viernes, 29 de mayo de 2020

Escri(sobrevi)bidor

He redactado para otras personas cientos e incluso miles de cartitas de amor, requerimientos burocráticos, discursos institucionales, escritos de reclamación, borradores de futuros testamentos, informes técnicos, brindis en fiestas, breves rimas, algunos ensayos, solicitudes de avales y préstamos, proyectos escolares, universitarios, largos poemas, infinidad de cuentos y relatos, incluso una novela que no lleva mi firma. Redactar por encargo siempre me ha resultado sencillo. Qué cómodo culpar de este primer, y también último, bloqueo creativo a los dedos, hartos de teclear, o a la cabeza, rendida de tanto pensar cada idea como si debiera dejarla escrita. Pero ni eso puedo. La bañera se desborda y el papel último, aún vacío. No tiene sentido un redactor sin palabra. “Adios” como único texto final, el más breve de todos. Protestan mis huesos al ponerme en pie y desando los pasos, cuento trece, que conducen de la mesa al baño, donde el agua cae irresistible. La camisa mojada tira de mí, también estos zapatos. Cierro los ojos mientras me sumerjo por completo en la bañera. De a poco va surgiendo el desenlace. Apenas queda. Ya casi llega… ¡Olvidé tildar adiós! Grito, pataleo sin aire en los pulmones. Aguarda de nuevo el teclado.

domingo, 24 de mayo de 2020

centríFUGA

Mi nueva lavadora trae un programa que no recogen sus instrucciones de uso. Donde debiera terminar la botonadura, aparece el número veintidós y, justo encima, sonríe una carita. La selecciono como si hoy no fuera domingo noche. De inmediato, se abre la portezuela con aspecto de pupila sobrexcitada y una flecha amarilla, de intermitente brillo, apunta hacia el interior en penumbra. Introduzco ambos brazos. Mis manos palpan la lisura atrayente del tambor. Segundos después, estoy recostado en las fauces del electrodoméstico. La puerta cerrándose anticipa un lanzamiento a las estrellas. Escucho ruidos minuciosos, ajetreo acuático y me río loco; ¡mi flamante lavadora al fin se mueve! Muy despacio al principio, enseguida más y tan deprisa. No sé en qué momento el jabón anega mis ojos y nariz, o cuándo recibo el primer golpe contra la nuca. Este domingo noche, centrifugo de risa.

jueves, 21 de mayo de 2020

Temblor

Un estremecimiento sacudió nuestra casa. Tiembla desde esa noche. A diario me arrodillo para percibir, como tras papel finito, cualquier réplica. Fui testigo del crimen junto al puerto. Todo vi, nada hice. Una sola cosa compré la mañana siguiente. Y de noche regresé al mismo bar, donde tanto aguardo. Ya se sabe acechado. Dos cuchillos lo presagian. Cesa mi temblor.

viernes, 8 de mayo de 2020

Los detectives no viven al Sur

La última vez que vi a J.C. resultó a su vez la primera que me contó de sus investigaciones. Era tarde, de noche y febrero. Casi todas las localidades de costa se disfrazan de pueblos fantasma durante el frío. J.C. y yo bebíamos al calor de dos hileras de bombillas coloreadas, sobre la barra de un bar para guiris sin guiris. A lo lejos se prefiguraba el mar, mientras alguien jugaba con su sombra al billar detrás de nosotros. 

Leen la voz de J.C.:

Mis figuritas de falsa porcelana con silueta de flamenco no se compraban mucho antes que comenzase a escuchar los latidos tierra abajo. Ese canto perpetuo: bum-bam, bum-bam, bum-bam. Único salmo carente de desenlace. Es el suelo llamando, emitiendo ondas electromagnéticas a los confines del globo, ¡hasta China, tío! Venid, ¡viajad aquí os ordeno! Bum-bam, bum-bam. Sé que también lo percibes. El gigantesco imán del alcalde es Dios. Pues ahora imagina a cada uno de esos orientales remotos practicando judo, preparando sopa de sesos de tiburón, creando sandías genéticamente cuadradas y miles de pajaritos de papel, o haciéndose incluso el puto harakiri.

