jueves, 19 de septiembre de 2019

A corazón abierto

Qué bueno cuando te enfadas. Ya sabes que me encanta oír eso de “no aprenderás”. Pero cómo hago si nunca tomo a mal un mal modo tuyo. Tampoco los reproches ni tus manías. Y a quién puede molestarle que a ti a veces casi cualquier cosa te enfurezca. Yo vivo feliz cada segundo contigo ahora que regresaste del hospital.

miércoles, 4 de septiembre de 2019

Hormigas

Nada me aterra más que un dentista de dientes retorcidos, un oculista que necesite gafas o un peluquero calvo. Pero ya había comenzado a explicar lo de mis hormigas cuando percibí que el psiquiatra sufría un tic nervioso en los párpados. “Siga, siga”, me apremió con tono serio y algo nervioso. “Veo hormigas, cientos o incluso miles de ellas, en cada esquina y a cada instante… Ahora trepan pared arriba, suben en fila india justo detrás de su mesa”. El doctor no se giró a comprobar si decía la verdad. Ni un músculo movió, salvo esos que nunca descansaban y volvían temblorosa su mirada. “Claro que ninguna persona más las ve”, añadí. “¿Desde cuándo le sucede?”, y otra vez noté un matiz agitado (aunque la que vino a mi cabeza fue la palabra chalado) bajo su estado de paz y calma aparentes. No quería, pero le conté de Sara, de la noche en que se fue. Las hormigas llegaron a la mañana siguiente. “Le pondré medicación, es la única manera de cortar el brote”. Como guardé silencio, el psiquiatra continuó hablando y acelerándose hasta el punto de no hacer pausas: “También-voy-a-prescribirle-sesiones-de-terapia-disculpe-un-segundo”. Tiró su silla al levantarse. Los muchos títulos académicos que presidían la consulta cayeron de forma estrepitosa sobre la moqueta de color oscuro. El psiquiatra no debía de tener miedo de cortarse con los fragmentos de cristal, porque se quitó un zapato y lo usó para golpear el lugar exacto donde un mayor número de hormigas se había aglomerado. No sé cuántos porrazos propinó contra la pared. Todos mis bichos murieron, sin excepción. El doctor entonces destensó el gesto, recuperó la butaca y supe que sus párpados habían perdido el tic. Con voz serena, dijo al entregarme una receta: “Estas pastillas las tomo yo, son fantásticas”.

lunes, 2 de septiembre de 2019

ManSana


Entre sus muchos beneficios sobre la salud, tomar una manzana al día reduce el colesterol, disminuye el riesgo de diabetes, fortalece la dentadura, desintoxica el hígado y protege contra la enfermedad de Parkinson. Además, quita el sueño más que una taza de café. Eso al menos repite siempre ella. Es lunes a última hora de la tarde y él se ha escondido una manzana antes de recogerla del trabajo. En silencio, ahora caminan despacio junto al cauce seco del río. Ella arrastra por momentos los pies. Y sus hombros se van venciendo hacia delante igual que si cargaran a cuestas con el peso del mundo. Al primer bostezo, él le entrega la manzana. Ella queda muy quieta, como sin comprender. Pero de a poco sus ojos se hacen grandes y redondos, ya le asoma una media sonrisa y esas ojeras palidecen con cada mordisco. Tomar una manzana al día también es beneficioso para el corazón.

martes, 20 de agosto de 2019

Co(n)razón

Periódico local, sección de sucesos, columna interior de página par, párrafos finales: 

El equipo médico del complejo hospitalario continúa preguntándose las razones de la evolución clínica favorable que ha experimentado el joven de 32 años ingresado en situación de parada cardiorrespiratoria hace hoy seis noches. “A las tres horas y dos minutos de la madrugada del pasado lunes, tras haber agotado sin éxito cualquier posibilidad de reanimación, desde las instalaciones del ala de Urgencias de la institución se certificó el fallecimiento”, ha explicado a este diario el responsable de la Unidad de Cardiología, el doctor J. A. Tapia, quien ha añadido con perplejidad: “Sin embargo, escasos minutos después, el paciente recuperó la conciencia y también el resto de funciones fisiológicas a excepción del pulso cardíaco, que no ha vuelto a registrarlo desde entonces”.

