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jueves, 13 de agosto de 2015

Ayeres


Algunas mañanas me despierto aprensivo y creo que esa muela quejosa me va a estallar, luego temo que mis ojos y orejas también puedan explotar, y al final acabo preguntándome si no será que hasta mi corazón late a un paso de saltar por los aires. Son días largos y azules en los que me duele el hígado, la rodilla derecha, ambos pulmones, una muñeca, la izquierda, los dos tobillos, el lugar donde yo creo está el páncreas y un testículo (no diré cuál). Por eso tomo pastillas amarillas. Muchas. Alivian mi malestar. Además, bebo piezas de fruta, una tras otra, y como litros de agua, uno tras otro, o es al revés; sólo de pensarlo mis nervios se crispan. Cuando cae la noche siempre bajo al bar de la esquina. Allí estallo con tres cervezas y entonces hablo con todos, tonteo con todas. Ya no pienso que mañana pueda dolerme nada. Soy mi mejor ayer. 

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Fotografía: Keith Richards. 

sábado, 4 de julio de 2015

Anoche


A veces se descubre tan harto de ayer que llora hasta mañana. Con cada ojo atrapado en la pequeña cuenca de una mano temblorosa. Son noches de lágrimas sabor cerveza. Primero bebe una. Luego otra. Y luego otra más. Así hasta que pierde la cuenta. Entonces se toma la última como brindis a quién era. A quién fue. Pero hace tiempo que no se reconoce. Aunque se busca en las páginas de un libro en blanco. En los versos de una canción sin letra. Para su sorpresa aún recuerda antiguos hoy. Sueños que el alcohol vuelve reales. Que intenta tocar con dedos suplicantes. Pero queman. Igual que un fuego fatuo. Y ya no cree en ellos. Tampoco en él. Ni en su fantasma.