miércoles, 22 de mayo de 2019

One More Cup of Coffee (Valley Below)

Hace justo tres meses asumí que no llamarías más. Era una mañana igual y distinta a esta. Mientras calentaba mi taza de leche, despegué el plástico protector de un nuevo bote de café soluble. “Este envase contiene 93 raciones”, leí impreso sobre la tapa. A ritmo de una taza cada mañana, tendría café para tres meses, algo que puede parecer poco o mucho tiempo según se mire. Por ejemplo, pero no recuerdo dónde leí esto, en el año 2001 un marinero francés apellidado Desjoyeaux circunnavegó solo y a vela los 40.000 kilómetros del globo terráqueo en la cifra récord de 93 jornadas. Si tamaña gesta resulta posible, qué no lo será. En mi caso, a lo mejor una acción tan sencilla como verter media cuchara de café soluble en vez de una entera (recomendación del médico). Aunque esa mañana el café con leche me dejó un poso de optimismo… Por qué entonces no iba a ser yo también capaz de encontrar otro empleo. Sí, quizá con esfuerzo acabaría por voltear mi vida de abajo arriba antes de haber terminado el nuevo bote recién abierto. Desde luego todo, menos recibir una llamada tuya, podía suceder durante los tres largos meses siguientes. Por descabellado que suene, estos pensamientos tuvieron mucha culpa de mi repentina contratación como encargado de tienda. Y de la modificación de mis rutinas, que ahora he llenado de amigos, viajes y tablas de gimnasio. Me siento otra persona 93 días después. Ya paladeo el aroma de la última cucharada del bote de café. Voy a tirar el envase vacío al cubo de basura cuando escucho mi teléfono. Del otro lado estás tú.
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martes, 30 de abril de 2019

Let it be / Let it bleed


Ni siquiera mi mujer se cree lo de mis paseos con Mick Jagger. “¡Pero qué imaginación, Juan!”, me dice muerta de la risa cada vez que le cuento alguna de nuestras conversaciones junto al mar. Ella siempre me ha tenido por demasiado fantasioso. A esta consideración, mi mujer también ha añadido en los últimos tiempos la de demasiado gordo: “Juan, has echado cuerpo como para tres infartos”. Y tantos no, pero sí que he sufrido un ataque al corazón hace poco... No me lean así. Trabajé mucho durante muchos años y ya estoy jubilado. ¿No puedo ahora disfrutar algo de la vida? Aunque tampoco soy un incorregible. Obedezco al médico lo mejor que sé. No por nada llevo más de dos meses sin probar un dulce. Además, he retirado la sal de mi dieta. ¡Incluso salgo a caminar durante una hora cada día!

¿De qué, si no, iba a conocer yo a Mick Jagger? Somos compañeros de caminatas. Le acaban de sustituir una válvula cardíaca y, como a mí, sus doctores le han prescrito largos paseos. Ni siquiera mi mujer puede negar una noticia que ha aparecido publicada en prensa de medio mundo. No, ella prefiere hacer burla de mis problemas con el inglés: “¿Y en qué idioma se supone que hablas tú con el rolinestón ese?”. “¡Pues en castellano, Juana!”, y ríe de nuevo como una niña traviesa. Da igual que le explique una y mil veces que Jagger aprendió español durante su matrimonio con Bianca, esa chica nicaragüense tan guapa. Diga lo que diga, he asumido que mi mujer se tronchará a mi costa. Sin embargo, reconozco que a menudo me quejo de ella demasiado mientras paseo con Mick. No sé en cuántas ocasiones habrá estado casado él, pero es obvio que de mujeres sabe. Siempre me aconseja que no se lo tenga en cuenta a Juana. Y tiene razón, porque mi mujer y yo llevamos toda nuestra vida juntos.

¡Pero qué gran tipo este Mick Jagger! Le encanta la Costa del Sol, es un conversador fantástico y su paciencia roza lo infinito. Hasta hoy nunca le había visto contrariado. Y con seguridad lo de esta tarde no ha debido de ser nada más que un malentendido sin importancia. Mañana estará olvidado. En realidad, no entiendo bien qué ha sucedido. Caminábamos por la playa y él me animaba a olvidar una pequeña riña que acababa yo de tener en casa. Entonces, con mi mejor intención, he querido agradecérselo con un cumplido: “Es igual que vuestra famosa canción Let it be”. Mick me ha mirado como quien no comprende. Ya iba a repetir mis palabras más despacio cuando veo que, de repente, se gira y emprende el trayecto de regreso. A los pocos metros, de nuevo gira y queda quieto. “¿Qué pasa, Mick?”. Su dedo índice apunta antes de por fin dispararme: “Juan, estás gordo”.

