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jueves, 9 de marzo de 2017

Papel mojado

20 años después y Los tres mosqueteros uno junto al otro, lomo con lomo, sobre la cisterna del váter. En el lavabo, Robinson Crusoe, El Aleph de Borges y un poco de espuma de Moby Dick. Lolita dentro de un cajón para cremas. En el de al lado, donde el secador, Piglia. Mi Estrella distante, justo entre el hueco chileno que trazan dos toallas amarillas. Y también muy cerca, Corazón tan blanco, Drácula, la obra completa de Conan Doyle, una segunda parte del Quijote y hasta Rayuela, en varias ediciones. Porque Brenda guarda en el baño sus libros. Todos ellos. Ahí tiene su biblioteca, me cuenta orgullosa. Precisamente ahí, sigue diciéndome, mientras se peina, se lava los dientes, la cara, maquilla o desmaquilla, o incluso cuando hace lo que tan sólo se hace en el baño, y veo como ahora me guiña, en esos momentos Brenda siempre recurre a su biblioteca: mira sus libros, piensa en ellos, les acaricia el lomo, hasta que finalmente (inevitable, confiesa) vuelve a leerlos. Una lectura fragmentada la de Brenda, miope, como sin aclarar todavía. Al final, las páginas se acaban doblando, cuando no empapando, a causa de la humedad y la tinta coge color invisible. Por eso, a veces, Brenda recita frases que ya no están en ninguna página. Y, de repente, el pelo rebozado entero en champú, se acuerda de Philip Roth y su Goodbye, Columbus “con los ojos acuosos, aunque no por el agua”, que el desagüe ya ha borrado. 

sábado, 7 de marzo de 2015

'Vidas de papel' (artículo)


Siempre he querido ser Lucas Corso en El club Dumas. Aunque mi pelo no se desordena como el suyo. Mis gafas tampoco ven igual que las de este personaje creado por Arturo Pérez-Reverte. Y en Málaga resulta imposible vestir gabardina trece de los doce meses del año. Pero a menudo visito librerías de segunda mano y libro antiguo, y mis dedos recorren cada estante como sabuesos de tinta. Acariciando lomos rústicos. Despertando ediciones soñadas. Volúmenes mágicamente conservados dentro de una casa de pliegos que no guarda principio ni fin. Tengo predilección por los ejemplares dedicados. Libros que fueron de otros y que les fueron regalados también por otros (amigos, novias, padres…). Obras que esconden un mensaje personal, intransferible, en la hoja muy blanca tras la portada. O tal vez la frase puede leerse en la página interior que recita el título. O quizás esté escrita junto a la cita que el propio autor escogió para invocar su voz. Dedicatorias infinitas, eternas: “Ojalá lo disfrutes como te disfruté yo”. “Para que no hagas aquello que tú sabes”. “Hoy durará siempre, te quiero”. Cuando tu vida es de papel y te dejan no duele tanto. Siempre he querido ser Lucas Corso en El Club Dumas porque la literatura matiza lo real. Adelgaza la carga. Sobre todo diluye el tiempo. Ya que jamás faltan las aventuras en un libro. Y hasta la muerte resulta evitable echando la vista atrás. Todo lo que se perdió regresa en el capítulo anterior. Con la relectura. Y al mismo tiempo las etapas se cierran mediante punto y aparte.

Las existencias escritas son mejores. Hermosas e inamovibles. Por las noches fantaseo con hacerme personaje. Acabar y así volverme ficción. Materia prima de historia, caligrafiada en minúscula. Mosquetero de mi destino. Hace años el actor Johnny Depp interpretó a Lucas Corso en La novena puerta. Para esta adaptación de la novela al cine, Lucas pasó a llamarse Dean. El célebre Roman Polanski dirigió la película. Entre ambos demostraron que al menos durante el rodaje uno puede convertirse en literatura. Que los misterios acechan detrás de cada esquina. En las calles de Nueva York, París y Toledo. En la tuya y en la mía. Ahí nos espera el diablo que escondía la obra Las nueve puertas del reino de las sombras en la trama de Reverte. Porque leer y escribir siempre ha consistido en espantar a nuestros demonios. 


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Imágenes: La novena puerta