viernes, 21 de agosto de 2015

Hacerse mayor


Ni Uri ni yo somos tan rápidos como solíamos. A mí me frena una rodilla, la derecha. A él le flaquea la columna a la altura de los cuartos traseros. Y para Uri resulta mucho peor. Porque ya no festeja sus noches corriendo de aquí allá. Recuerdo cómo a horas intempestivas trotaba siempre por casa con su pelota favorita y esa gran lengua de sofoco asomándole a un lado de la boca. A Uri tampoco le queda ímpetu de ladrar conversaciones (y algún que otro insulto) con los demás canes del vecindario, que ahora hablan solos toda la madrugada. Nuestro perro ya ni siquiera se nos une a la mesa si cenamos muy tarde. Se ha vuelto menos glotón. Y casi siempre se acuesta el primero. De repente observamos que se levanta del sofá y marcha despacito, como un pequeño sonámbulo, hasta su rincón, donde coge la forma de un peludo ovillo de sueño. Cuando llego a casa en una de esas noches que ni mi rodilla consigue frenarme a salir, lo encuentro adormilado y el pobre no puede levantar los párpados ni los huesos. Una leve agitación en su cola es la única muestra de reconocimiento, de alegría. En esos momentos me asalta un miedo azul que no consigo borrar pese a que pestañeo una y mil veces. Queriendo ahuyentar el susto me tumbo a su lado. Uri no hace ningún ruido. Quizá cree que no soy más que un sueño que le acaricia una pata, que le rasca el lomo, ya de color muy gris, mientras le cuenta que mañana saldrán a la calle bien temprano para oler cada esquina y luego, Uri, escúchame, comeremos a medias un poco de jamón, de queso, incluso algo de pan, manzana y hasta tortilla... Finalmente la duermevela también acaba por vencerme. Entonces, tan dormidos como indefensos, cae sobre nosotros el tiempo. Y al vernos yo creo que se apiada y nos hace viejos y mayores, sí, pero a los dos juntos. 

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Fotografía: Uri posando en la terraza.

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