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Foto: Splash News.

viernes, 12 de abril de 2019

Por toda la escuadra


Durante más de treinta años, mi hermano Lucas creyó que le había marcado un gol al mismísimo Luis Miguel Arconada. Sucedió una tarde de verano de 1983. Éramos dos niños que jugaban al fútbol en la playa. Sentado sobre su toalla, mi padre insistía en que aquel hombre de largos brazos de la sombrilla de al lado no era otro que el mítico portero de la selección española. Nosotros no podíamos creer algo así; la estampa de Arconada era la única que siempre nos faltaba en el álbum. De modo que papá se acercó hasta la supuesta leyenda y se fundió con ella en un abrazo. Para nuestro asombro, ambos estuvieron largo rato hablando, como un par de viejos amigos. A su regreso, mi padre nos comunicó el reto: “Asegura que no sois capaces de meterle un gol”. Y, en mi caso, el internacional tenía razón. Con una hermosa palomita, Arconada atrapó sin problemas nuestro descolorido balón de playa. Pero Lucas, un año mayor, tomó carrerilla y en su intento pegó de puntera a la pelota. Esta tomó efecto y velocidad, lo que volvió inútil la estirada del guardameta. Ni Lucas daba crédito a su disparo. Solo saltaba y saltaba celebrando el gol. Papá y yo le abrazamos eufóricos. 

Matrícula de honor en la carrera y el doctorado, sacó plaza la primera vez que se presentó a las oposiciones, su boda con Elena y el posterior nacimiento de tres niños felices y sanos. Todo en la vida de mi hermano parece la consecuencia de aquella temprana proeza en forma de gol heroico. Quizá Lucas no opine igual, ya que hace poco, durante una comida en familia, nos sorprendió con esta pregunta: “¿Verdad que Arconada se dejó?”. Nuestro padre se puso muy serio y tardó en contestar: “Hijo, ni a día de hoy Arconada es calvo”. Si a Lucas esta revelación le contrarió, nada dijo. Sin embargo, ayer por fin creí entender a mi hermano, tras cruzarme con él y con mi sobrino Rubén mientras los dos montaban en bicicleta cerca de casa. Ya se alejaban cuando oí que Lucas desafiaba a su hijo: “Ese de ahí es Alberto Contador, ¿a que no eres capaz de pillarle?”.

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Foto: Korner.

martes, 2 de abril de 2019

Ropa (desa)tendida

A mi vecino siempre le quedan mejor las camisetas que el viento me vuela del tendedero. Pero mi vecino prefiere reírse a negar la evidencia. Y así llevamos cerca de dos años. Como ese viento implacable que cada día desarbola mi tendedero, la situación no cesa: es tender, por ejemplo, mi camiseta de los Rolling Stones y descubrir al rato, casi enseguida, que esta ya no está, y que allí donde la dejé solo cuelgan un par de pinzas de la ropa. Sin embargo, mi camiseta nunca se pierde del todo porque, a la mañana siguiente, aparece sobre los hombros del vecino cuando sale a pasear con Guapo, su rottweiler de ladrido tiránico. Es una supuesta casualidad que se ha repetido en demasiadas ocasiones. De esta forma, he ido perdiendo camisetas de los más diversos motivos y colores; especial apego tenía a una de la selección inglesa de fútbol que compré en el mismo Londres. Pese a ello, jamás habría imaginado que lo vivido hoy resultara posible. Mientras miraba y me probaba camisetas en una tienda del centro, por un momento he creído distinguir a mi vecino junto a una pila de pantalones vaqueros. No he querido ser paranoico y he vuelto a lo mío. Tras mucho dudar entre dos camisetas, finalmente he optado por llevarme una decorada en vivos tonos amarillos. Ya estaba pagando cuando desde atrás me han noqueado los ásperos gruñidos de Guapo y las palabras de mi vecino: “Mil veces más bonita esta camiseta, ¡dónde va a parar!”.

sábado, 30 de marzo de 2019

Trópico de cáncer

Nos dieron una foto de ti por dentro. El médico fue rotundo en su diagnóstico. Habló de tu operación, aunque nada dijo de esa larga convalecencia en el hospital ni de las sesiones posteriores. Durante la primera de ellas, empezaste a enumerar nuestras muchas mudanzas: Córdoba, Valencia, Sevilla, Madrid, Málaga. “No queda otra”, era siempre tu frase antes de arrancar el coche y encaminarnos hacia una nueva ciudad. Ya han pasado nueve años de nuestro último traslado y más de cinco de tu última sesión. Hoy hemos bajado a la playa. El sol y este mar en calma invitan al baño. Quizás incluso podamos nadar hasta después de la boya. Allí todo cae tan lejano como aquella foto de ti por dentro.