“Vivir sin corazón resulta biológicamente imposible, se trata de un hecho indiscutible”, ha argumentado el propio doctor J. A. Tapia, aunque al segundo ha precisado: “Aparentemente, debiera ser así, por eso no damos crédito”, ha reconocido asombrado.

Ante la ausencia de una explicación médico-científica que desvele cómo regresó a la vida este joven hombre de 32 años cuyo corazón lleva sin latir durante casi una semana, la redacción se ha puesto en contacto vía telefónica con F. García de la Cruz, fundador y socio director de El Misterio, primera agencia en España y América Latina dedicada a la investigación de fenomenologías extrañas. “Pese a lo tremendamente inusitado de la cuestión, ya hay consignados casos similares a lo largo y ancho del continente sudamericano; si no recuerdo mal, en países como Perú, Uruguay o Chile, por citarte algunos”, ha declarado García de la Cruz. Para este “experto en la otredad cósmica y lo incierto de nuestra existencia”, como se define a sí mismo, cada vez serán más las personas que vivan bajo la privación del pulso cardíaco: “Es únicamente una cuestión de evolución humana, algo sobre lo que el escritor argentino Andrés Neuman reflexionó recientemente a través de un fantástico aforismo en el que, lamento no disponer de un ejemplar aquí, aunque recurriré a mi memoria, proponía que el corazón es un músculo peculiar que, en vez de levantar peso, lo acumula”.

Miembros del Gabinete de Comunicación del centro médico han adelantado a esta cabecera que el paciente recibirá mañana el alta hospitalaria y proseguirá con la recuperación desde su domicilio, en compañía de sus allegados y siendo a diario sometido a exhaustivos y rigurosos reconocimientos y controles. Pero el experto F. García de la Cruz no se muestra preocupado y augura “tiempos felices” al protagonista de tan increíble suceso: “Seguro que le irá de maravilla, y es que nadie puede partirte el corazón si no tienes uno dentro del pecho, ¿verdad?”.

domingo, 18 de agosto de 2019

Never(a)

Aburrido durante una tarde aburrida abro mi nevera en 2019, pero la cierro diez años antes. Ahora soy quien fui. Y sé qué sucederá. Aunque a la noche igual regreso a tu apartamento. Allí uso palabras distintas. Por un momento, funciona. Sale a la perfección. Hasta que de nuevo todo se nos rompe. Hoy hace diez años desde la última vez. Este aburrimiento me vuelve a arrastrar hacia la nevera. Solo abrir y cerrar. Nuestro tiempo espera.

lunes, 12 de agosto de 2019

Domingo de Julio

El mar de esta mañana parece acuarela. Julio ha llegado pronto. Y ha desplegado su sombrilla. También la toalla. Pero su cachito de paraíso enseguida es amenazado. Colchonetas, sillas a rayas y neveras toman al asalto cada milímetro de playa. Julio busca refugio entre las olas. Allí recibe un pelotazo. De nuevo huye y nada hacia donde cubre. Se deja flotar bocarriba cuando la orilla cae lejos. Tanto como para que surja una aleta oscura en este mar acuarela.

sábado, 10 de agosto de 2019

Monólogo de un socorrista mal hablado y sin vocación, pero enamorado (¿has visto cosa igual?)

