viernes, 19 de octubre de 2018

(En) Peligro por obras

Sin asomo de remedio, el andamio tras la ventana se oxida de tanto y tan expuesto. Entretanto, el traqueteo de la alquitranadora remonta el desgastado firme de calle Juan de Olías como una lengua de lava fatal, manejada por diablos de chaleco amarillo. Pero en el infierno estrecho de Estrecho ya no hace calor ninguno. Madrid y octubre se han quedado fríos. Todo llovido. Cada desayuno observo, detrás de mi ventana y su fachada de andamio, esa paciencia con la que una excavadora rigurosamente amarilla desagua el barro primigenio acumulado durante la noche en el solar frente a casa (“Comience aquí su nueva vida, ¡visite nuestro piso piloto!”). Y cuando el mundo entero se deshace en construcción, inevitable entonces preguntarse si acaso yo no podría reformarme también de arriba abajo… Desde la calle, me alcanzan repentinas risas de operario. La coincidencia guarda algo de guasa semiderruida, casi clausurada. En peligro por obras.

domingo, 14 de octubre de 2018

andaMÍO

Justo cuando peor estaba, montaron el andamio. “No quedó otra, se viene abajo”, me explica uno de los operarios en el portal. Desde la calle, las formas ortopédicas, rematadamente aparatosas, del andamio me incomodan. Pero no debo preocuparme: “Todo va a salir bien”, asegura otro trabajador. Yo quiero creer que sí. Aunque, durante las horas sin hora de la noche, el andamio tiembla presa del viento y, por momentos, parece a punto de no poder soportarlo. Sin embargo, aún resiste. En pie al alba, a por una mañana más.

domingo, 30 de septiembre de 2018

ArqueTIpo

Son esos días que no sé qué días son. Voy volviendo del trabajo y te me apareces en cada banco de Madrid. ¿Eres tú o tu indistinguible arquetipo borgiano? Porque cuando me acerco, desapareces irremediablemente. En total, las he contado, de regreso a casa me encuentro con diecinueve proyecciones tuyas. Sin embargo, solo una sola de ellas acaba siendo (como) tú. Cierto es que tienes otro color y corte de pelo, hablas con otra voz e incluso distinto acento. Pero son los suyos tus ojos de asombro. Por eso, me siento y, quizá también por eso, sonríes. La conversación se anima conforme va palideciendo el tráfico. Ya prenden algunas farolas madrugadoras, aunque siempre atardecerá un poco más tarde esos días que no sé qué días son.

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domingo, 2 de septiembre de 2018

"¡Hola, papá!"


Todos los sábados y domingos de agosto, papá me busca entre las páginas de Diario Sur. Espera leer ese cuento que no consigo escribir. Aunque quizás hoy sea mi día. Ha madrugado mucho a por su periódico de camino a la playa. Media bahía aún duerme, la otra mitad se frota los ojos: “¡Hola, papá!”.

Pd: ¡gracias, Diario Sur!

domingo, 27 de mayo de 2018

El Cantante (de Estrecho)


Ese soy yo. No importa cuántos aseguren que canto mal o, de verdad cuánto imbécil anda suelto, que haya alguno que otro que va por ahí proclamando que doy pena. ¡¿Yo?! Tienen envidia. Así, sin más. Porque todas las noches de jueves el café bar se llena igual que un vaso de cerveza y un dedo de espuma. Expectante, mi público aguarda. Y siempre, créeme cuando te digo que mucho del éxito reside en la anticipación, les hago esperar un poquito; lo justo para que tampoco desesperen. De modo que, pasadas las once y media, de entre bambalinas surjo con mi sombrero sobre los hombros, la camisa de lunares bien ceñida al abdomen (invisible la faja inevitable), mi par de botas de serpiente y de la suerte, y una chaqueta entallada de cualquier color menos el amarillo; soy valiente, no suicida. Si la recepción del respetable resulta tibia o contenida, ya sabes, escasos aplausos, alguna tos inquieta, entonces canto Ódiame y el café bar, como si fuese un ser hecho de infinitos seres, me ama enfervorecido. Las ocasiones, la mayoría, en que me aclaman sin haber lanzado todavía un gorgorito, busco a Rubén para que pinche El Cantante y de repente no hay marcha atrás. Estallo y estallan conmigo. Dinamitamos el barrio entero en dos, tres y a veces hasta cuatro horas seguidas de locura y voz, voz, más voz. Mi voz llenando el universo. Sin descanso ni pausas. No creo en los bises. Simplemente, me entrego hasta que se hace tan tarde que parece muy pronto. A estas alturas, se me han vuelto incontables las madrugadas apabullantes, pletóricas, veladas de leyenda. Y es que por dentro me devora el éxtasis imposible de poder ser Dylan, Raphael, Freddie y Julio en una sola vida y casi al mismo tiempo. Mi repertorio, además, jamás se agota. Solo crece, mejora, lo perfecciono. En el esforzado trabajo constante, recuérdalo, habita otra gran parte del éxito. Por eso, únicamente soy yo El Cantante de Estrecho, isla de felicidad dentro del Pequeño Caribe. Pero no busco la fama, el halago, ni tan siquiera la Grandeza. Mi música es por y para Sara, aquella que nunca viene a verme cantar; la de los ojos grandes que miro y admiro cuando nos cruzamos día tras día en Bravo Murillo, General Perón, Infanta Mercedes o el Mercado de Maravillas y ella guía mi norte cercano y lejano. Sara me desvive. Quién pudiese volver atrás, deshacer el enredo y callar lo dicho. Aunque hoy todo suena distinto. A través de una conocida, he conocido que Sara por fin vendrá esta noche a oírme cantar. Oídme, en un rato Sara vendrá a escucharme. Por supuesto, sobra el titubeo, ha de ser mi mejor función, qué digo, estamos ante LA FUNCIÓN. Cada melodía debe parecer escrita para que mi voz la acaricie. Quedan apenas instantes. Ya siento la soledad del foco. Cómo sobreviviré cuando nuestras miradas se reencuentren. Estrecho se estrecha de a poco sobre mi pecho. Se acerca la hora de El Cantante. Y ese soy yo.