lunes, 18 de marzo de 2019

Turbulencias

Y el policía desenfundó su pistola, apuntó a cámara y de un disparo hizo saltar las luces de casa. De puro susto o quizás asombrados de la coincidencia, por un instante papá, mamá y yo nos quedamos mudos frente a la televisión apagada, sin atrevernos a abandonar el sofá. Fue finalmente mi padre quien primero se puso en pie y rompió a decir: “Por no haber puesto el fútbol”. Yo busqué la reacción de mi madre, pero su silueta se perdía en dirección a la cocina. Papá habló entonces de comprobar el cuadro de luces. Desde la ventana más cercana, vi que las farolas de nuestra calle estaban apagadas. El barrio entero parecía haber echado a volar, como si alguien se lo hubiese llevado lejos. Mamá reapareció con una vela encendida entre las manos. A cada paso, la llama perfilaba nuevas facciones en su rostro. Se sentó a mi lado y ahora sus ojos me parecieron de otro color. Desde el recibidor, mi padre maldecía la instalación eléctrica. “Juan, afuera también está oscuro”, y papá volvió al salón mientras arremetía contra la gestión del alcalde. Reflejada en la pantalla del televisor, la llama danzaba de forma hipnótica. No sé cuánto rato estuvimos los tres observando la vela en silencio hasta que mamá nombró a mis dos hermanas. No habíamos hablado de ellas en todo el camino de vuelta del aeropuerto ni durante la cena. Ya debían de estar sobrevolando el océano. Sería un año largo. Pero esa primera noche solos, recordamos momentos felices juntos y la luz a su regreso nos sorprendió con una sonrisa.

martes, 19 de febrero de 2019

Los piratas nunca duermen

Nadie ganaba a papá a la hora de madrugar. En innumerables ocasiones, intenté alcanzar la cocina antes que él. Imaginar su cara de sorpresa al descubrirme sentado a la mesa era para mí un despertador infalible. Así que a diario probaba a levantarme bien temprano: a las seis, a las cinco, a veces a las cuatro de la mañana incluso. Pero daba igual. Por mucho que madrugara y recorriese a tientas el corto pasillo de casa para venir a empujar la puerta entornada de la cocina, bajo la luz del fluorescente siempre encontraba a mi padre sentado en su silla, escuchando la radio mientras fumaba un cigarrillo y bebía a pequeños sorbos una botella de dos litros de agua, con la cicatriz interminable de su costado a la vista. Porque papá jamás, ya fuese verano o invierno, se cubría el tronco hasta el momento de marchar al trabajo, pasadas las ocho. Recuerdo que, durante mucho tiempo, nuestra proximidad al puerto y la visión de aquella cicatriz tremenda, junto con la piel del rostro de mi padre, bronceada como todo el año, como sus brazos morenos y largos, y todos esos rizos enmarañados sobre su nuca, me hicieron creer que yo era hijo de un hombre de mar, quizá de un auténtico pirata. Por ello, escondido tras mi vaso de leche, espiaba sus ojos de color verdoso en busca de algún detalle falso, de un descuido revelador, que me permitiese afirmar al fin que uno o tal vez ambos globos oculares eran de cristal. Y sus piernas, no me acordaba de si en alguna ocasión le había visto llevar pantalón corto, podían ser de palo... Sinceramente, no sé lo que pensaba papá mientras me veía escrutarle con tanta fijeza. Era la nuestra una fotografía cuando menos curiosa: frente a frente los dos, observándonos de madrugada al ritmo de la voz del locutor radiofónico y de un montón de noticias que yo no conseguía entender. En algún momento indeterminado, procedente de las profundidades de la casa, el sonido de un reloj despertador nos arrancaba del ensimismamiento y de repente, por un instante, papá y yo sentíamos que mamá aún vivía con nosotros.

viernes, 1 de febrero de 2019

Seísmo (FracturaDOS)

Como una confirmación de los cielos, ve que la lámpara de pie rompe a asentir con vehemencia. Y, enloquecidos, todos los bolígrafos y lápices huyen despavoridos, para precipitarse mesa abajo. Tampoco, a su izquierda, queda un libro que no haya decidido rebelarse contra el estante que hasta hace apenas nada los ordenaba. Solo la lavadora, arrinconada en la pequeña cocina, intenta centrifugar este caos repentino. Pero, tras las ventanas, el mundo anda retorciéndose. Y cada cosa, presa del miedo, parece a punto de deshacerse. Ni siquiera largo rato después del último temblor, logra que sus pies paren un momento quietos. Igual que en Fractura, de Andrés Neuman, un terremoto ha desplazado la perspectiva de fuera a dentro.