martes, 1 de mayo de 2018

Mar de Cristal


La boca de metro se abre al sabor azulado, casi líquido, de Mar de Cristal en calma una tarde de mayo. Desordenados como caries, a izquierda o derecha de los puntiagudos escalones dentados y grises, cada ex pasajero asciende sobre el runrún eléctrico de la larga lengua mecánica, sin fin, siempre embarcada en otro nuevo viaje (salmón) río arriba. Varios peldaños más cerca del cielo, a punto ya de tocar tierra firme, tan pirata como sus vaqueros, los pendientes de aro, la bandana coral, con camisola blanco vela al viento y un ancla tatuada en ambos tobillos iguales y distintos, Mar lee tras sus anteojos un gastado mapa de Madrid, cuyas esquinas se doblan y desdoblan enredadas entre sus muchas pulseras. Hay un tesoro escondido aquí. Un dedo señala la X roja y precisa. Fuera de la boca de metro, la tarde de mayo se derrama a sorbos pequeños. Dos calles más allá, bajo la sombra de una improbable palmera, Mar queda muy quieta. Inquieta (son)ríe. Sus ojos brillan. Empieza a cavar.

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