viernes, 12 de septiembre de 2014

Hilo telefónico


Aquel teléfono era adicto a las desgracias. Cada llamada introducía en la casa el fantasma de otro que dejaba el mundo. Los finados se sucedían como los timbrazos en una línea muerta. Al otro lado del hilo, Juan perdió familiares, amigos y conocidos. Todos fueron víctima de la parca telefónica, desterrados al olvido de la memoria.

No lo había comprado sino que le fue instalado de forma gratuita al contratar la conexión a internet. Juan recordaba verlo llegar en las gruesas manos del técnico. Era un teléfono blanco que refulgía sin mácula, sus teclas resultaban tan suaves al tacto, suplicantes de caricias, mientras que el auricular ergonómico pendía de un largo cable que jamás se enmarañaba. Aquella tarde, cuando aguardaba ansioso una llamada que sería la inaugural, Juan se sorprendió admirando la belleza de aquel aparato, se descubrió pensando que aquel teléfono era lo más hermoso que jamás había visto. Cómo no se había comprado uno antes. ¿Quién podía querer un móvil teniendo tan hermoso ingenio? Entonces sonó la esperada primera llamada y su aullido recorrió las paredes del apartamento. Juan no lo dejó crepitar y así se enteró de la muerte de su madre.

Siguió a aquel deceso la extinción del padre. Dos amigos de la infancia de Juan también fallecieron en trágico accidente, así como un primo y su antiguo entrenador de fútbol. Hubo más muertos que lágrimas. Distintas causas, mismo mensajero de malas nuevas. Las tertulias deportivas eran las únicas que en el silencio de la madrugada acallaban las voces del insomnio.

Juan temió tanto la llegada de malas noticias que dejó de responder a las llamadas. A menudo se imaginaba desenchufando el teléfono y arrojándolo por la ventana, convirtiéndolo en mil y un pedacitos, pero el miedo lo atenazaba; las fabuladas e irracionales consecuencias de aquel hipotético acto le impedían realizar el más mínimo movimiento. Por tanto, Juan se instaló en la inacción y cuando atronaban los timbrazos él se mantenía al margen, distrayendo sus pensamientos con asuntos banales, como la reubicación de los muebles, hasta que el teléfono desistía.

A la mañana siguiente de la primera llamada sin atender, Juan recibió la visita de Alba, que le contó como una amiga común había sufrido un infarto. La ingresaron de urgencia ayer, explicó. Fui corriendo al hospital. Algo horrible, sólo treinta años. Estuvo varios minutos en parada, Juan, y de repente volvió en sí. Traté de avisarte. Te llamé aquí. Justo acababa de colgar porque no cogías cuando los médicos me informaron de su milagrosa recuperación.

A partir de ese día Juan vivió como si no tuviera teléfono y así sus allegados dejaron de morir. Una tarde, mientras el sol se cobijaba en la sombra de los espigados edificios, resbaló mientras reordenaba sus libros. Quiso la mala fortuna que, en su aparatosa caída, Juan arrastrase la estantería, que se desplomó y le aplastó una pierna. Desde el suelo, gritó dolorido. Sus manos alzaron la voluminosa pieza de madera lo suficiente como para poder liberarse y reptar entre lamentos hasta la mesita del teléfono. Se había prometido no volver a usarlo, no atender otra llamada. Sin embargo, el malestar pudo con su férrea voluntad y asió el auricular. Torpemente, tecleó el número de emergencias y aguardó.

Dieciséis minutos más tarde los sanitarios encontraron el cuerpo sin vida de Juan tumbado boca arriba. Del oído pegado al auricular descendía un surco de sangre que llegaba hasta al suelo y se entrelazaba con las volutas del hilo telefónico. El mismo técnico que había realizado la instalación recogió en fechas posteriores el terminal y lo depositó en un almacén propiedad de la empresa operadora. Sobre una balda de contrachapado, rodeado de cajas y cables sucios, siguió recibiendo llamadas, a la espera de las caricias de un nuevo propietario.   

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