domingo, 22 de abril de 2018

(Otra) Casa tomada


Pese a que vivo solo y nadie tiene copia de la llave de casa, desde la puerta del bar de la esquina, esta noche miro hacia la ventana de mi salón y veo luz adentro. Con cada sorbo de cerveza, me convenzo un poco más de que soy olvidadizo, despistado, capaz de salir del piso sin haber echado la llave o sin haber apagado la lamparita bajo la que a diario leo; hoy, por no ir más lejos, un cuento de Julio Cortázar. También me digo o me cuento, y con el sabor de la cerveza salen y saben mejor las palabras, que las sombras que intuyo moverse tras el cristal y el estor de la ventana son únicamente eso: sombras, ilusiones ópticas, fantasmagorías de mi mente asustada ante el hecho de que empieza a hacerse tarde y Sara no ha venido al bar ni contesta al teléfono. El camarero, que mira como quien entiende, se ofrece a invitarme “a la penúltima”. Ya no debería beber otra. O puede que sí, pienso después de haber aceptado su ofrecimiento. Porque quizá no sea tan mala idea, antes de subir y volver a marcar los números de su número, apurar algo más de valor del fondo del vaso. Entre tanto, tal vez dé tiempo a que Sara aparezca y las sombras de mi casa desaparezcan.

sábado, 14 de abril de 2018

El tercio de los sueños


Desde hace hoy justo tres meses, a una hora tan improbable y nada taurina como las 3:33 de la mañana, de madrugada el viejo torero recibe en su ancha cama de Estrecho la visita de todos aquellos (casi incontables) toros a los que, a lo largo de una larga y vivida vida, dio muerte en plazas a ambos lados del océano. Fueron muchas (incontables) tardes de triunfos en la cercana Las Ventas, los abriles saliendo a hombros de La Maestranza sevillana y esos vítores irrepetibles que dicen aún se oyen allá en Aguascalientes. Temblequea la memoria del viejo torero, embestida por manadas de fantasmagóricos toros de lidia. El viejo torero rememora sus nombres (Lucero, Tiza, Sinfonía, Rayo, Maldito...) mientras los astados de ayer cornean el descanso sin descanso. A la mañana siguiente, una vez más, el madrugador sol de Madrid deslumbra al viejo torero, aovillado e insomne entre sábanas y tormentos. Dentro de la consulta número cuatro del ambulatorio de calle Infanta Mercedes, el doctor ausculta su pecho, le toma el pulso y receta pastillas amarillas; incluso pronuncia las palabras perdón y remordimientos. A nostalgias imperiales, en cambio, aluden los contertulios tras la barra del bar Míes. Acaso indeciso, arrastrado quizás entre ambas corrientes, el viejo torero esta noche, idéntica y distinta a tantas otras, sustituye el pijama por uno de sus viejos trajes de luces. Y se arropa con dos capotes. La muleta doblada hace de almohada. Debajo, ha escondido su estoque de San Isidro. No cree poder dormir, pero el viejo torero se duerme. 3:33. Bufidos, sombras a los pies de la cama, nervios que se tensan. Bajo un cielorraso oscuro, el traje de luces centellea lleno de suertes: naturales, redondos, derechazos, molinetes y pases de pecho. Los recuerdos ovacionan por última vez al viejo matador de toros. El tercio de los sueños casi toca a su fin.
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sábado, 24 de marzo de 2018

carDÍAco


Tu corazón no resistirá una vez más. Y una vez más, pese a las pesimistas palabras del doctor Juan, Juan se enrosca la bufanda al cuello, luego pierde sus brazos de (c)alambre y casi todo el pequeño cuerpo dentro de su más mullido chaquetón para así, bien temprano (requisito indispensable, mantra obligado de repetición diaria), venir a escurrirse por las aceras estrechas de Estrecho en invierno hasta el recodo con Infanta Mercedes. Donde el milagro cotidiano, la razón de otro nuevo día, aguarda y se produce en el instante preci(o)sísimo, por un momento las calles parecen volverse manecillas de un reloj, en que Juana (oh, Juana) dobla la esquina y también el mundo de Juan, plegándolo en mil y un pliegos, que son el amor y las partes del amor. A veces por las botas altas; en otras ocasiones, por los vaqueros bajos; o el abrigo camel muy cruzado; como su bolso oscuro y bolsa clara, inseparables de lunes a viernes; por el pelo amarillo, llovido, largo y más largo; por sus manos, que acarician y besan la mañana; y, sobre todo, por esos labios siempre rojos, de color ambulancia. Pero, en esto no cabe duda, don Juan ya ha dado guerra en La Paz demasiadas veces. Hoy es un atrevido gorro con visera y contra el frío que peina Juana lo que deja a Juan sin cabeza ni aire, cardíaco, tan tambaleante y herido de muerte bajo el cielo sin nubes de Madrid. Sobre el viento, no tardan en oírse las primeras sirenas. Cogidos de la mano, Juana repite todo va a ir bien. Y Juan sonríe, se estremece. Muere de felicidad.

