domingo, 11 de enero de 2015

'En casa' (relato)


Durante las noches de verano cenábamos juntos en torno a la mesa de la cocina. “Ya se oye la brisa”, oíamos decir a la abuela, siempre tan preocupada de que la puerta del patio estuviese abierta tras la caída del sol. Desde mi silla, todavía me acuerdo, veía la solería roja oscurecerse muy lentamente, igual que el cielo, donde a cada instante aparecían nuevas estrellas. Mis tres hermanos pequeños y yo solíamos encargarnos de poner la mesa, llevando entre juegos y bromas los vasos, los cubiertos y la barra de pan, que nunca podía faltar en nuestras cenas. Sin embargo, esa noche fue nuestra madre quien se ocupó de los preparativos. Mientras retiraba cajas de cartón para hacer hueco a los platos, papá iba y venía del salón con los brazos cargados de libros que dejaba apilados junto a la pared del fondo. En casa una puerta batiente, como en las películas del Lejano Oeste, comunicaba las dos estancias, de modo que cada internada en la cocina de nuestro padre nos traía unos cuantos segundos de música; le encantaba escuchar a los Stones, también a la Creedence y a los Doors. Esa noche el tocadiscos siguió girando en el salón hasta que sonó el timbre. Entregué el dinero al repartidor a la vez que mis dos hermanos, con un gesto triste nada habitual en ellos, recogían las pizzas. La pequeña de nosotros cuatro, por aquel entonces acababa de cumplir cinco años, esperaba sentada en la cocina, también fruncido el ceño pero de una forma que resultaba muy cómica. Todos dijimos no tener hambre, aunque no sobró ni una porción de pizza. Cenábamos en silencio cuando mi hermana señaló hacia al patio en sombras. Entonces los siete nos giramos y allí donde ella apuntaba vimos, mirándonos con boba curiosidad desde el marco de la puerta, a un perro de pelaje oscuro tan gigantesco como inofensivo que no llevaba collar. Pese a su descomunal tamaño, tenía aspecto de cachorro. Ni siquiera mi padre supo determinar la raza. Una inmensa lengua asomaba de su enorme boca y sus grandes ojos brillaban reflejando la luz fluorescente de la cocina. Mis dos hermanos se acercaron rápidamente para acariciarlo y el perro se dejó rascar encantado. Ayudé a bajar a mi hermana antes de unirme a ellos. “Ha de ser un buen augurio”, apuntó la abuela y sus ojos claros brillaron de igual forma que los del curioso animal. Luego papá comenzó una ronda de sus mejores chistes (así los llamaba él), esos que decía reservar para las grandes ocasiones. Mis hermanos y yo reímos sin parar con cada uno de ellos, carcajada tras carcajada hasta que los cuatro sentimos punzadas de dolor en el estómago y le pedimos que por favor parase. El voluminoso perro debió de proseguir su paseo nocturno porque al irnos a la cama ya no esperaba junto a la puerta. Mis hermanos se durmieron hablando de lo bonito y grande que era el cachorro. “Debíamos haberle dado algo para comer, quizá tenía hambre”, comentaban. Las maletas, apiladas en la entrada, parecían la más cruel de las bromas. Aún sonriente, yo también me quedé dormido y esa noche soñé que al despertar no nos mudábamos. Aquella será siempre nuestra casa. 

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