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miércoles, 23 de mayo de 2018

El Sueco


Nadie en el barrio sabe si vino antes el libro o la camiseta. Pero un día cualquiera, la tarde que empezó a ser conocido como El Sueco, El Sueco entra en el bar de la esquina y empieza a disertar de la obra de Philip Roth. Según cuentan, es la primera vez que El Sueco viste su, luego célebre, camiseta de la selección de fútbol sueca y en las manos ya sostiene ese inseparable ejemplar de Pastoral americana. Quizá no habría sido motivo de mayor comentario, acaso mera anécdota expuesta al olvido, de no haberse repetido este comportamiento tan peculiar en todo lugar y circunstancia a partir de la fecha. Aunque, entre los vecinos, ha dejado de resultar extraño toparse con el Sueco recitando a Roth en la sala de espera de la planta quinta del ambulatorio al final de Reina Mercedes o divisar a El Sueco explicando a Roth a su predecesor en la fila de cajas del Dealz de Bravo Murillo o, y dicen que entonces su voz tiene un matiz cadencioso, casi hipnótico, escuchar palabras de El Sueco sobre las novelas de Roth emergiendo de la boca de metro de Estrecho más próxima a Juan de Olías. El Sueco siempre. Y siempre con Roth en los labios. Muchos son los que, tal vez hartos, han acabado por preguntarle: “¿Por qué, Sueco, por qué?”. Pero El Sueco jamás responde. Sin cambiar de tema, tampoco de camiseta, El Sueco sigue con Philip Roth y su gastada camiseta de la selección de fútbol sueca. Nada ni nadie mejor para hacerse El Sueco.

(DEP, Philip Roth)

sábado, 19 de mayo de 2018

Algunas noches de insomnio


Las camas de Estrecho crujen abarrotadas de ideas despiertas: y si cambio de trabajo, de casa, dejo mi vida, viajo lejos, muy lejos, empiezo de nuevo en otro lugar, con otro nombre, como otra persona... Pero son realmente pocos los atrevidos que se atreven, vistiendo de hecho al pensamiento, a dar ese pasito de calcetín blanco necesario para escapar de las sábanas, justo antes de empacar un equipaje fugaz y hacerse a la noche que afuera espera. Desde mi ventana alargada como un bostezo, insomne les veo perderse en el laberinto de calles que dibujan Madrid. Y apenas dejan rastro tras doblar la esquina. Tan solo sueños que me gustaría soñar algunas noches de insomnio.

miércoles, 9 de mayo de 2018

Bingo


Si tuviese buena voz o al menos carisma, el jefe me daría la noche del viernes o sábado. No obstante, son las tardes de lunes a miércoles cuando canto números en un bingo de Estrecho. Pero tampoco me quejo. Mis clientes, en su mayoría mayores, casi simpáticos, a veces dejan propina después de que la fortuna les sonría. Aunque el día a día apenas cambia. Llego temprano. Me tomo una cerveza, más por vergüenza que nervios. El micro está encendido antes de que ocupe mi sitio frente a la sala. Sin mediar palabra, empiezo a recitar números y números. Toda una retahíla de cifras repetidas que solo se ve interrumpida ante la felicidad de un asistente al gritar línea o, mejor aún, bingo. Entonces, hay un leve jolgorio, pares de manos que aplauden y esa alegría contagiosa que siempre regala la suerte. Yo no me inmuto y paso al siguiente cartón. Así, canto uno tras otro. Puedo estar cuatro o cinco horas seguidas haciéndote ganar dinero sin perder la voz. Al cierre, Sara ya espera fuera. Cogidos del brazo, caminamos hasta casa mientras me va contando anécdotas de su trabajo. Hoy paramos a comprar cena. Sara pide dos porciones. Sonríe. Es línea. Bingo.