Inició su día por la noche. Con gusto devoró a solas una
generosa cena. Luego se dejó ir hasta la tarde, momento en que se permitió
disfrutar del mejor café acompañado por una buena lectura. Como no quería dejar
lo más trabajoso para el final, decidió entonces afrontar su mañana y el
obligado turno en la oficina. Tras horas largas y tediosas no comió sino que
desayunó mientras, de fondo, escuchaba la radio. Dejó el almuerzo para el
desenlace de la jornada. En ese punto comprendió lo inútil de todo aquello. Y
es que el orden de los factores no altera el producto.