domingo, 11 de octubre de 2015

Contando ovejas

Todas las noches cuento ovejas hasta que me duermo, lo que suele ocurrir entre la oveja 3.458 y la 5.716, aunque cada noche es un mundo. Normalmente me entra algo de sueño con la oveja número 1.113, pero tampoco sucede siempre. Resulta complicado de explicar. Pero agradezco de corazón el ahínco y la fidelidad de mis ovejas. Pese a que veces dudo si la que brinca es la misma oveja que cuento y recuento en bucle. Porque son tan parecidas entre ellas, tan algodonosas e indistinguibles. Claro que yo no sé interpretar sus balidos y quizá ahí resida lo que las diferencia. Desde luego a mí me suenan igual. Por eso ayer no comprendí de primeras qué pasaba. Había sido el mío un día agotador. Terminé de cenar casi muerto. No exagero, los párpados se me cerraban. Rendido arrastré el cuerpo hasta la cama y enseguida caí dormido. Al rato escuché balidos. Muchos. Pensé que eran soñados. Pero al abrir mis ojos descubrí incontables ovejas rodeándome. Sus caras, de auténtico enfado. Quise apaciguarlas con palabras amarillas. Inútil. Sólo se calmaron al escuchar que empezaba a contarlas. Entonces saltaron felices sobre mi cama en otra noche de insomnio. 

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