En el dorso de su pie izquierdo, Bea tiene tatuada una rosa roja. ¿Has visto cosa igual? Aunque yo no debería estar aquí. Soy especialista en Borges. Me doctoré con las mejores calificaciones. Cuando quieras, te recito de memoria El Aleph. También El Zahir, Emma Zunz o Tlön, Uqbar, Orbis Tertius. ¿Has visto cosa igual? Me juego el silbato a que no. Sin embargo, ver para creer, ante ti se presenta el puto socorrista de esta playa. Ese soy yo, sin duda. Desde las catorce hasta las veinte horas durante todas las tardes del larguísimo verano. Y ahí asoma entre las olas el primero de mis problemas del día. ¿Por qué motivo se meten tan hondo si no hacen pie? ¡Hay oleaje! ¿No has visto la jodida bandera amarilla? Claro, ahora con alzar las manos y que me rescaten ya queda arreglado y olvidado el asunto, ¿no? En serio, ¿tú has visto cosa igual? Pues este va a esperar. ¡So imprudente! ¡Dramático! ¡Cálmate que te estoy viendo flotar! Bah, es de los que no escuchan ni oyen a nadie. Maldita la gracia. Mi problema, justo lo contrario. Oigo, escucho y, en general, hago demasiado caso a cualquiera. Por ejemplo, al cabrón que me arrastró a este asiento de socorrista. Coser y cantar, me convenció mi amigo. También me ilusionó: ¡Vaya verano que te vas a meter, canalla! ¿Has visto cosa igual? De recordarlo, me enciendo. ¡En nada iré, pelmazo! ¡No dejes de mover las manos y piernas entretanto! No atiende, pero a este pieza le doy yo una buena curita de humildad, aunque me cueste el silbato. De la orilla no se aleja más en su vida. Mi idea era la siguiente: pasarme tres meses sentado a la sombra, leyendo a mi bola mientras me entraba la pasta en los bolsillos. ¿Has visto cosa igual alguna vez? Seguro que no, porque una puta maravilla de tal calibre no ha sucedido jamás ni ocurrirá. Resulta por completo imposible. En mi campo de batalla no hay quien pare. Ese mar de bañistas que me mira y remira para que a la puta carrera saque del agua al capullo de los gritos, pataleos y brazos al aire… ¡Lean a Borges, incultos! Todos ellos son los mismos mamones que no cesan de joderme ni un minuto. Al final no me quedará otra que ir a por el cenutrio. ¡Quién ha visto cosa igual! ¡Que muevas los brazos, tío! ¡Aguanta, campeón! Y tampoco son de los peores estos que a cada segundo amenazan con ahogarse, ¡ojalá! La playa rebosa de hijoputas aún más cabrones. Por ejemplo, el típico al que de repente le sobreviene un golpe de calor fatal. No te queda la menor duda de que a su lado siempre habrá una señorona que ha presenciado la escena y empieza a sentirse mareada. Suerte tendrás si no sufre un desmayo de pura aprensión. O el niñito que pisa tres erizos nada más haber plantado su papi la sombrilla. Entre mis horrores favoritos se encuentra el de esa inefable anciana que juguetea en el rompeolas hasta que cae de culo y, socorrista, levántame que no puedo, ¡sálvame! Y mi condena estival pasa, ¡faltaría más!, por rescatar a todos y cada uno de los imbéciles de turno. Nunca faltarán memos en nuestras costas. ¿Has visto cosa igual? Luego, me fríen sin piedad esos a los que califico de preguntones vocacionales: ¿Cómo ves hoy el mar, socorrista? ¿Qué horario tienes mañana, socorrista? ¿Amainará pronto el viento, socorrista? ¡Y yo qué coño sé, chaval! Déjame en paz. Ignórame. Pero qué te aporta a ti acercarte a saludarme. ¡Disfruta de tu vida! Hazlo lejos de mí. Igual que el tarugo de allí que apenas si se mantiene medio a flote. No se imagina que todavía le queda un ratito hasta que vaya a buscarle. Yo no vuelvo, fue lo que pensé tras mi primer día de trabajo. Aunque soy tan imbécil que regresé. Por supuesto, de nuevo prometí no repetir en una tercera ocasión. Ahí conocí a Bea y, ¡puto descerebrado!, desde entonces pido que este infierno no termine. Ya he explicado que Bea tiene tatuada una rosa roja en el pie izquierdo. Además, viene a bañarse y tomar el sol de lunes a domingo. ¿Has visto constancia o cosa igual? Ella siempre llega entre las seis y media y las siete de la tarde. Suele colocar su toalla y las gafas de sol unos cinco metros más allá. Bea jamás pierde un instante y enseguida se quita la camiseta y, con apenas un pantaloncito corto tapando su piel bronceada, se zambulle bajo la espuma. ¿Has visto cosa igual? Bea es increíble. ¡Qué estilo al nadar! Y sale del mar y resulta más increíble. Se tumba a tomar el sol; de nuevo increíble. Bea bocarriba o bocabajo. ¡Increíble! Encima saca una novela de su bolsa. ¿Has visto cosa igual? Totalmente increíble que compartamos afición por los libros. Ojalá supiese su nombre. Como ojalá conociese también cómo se llama este gilipollas de los chillidos para poder cagarme en él. Joder, tío, ¡ten paciencia! ¡Saca la cabeza del agua, capullo! La llamo Bea por Borges. Ella es mi “Beatriz, Beatriz Elena, Beatriz Elena Viterbo, Beatriz querida”. Si comprendieras cuánto ansío que conversemos. Me bastaría con lo más mínimo. Un mísero qué hora es, socorrista. Pero ni eso. ¿Has visto puta cosa igual? Bea es la única persona en esta insoportable playa que no me cuenta sus soplapolleces. ¡Ironía de mierda! Espera, que me entra un wasap: joder, el jefe anda haciendo la ronda. Mejor será que me apure a por el tonto-boyas de las narices. Este a mí no me jode la tarde y menos con el superior husmeando la arena. Te juro que antes lo arrastro fuera del agua a patadas. Es que el muy loco parece empecinado en de veras ahogarse. Bueno, ¿y esto? ¡Es que no se ha visto cosa igual! Éramos pocos y parió la… Ahora aparece otro que grita pidiendo ayuda por aquel flanco. ¡Por turnos, señores! ¿No entienden que estoy solo aquí arriba? ¡No se ha visto cosa igual! Y en media hora bajará Bea. Quizá quiera hoy la fortuna que a ella se le encalambre uno de sus perfectos muslos mientras se da un baño. Ya te imaginas la estampa... Sería el mío un rescate heroico, de cine: ¡Muchas gracias, socorrista! Justo anoche soñé que la salvaba de un mar tempestuoso. ¿Has visto cosa igual? Supongo que por algo acabé vigilando la playa. Soy un caso perdido. No obstante, Borges escribió en un poema, y cito con exactitud, “La inmarcesible rosa que no canto / La que es peso y fragancia…”. ¿Olerá acaso a rosa la rosa roja tatuada en el pie izquierdo de Bea?

