lunes, 20 de octubre de 2014

Noches de viernes


Mecido por la música, flota en espirales de humo gris, azul a ratos. Ante ti, la fe, tu copa y un cenicero. Cómo no reconocer esa sensación, qué nombre darle. Toco el piano, te dice. Resulta encomiable, lástima que lo hayas oído demasiadas veces. Te sobrepones y esbozas para ella esa sonrisa de viernes por la noche. Tan estimada se siente que de su boca escapan nuevas palabras como fantasmas, cristal o caricia. Sin tiempo para atraparlas, se evaporan en el aire viciado del bar. Desde lo alto de la banqueta de la que se ayuda, afanado en derramar pétalos ligeros como gotas de lluvia sobre cada mesa, el camarero también ha de verlas esfumarse entre notas y ruido. Tal vez él sí sepa ponerle un nombre a este momento, te consuelas mientras observas que entre aplausos va de conocido en conocido, felicidad hecha carne y hueso.

Y la estela de su paso son risas, no sólo de las decenas de clientes que abarrotan el local, sino también de los rostros que no pierden detalle desde las paredes. Esos cientos de personas atrapadas, alguien pagado de sí mismo diría miles de víctimas presas, en fotografías tomadas durante incontables veladas pretéritas. Visitantes ilustres y anónimos, los más habituales y algunos ocasiones o esporádicos, todos ellos igualados por el complejo mecanismo de una instantánea.

Resulta encomiable, repites con voz prestada. No te escucha. Antes me contabas que apareces en una de estas fotos, prometiste mostrármela, ¿recuerdas? Y no miente, ella siempre dice su verdad, pero la imagen fue hecha hace tanto. Ven si quieres verla. Un último sorbo difumina por completo el sinfín de figuras que baila, que se zarandea. Esquivas a éste y al otro, el tacto de su mano te acompaña. Eres su guía. Tropezáis, aunque no paras. Un grito llega amortiguado, lejano, pero carece de importancia. Ya vislumbras el marco colgado a la altura de los ojos, muy digno salvo por la proximidad de los servicios.

Señalas la instantánea. Cogidos de la cintura, susurra algo acerca de tu atuendo, sopesa tu juventud; llega a preguntar por tu acompañante en el retrato. Se os adivina muy felices y qué hermosa es, vaya traje. Qué hermosa eras, confiesas a un recuerdo. Entonces sientes su desconcierto, predices el reproche que está por venir pero que nunca llega debido a que ahora la lluvia de pétalos se derrama sobre vosotros, regada por la risa del camarero desde lo alto de su inseparable banqueta. Ella te abraza, luego te besa, es de las que saben fingir contento. El bar entero aplaude, desean oír esas palabras que atan, que son irremediables, eternas. Y, pese a que tu mirada no se aparta de aquella antigua fotografía, accedes a pronunciarlas porque lo ocurrido largo tiempo atrás jamás puede deshacerse ni cambiarse, tan sólo repetirse cada noche de viernes. 


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