Tiene gracia: un amarillo que se señala el vientre con la fina punta de su catana. ¡Va a matarse! El cabrón, a punto de quitarse de en medio rollo samurái, porque su esposa le ha engañado con su hermano, porque él ha mentido a su mujer con una vecina o a lo mejor es que ya no se venden suficientes coches Toyota y eso le cabrea. ¡Banzai, tío! Otro kamikaze del adiós, ¿me copias? Pero, de repente, los ecos de nuestro imán captador de turismo atan sus manos, las modulaciones electromagnéticas le adormecen el corazón y luego la mente; la puta cabeza entera, enredada en ese sortilegio radiado al cosmos por la corporación municipal: gástate en nosotros, ¡sé turista! Bum-bam, bum-bam.

Al alcalde tampoco le gusta el color, no me engañas. Sucede que se considera listísimo. Del parque tecnológico han salido grandes ideas. Y el imán es la mejor y más oscura. Claro que no hay ni un periodista decente; nunca contaréis nada. He estado en los túneles del metro, tío. Ahí donde se construye la prometida ciudad del mañana. No he visto por apenas muy poco el jodido invento. En una ocasión, soñé que el imán era un bebé inmenso y se alimentaba de sangre amarilla. Llevo tanto tiempo investigando... Te aseguro que su latido infernal me castigaba el coco meses antes de mis flamencos de cerámica y su nulo éxito. Y me argumentarás que no es malo. Vendrán, serán felices días o semanas y soltarán pasta de colores; quizá nos volvamos ricos. ¿Quién no ha leído acerca de la nueva Nueva York europea?

Vale, de acuerdo, el imán habría de ser bueno o, al menos, debiera traernos el BIEN en mayúsculas. ¿Pero qué sucede con los flamencos, tío? No me refiero a los míos, tan dormiditos en sus cajas de cartón mientras esperan un comprador inexistente. Digo los grandes flamencos de plumas y hueso que amerizan en este litoral y disfrutan de su reflejo junto a la baja mar sin turistas, libres de incómodos y entrometidos visitantes amarillos. Joder, qué bellos pájaros. Anhelo verlos en la orilla y admirar cómo se bañan frente a nuestra asquerosa rutina. ¡Ojalá fuese mía! Cogí la idea de un mural callejero: bandadas sobrevolando la playa del balneario…

Al principio, ni vislumbraba la manera de arrancar. El pulso subterráneo me perseguía veinticuatro siete, aunque no podía cavar por el mero gusto de abrir un agujero que, con suerte, nos succionara la pena. He visitado algunas dependencias municipales en los distritos, tío. No te explicaré de qué forma logré planos y decenas de facturas que el alcalde cree reducidas a ceniza y yo conservo en mi nevera a muy baja temperatura. He llegado a remontar kilómetros del curso seco del río, convencido de que la fabricación del imán nació de su lecho. Y me he buscado problemas. ¿Crees que esta cicatriz de la frente se originó tras un resbalón? A mí no me asustan. Ayer accedí a alguien que no revelaré, Fernando. Sé de dónde extrae su energía ese genocida de flamencos. Concluirá esta historia pronto y no será gracias a un periodista. El silencio cómplice explotará: ¡bum-bam! 

Hace justo un mes de aquella última noche con J.C. He leído de su muerte hoy. En otro periódico del que jamás fui redactor, se escribe: “Hombre mediana edad y constitución corpulenta apareció carbonizado dentro del laberinto de salas y galerías que esconde la antigua estación eléctrica”.