lunes, 5 de agosto de 2019

Azul océano

Tan solo la bañista del bañador azul océano gira su cabeza, se acaba de recoger el pelo en una cola que le resbala a un lado del cuello, cuando el tipo con pata de palo y un parche por ojo arriba a la cala. Son las penúltimas luces del día, de modo que no más de cuatro o cinco resistimos aún en la playa. El tipo con pata de palo y un parche por ojo tiene complexión ondulante y una piel color bronce tatuada de cicatrices. No trae toalla. Tampoco calzado para su único pie. A un paso de la orilla, el tipo con pata de palo y un parche por ojo alza los brazos. Arquea el tronco adelante. Estira tanto su cuerpo que se toca sin esfuerzo la punta de los dedos y luego recorre la arena húmeda debajo. La bañista del bañador azul océano observa muy quieta. Ambos contemplamos desde la distancia ese momento en que el tipo con pata de palo y un parche por ojo, como si guardase mercurio en la pierna y no madera, introduce su pata de palo bajo la espuma del rompeolas y, desde mi perspectiva, creo que sonríe. No da tiempo a cambiar de idea, porque de un salto el tipo se zambulle en el agua y la bañista y yo nos reconocemos por primera ocasión. El cabello recogido en una cola de la bañista del bañador azul océano vuela de un hombro a otro igual que un péndulo. Diez metros más allá, el tipo con pata de palo y un parche por ojo emerge de entre las olas. Su repentino gesto de despedida no encuentra respuesta en nosotros. Cuando levantamos las manos para corresponder, él ya se ha girado de nuevo y ahora nada mar adentro. Bracea despacio. También yo me muevo con lentitud mientras recojo mi toalla y la extiendo junto a la bañista. Durante el siguiente cuarto de hora, vemos en silencio que el tipo con pata de palo y un parche por ojo se va desvaneciendo en mitad del azul océano. Antes de que haya caído la noche, dejamos de distinguirle. La bañista y yo seguimos sentados en la arena largo rato después. La marea alcanza nuestros pies cada vez más próximos.