jueves, 12 de febrero de 2015

Juego de luces (artículo)


En Málaga el Carnaval brilla con luz prestada. Son los fantasmas de la última Navidad quienes todavía iluminan calle Larios. Porque este año los carnavales de la ciudad invocan al espíritu del cine mudo. Defienden el goce visual a costa del auditivo. Por eso en los otrora ruidosos teatros Cervantes y Alameda este febrero se canta muy bajito. Y los versos suenan tan quedos que ni siquiera dan la murga al sueño de los vecinos. Tampoco se oyen los habituales pitos y tambores. Ni las voces a coro. Con suerte uno escucha algún susurro vestido de comparsa. Mientras que en la calle poquísimos se disfrazan. Recorriendo el Centro ya no se ven los V de Vendetta, Doraemon y Transformers de años anteriores. La fiesta en sí misma se ha transformado. Ha adquirido una sorprendente quietud contemplativa. Se nota en las discotecas vacías. Ahora quiebran todos aquellos locales que acogían el celebradísimo Carnaval Joven. Y qué fue del Carnaval del Mayor y sus bailes. Parejas detenidas a mitad de paso. Sepultadas bajo algún conjuro que no las deja regresar. Que las ha convertido en espectadoras mudas. Tampoco nadie protesta. El espíritu reivindicativo de estos festejos se ha perdido hasta en la gala drag queen. Tenemos un Carnaval disfrazado de Cuaresma. Una autoparodia sin gracia. Atrás han quedado las comparaciones con Cádiz. Ahora sólo importa la iluminación. Capítulo en el que este 2015 vamos sobrados. Mosquitos faltos de sangre aunque atiborrados de luz. En Larios hace meses que no se pone el sol. Días que en realidad son uno sólo. Largo e inacabable. Siempre el mismo. He oído que las fotografías allí salen preciosas gracias al inmenso flash que cubre toda la calle. No lo dudo. En los carnavales de Málaga ya no usamos caretas ni disfraces. Pero un buen juego de luces también logra disimular los peores defectos.  

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