miércoles, 25 de septiembre de 2019

Autores

Es noche cerrada en Madrid. Dentro de una habitación de hostal, el poeta y cuentista chileno Sebastián Romero espera cama arriba y abajo la llegada de ese descanso que hoy le resulta esquivo. Se acumulan en su cuerpo el desfase horario, una inacabable jornada de promoción y ciertas inquietudes que prefiere no referir. Pero algo invita a pensar que, si camina unas cuantas manzanas, luego podrá al fin descansar. Casi en pijama, solo ha cogido la chaqueta y el par de zapatos, mi autor favorito deja su cuarto y desciende por Juan de Olías. Atraviesa enseguida el mejor tramo de calle Lérida y aparece, ni cinco minutos ha tardado, frente a la iglesia de Estrecho. Allí aguardo yo, sentado en un banco. Sebastián Romero se acerca. No está muy hablador, aunque juzgo increíble todo aquello que me cuenta. Sin duda, se trata de un escritor magnífico. Sebastián Romero emprende ahora lo que parece la ruta de regreso. Una amenaza oscurece su despedida: "No vuelva a escribir sobre mí".

jueves, 19 de septiembre de 2019

A corazón abierto

Qué bueno cuando te enfadas. Ya sabes que me encanta oír eso de “no aprenderás”. Pero cómo hago si nunca tomo a mal un mal modo tuyo. Tampoco los reproches ni tus manías. Y a quién puede molestarle que a ti a veces casi cualquier cosa te enfurezca. Yo vivo feliz cada segundo contigo ahora que regresaste del hospital.

miércoles, 4 de septiembre de 2019

Hormigas

Nada me aterra más que un dentista de dientes retorcidos, un oculista que necesite gafas o un peluquero calvo. Pero ya había comenzado a explicar lo de mis hormigas cuando percibí que el psiquiatra sufría un tic nervioso en los párpados. “Siga, siga”, me apremió con tono serio y algo nervioso. “Veo hormigas, cientos o incluso miles de ellas, en cada esquina y a cada instante… Ahora trepan pared arriba, suben en fila india justo detrás de su mesa”. El doctor no se giró a comprobar si decía la verdad. Ni un músculo movió, salvo esos que nunca descansaban y volvían temblorosa su mirada. “Claro que ninguna persona más las ve”, añadí. “¿Desde cuándo le sucede?”, y otra vez noté un matiz agitado (aunque la que vino a mi cabeza fue la palabra chalado) bajo su estado de paz y calma aparentes. No quería, pero le conté de Sara, de la noche en que se fue. Las hormigas llegaron a la mañana siguiente. “Le pondré medicación, es la única manera de cortar el brote”. Como guardé silencio, el psiquiatra continuó hablando y acelerándose hasta el punto de no hacer pausas: “También-voy-a-prescribirle-sesiones-de-terapia-disculpe-un-segundo”. Tiró su silla al levantarse. Los muchos títulos académicos que presidían la consulta cayeron de forma estrepitosa sobre la moqueta de color oscuro. El psiquiatra no debía de tener miedo de cortarse con los fragmentos de cristal, porque se quitó un zapato y lo usó para golpear el lugar exacto donde un mayor número de hormigas se había aglomerado. No sé cuántos porrazos propinó contra la pared. Todos mis bichos murieron, sin excepción. El doctor entonces destensó el gesto, recuperó la butaca y supe que sus párpados habían perdido el tic. Con voz serena, dijo al entregarme una receta: “Estas pastillas las tomo yo, son fantásticas”.

lunes, 2 de septiembre de 2019

ManSana


Entre sus muchos beneficios sobre la salud, tomar una manzana al día reduce el colesterol, disminuye el riesgo de diabetes, fortalece la dentadura, desintoxica el hígado y protege contra la enfermedad de Parkinson. Además, quita el sueño más que una taza de café. Eso al menos repite siempre ella. Es lunes a última hora de la tarde y él se ha escondido una manzana antes de recogerla del trabajo. En silencio, ahora caminan despacio junto al cauce seco del río. Ella arrastra por momentos los pies. Y sus hombros se van venciendo hacia delante igual que si cargaran a cuestas con el peso del mundo. Al primer bostezo, él le entrega la manzana. Ella queda muy quieta, como sin comprender. Pero de a poco sus ojos se hacen grandes y redondos, ya le asoma una media sonrisa y esas ojeras palidecen con cada mordisco. Tomar una manzana al día también es beneficioso para el corazón.