimos los tres observando la vela en silencio hasta que mamá nombró a mis dos hermanas. No habíamos hablado de ellas en todo el camino de vuelta del aeropuerto ni durante la cena. Ya debían de estar sobrevolando el océano. Sería un año largo. Pero esa primera noche solos, recordamos momentos felices juntos y la luz a su regreso nos sorprendió con una sonrisa.
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