miércoles, 3 de agosto de 2016

Sobre mi nevera

"Todas las noches, ya muy tarde, cuando mis compañeros de piso duermen mientras yo sólo lo pretendo, la nevera tiembla ligerísimamente, electrizada de vida. Un pestañeo después, apenas perceptible, el electrodoméstico da un pasito pequeño, de calcetín blanco. Y, enseguida, se atreve a otro. Al tercero, calculo de cabeza contra la almohada, quizás al quinto, incluso con el séptimo, el enchufe se queja, dice crac y ahora arrastra por las baldosas amarillas de la cocina, persiguiendo al frigorífico como una cadena serpentea tras la sábana que se disfraza de fantasma. Este sepulcro de metal marmóreo, Moby Dick de andar por casa, navega el ancho salón y sus sombras para perderse entre las profundidades de nuestro pasillo. Mi habitación queda la primera. Y los vellos se me vuelven plumas y hasta los brazos me aletean, más gallina que persona, en cuanto escucho el abridor de la nevera empujando hacia abajo, igual que si jugara a ser mano, el pomo del cuarto, que cede y aquí está. El frigorífico. Demasiado gigantesco o sigiloso, ambas cosas incompatibles, entra de puntillas. Camina hasta la cama donde rezo y espío, tengo labios y párpados apretados. Cierro también los pulmones. Me creo un muerto. Pero la nevera desliza sin temor mi tela protectora y quedo en pijama, expuesto. Mirado como si nada. De idéntica forma a cómo yo la abro y observo cada tarde. Por puro aburrimiento, nunca me mueve el hambre. Al rato, el frigo también se cansa, porque regresa a su rincón. Algunas madrugadas venzo mi pánico y me asomo a la cocina esperando ver no sé exactamente qué. La nevera disimula. Hace un siseo metálico. Es su risa nerviosa. Eléctrica."

No hay comentarios :

Publicar un comentario

¡Gracias por comentar!