miércoles, 22 de junio de 2016

Dentro de un tambor (de lavadora)

Para escapar del cliente y su cupón descuento, me escondí en esta lavadora. No fue fácil: recuerdo mis manos hacia delante, con esfuerzo metí ambos brazos, las piernas enseguida quedaron tan retorcidas y aquel dolor de cuello, qué horrible punzada en la nuca. Aunque peor está resultando salir. La pequeña puerta redonda se cerró tras de mí y hace meses que permanezco atrapado. Mis gritos, igual de presos, a diario centrifugan sin éxito el tambor hasta enmudecer. Tampoco sirven los arrepentidos cabezazos que me castigo contra el grueso cristal. Pasa mi tiempo, sin que nada ni nadie pasen. Yo intento matarlo, inflar la esperanza, soplando pompas de jabón. Cada una envuelve un pequeño miedo. Y a ratos, cuando mis dedos lo alcanzan, algo raro, también me aplico suavizante en el pelo. Oí una vez que si repites y repites, te acaba dejando un brillo genial. Y es que aquí dentro me acuerdo de demasiado. Pienso demasiado. Ahora, por ejemplo, le doy vueltas a esta lavadora. La imagino como una gran ballena blanca de metal. Vista así, yo sería Ahab. Mejor Jonás. Muy pronto libre de nuevo. En una playa. ¿De agua fría o caliente? ¿Después de un baño corto o largo? Depende del programa. En todo caso, mojado, remojado. Ya me tiendo al sol. Pronto estaré seco. Y sin manchas. Lavado por fuera. Limpio por dentro. 

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