martes, 21 de julio de 2015

Café con leche


Recuerdo cómo la taza te escondía nariz y boca, improvisado hocico de porcelana blanca. Y tus ojos medio dormidos olían a café. Centelleaban mientras te pedían algo que enseguida negarías con los labios, también sabor café, pero con algo de leche, así te gusta tomarlo. A mí, ya lo sabes, me hubiese gustado quedarme para siempre, no irme jamás. Y quizás a ti también te hubiera agradado aunque al rato probablemente no. Tampoco pasa nada. Tenía que marcharme. Tenías razón. Era tarde. Cuestión de hallar la incógnita entre antes o después. Con pena o sin ella. Desde luego sin ti. Pese a que, otra vez con razón, yo podía haber remoloneado unos minutos, a lo mejor incluso una hora o dos, por qué no tres. Hacerme el perezoso para ganar tiempo, para pensarlo. Y mientras tanto esperar juntos un nuevo día, con nuestras tazas en la mano, sentados cerquísima, como alrededor de un fuego. Por favor un último café, te lo prometo, habría mentido, pero ahora más claro, con mucha leche, que sea tan sólo tu sombra o tal vez una pequeña nube, de esas que persigues entre sonrisas por el cielo de Málaga. No lo hice, lo siento. Me arrepiento cada mañana, cuando despierto del mismo sueño. Entonces bebo café solo. Sin leche. Tan amargo que ya no me sabe a ti. 

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