domingo, 17 de abril de 2016

Noches azules

¿Tarda mucho, no? Pregunta Lucía. Igual que Luisa cuando en su blusa de lunares amarillos ya no quedaban botones que desabotonar. También se lo oyó a Teresa. Y a las hermanas Vargas. Primero a la mayor, Chabela, que no sólo lo dijo sino que la acarició con ambas manos, pareja de esposas subiendo y bajando, luego vuelta a empezar, pero tan suaves como inútiles. Marisita, en cambio, se la metió en la boca, y qué horror sintió al descubrir que se salía y huía de sus labios, rechazados todos los besos de la pequeña de las Vargas. “Tómatela”, pidió exhausta. Pero esta noche ni siquiera han sido suficientes esas dos pastillas coloreadas de los ojos de Lucía, que aún la restriega y se restriega hasta que llega un momento en que está cansada, desengañada, creo que incluso harta, no puede más. Abandona o se abandona, y cae a su lado. Desnudos, bocarriba, sin hablar. Lucía ahora enciende una luz. En el último cajón guarda sus pastillas, también son azules. Le permiten dormir. Despertar de otro mal sueño. 

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