sábado, 14 de abril de 2018

El tercio de los sueños


Desde hace hoy justo tres meses, a una hora tan improbable y nada taurina como las 3:33 de la mañana, de madrugada el viejo torero recibe en su ancha cama de Estrecho la visita de todos aquellos (casi incontables) toros a los que, a lo largo de una larga y vivida vida, dio muerte en plazas a ambos lados del océano. Fueron muchas (incontables) tardes de triunfos en la cercana Las Ventas, los abriles saliendo a hombros de La Maestranza sevillana y esos vítores irrepetibles que dicen aún se oyen allá en Aguascalientes. Temblequea la memoria del viejo torero, embestida por manadas de fantasmagóricos toros de lidia. El viejo torero rememora sus nombres (Lucero, Tiza, Sinfonía, Rayo, Maldito...) mientras los astados de ayer cornean el descanso sin descanso. A la mañana siguiente, una vez más, el madrugador sol de Madrid deslumbra al viejo torero, aovillado e insomne entre sábanas y tormentos. Dentro de la consulta número cuatro del ambulatorio de calle Infanta Mercedes, el doctor ausculta su pecho, le toma el pulso y receta pastillas amarillas; incluso pronuncia las palabras perdón y remordimientos. A nostalgias imperiales, en cambio, aluden los contertulios tras la barra del bar Míes. Acaso indeciso, arrastrado quizás entre ambas corrientes, el viejo torero esta noche, idéntica y distinta a tantas otras, sustituye el pijama por uno de sus viejos trajes de luces. Y se arropa con dos capotes. La muleta doblada hace de almohada. Debajo, ha escondido su estoque de San Isidro. No cree poder dormir, pero el viejo torero se duerme. 3:33. Bufidos, sombras a los pies de la cama, nervios que se tensan. Bajo un cielorraso oscuro, el traje de luces centellea lleno de suertes: naturales, redondos, derechazos, molinetes y pases de pecho. Los recuerdos ovacionan por última vez al viejo matador de toros. El tercio de los sueños casi toca a su fin.
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