sábado, 17 de marzo de 2018

Tattoo you


En una línea de metro bajo la ciudad, sobre las líneas mal escritas de su mano derecha, un viajero zurdo tatúa la buenaventura con tinta oscura y letra clara. Repetidas veces, cierra y abre el puño esperando aclarar o ultimar una última palabra por venir. Paciente, en la palma lisa y blanca como hoja de guarda, guarda y detalla detalles de nada. Todo lo que pone, pone una sonrisa sin risa en el porvenir de este viajero de viaje en metro. El futuro florece a flor de piel. Sueña sueños al alcance de la mano.


lunes, 12 de marzo de 2018

Noche hueca


Acaso por no darle más vueltas, apuntaré que esta noche me apena una pena hueca, imaginaria, algo ideal. Si no pienso en ella, se va. Por eso, ya conecto el televisor, pongo a los Rolling Stones bien alto, barro todo el piso, llamo y dejo que me llamen por teléfono, corro a encender un hornillo, preparo y tomo sopa, bebo una cerveza, luego otra, más la penúltima, mientras veo aburrido otro aburrido programa y escribo estas líneas, las borro, reescribo, paso página, abro un libro, leo el comienzo de un sueño, pero me desvelo y ahora cuento ovejas, todo un rebaño salta sobre el puente de mi nariz, los párpados que al fin se vencen, la cabeza se vacía, sin ti hueca.

sábado, 10 de marzo de 2018

SANdwichera


De un tiempo a esta parte, siento haber fiado mi felicidad a la inapetente compra de una sandwichera. Desconozco la razón, pero en la duermevela que anticipa el sueño, bajo la ducha sin alma de las mañanas, o incluso por las aceras estrechas de Estrecho, mientras esquivo de todo menos llegar a la oficina en hora, a diario me veo y recreo con mi nueva y flamante sandwichera bajo el brazo, y me veo y creo mejor. No sé. No se me hace extraño después del trabajo, mientras se iluminan esas farolas más madrugadoras, perder las atardecidas tardes de entre semana frente al escaparate de los bazares de Bravo Murillo. Detrás del cristal y sus reflejos contaminados, las sandwicheras son sonrisas de metal. Las hay de diferentes medidas y colores. Me gusta especialmente una de tamaño bien grande y color amarillo. Es un modelo, lo he leído en Internet, que puede usarse también como grill. Una doble función que, y hasta yo me sorprendo de ello, se me antoja antojadiza, apetecible, irresistible. Supongo que un día como hoy, o quizás hoy mismo, acabaré volviendo a casa con ella. Imaginarlo es tan sabroso: fuera de su envoltura de cartón, enchufo la sandwichera; el sándwich (y el mío siempre lleva una loncha de queso extra) aguarda en su plato a que prenda la luz. Entonces, introduzco el sándwich. Apenas unos minutos de espera de nada. Toda una pátina dorada da ahora aroma al sándwich, que regresa a su plato. Para enseguida cruzar la pequeña sala. En mi lado del sofá, la realidad se asienta. Un placer impaciente anuncia el primer mordisco al sándwich. De un bocado de muerte, devoro la tristeza.

lunes, 12 de febrero de 2018

70s

Nos asegura el veterinario que Uri ronda ya los 71 años. Según parece, la última década le ha cundido por siete. Parece mucho correr, hasta para un cuadrúpedo. Pero nuestro perro es así: corre, come, salta y hasta (se) duerme deprisa. La suya es sin duda una vida veloz, alegre, contagiosa. Por eso, cada mañana sus ladridos madrugadores desperezan el envoltorio de un nuevo presente.