sábado, 24 de marzo de 2018

carDÍAco


Tu corazón no resistirá una vez más. Y una vez más, pese a las pesimistas palabras del doctor Juan, Juan se enrosca la bufanda al cuello, luego pierde sus brazos de (c)alambre y casi todo el pequeño cuerpo dentro de su más mullido chaquetón para así, bien temprano (requisito indispensable, mantra obligado de repetición diaria), venir a escurrirse por las aceras estrechas de Estrecho en invierno hasta el recodo con Infanta Mercedes. Donde el milagro cotidiano, la razón de otro nuevo día, aguarda y se produce en el instante preci(o)sísimo, por un momento las calles parecen volverse manecillas de un reloj, en que Juana (oh, Juana) dobla la esquina y también el mundo de Juan, plegándolo en mil y un pliegos, que son el amor y las partes del amor. A veces por las botas altas; en otras ocasiones, por los vaqueros bajos; o el abrigo camel muy cruzado; como su bolso oscuro y bolsa clara, inseparables de lunes a viernes; por el pelo amarillo, llovido, largo y más largo; por sus manos, que acarician y besan la mañana; y, sobre todo, por esos labios siempre rojos, de color ambulancia. Pero, en esto no cabe duda, don Juan ya ha dado guerra en La Paz demasiadas veces. Hoy es un atrevido gorro con visera y contra el frío que peina Juana lo que deja a Juan sin cabeza ni aire, cardíaco, tan tambaleante y herido de muerte bajo el cielo sin nubes de Madrid. Sobre el viento, no tardan en oírse las primeras sirenas. Cogidos de la mano, Juana repite todo va a ir bien. Y Juan sonríe, se estremece. Muere de felicidad.

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