sábado, 12 de julio de 2014

Crónica: Tinta de Calamaro (Concierto, Fuengirola)

Andrés Calamaro, en el castillo Sohail

La de Andrés Calamaro no fue una noche bohemia, aunque el título de su último trabajo se prestaba a ello. El de ayer, celebrado en un concurrido castillo Sohail de Fuengirola (Málaga), consistió en un concierto festivo, entretenido y sobre todo solvente. A estas alturas, Calamaro no te toma al asalto sino que es la sucesión de canciones, el acumulado del show, lo que te atrapa y perfila la sonrisa de satisfacción con la que vuelves a casa. Porque a día de hoy el músico argentino (AKA el Salmón) sigue siendo tan brutalmente honesto como los tiempos permiten.

Pasadas las diez de la noche, cuando todavía muchos remoloneaban en los accesos al castillo Sohail, la mal distribuida arena de esta antigua fortaleza fuengiroleña lucía medio vacía. Ante la imposibilidad de instalar gradas, la organización optó por ubicar las localidades de silla junto al escenario, dejando detrás al público de pie, lo que no propiciaba la comunión entre artista y público. Aun así, ataviado con sus perennes gafas de sol, Calamaro saltó a las tablas queriendo agradar. Vestido de riguroso negro, salvo por los zapatos, de un rojo eléctrico, el cantante mostró un gran estado de forma. Está más delgado, ¿no?, oí que decían alrededor. Algunos neófitos, en cambio, se preguntaban por el calamar de peluche que colgaba del pie de micro del argentino.

El arranque del concierto puede catalogarse de tibio, como si la banda y el propio Calamaro calentasen motores. Hubo que esperar hasta la aparición de El salmón, primero de los muchos clásicos que desfilaron anoche, para que se desatase la locura y el público batiese palmas y corease cada uno de los versos. Y es que si algo caracteriza al argentino es su habilidad como letrista, esa capacidad de escribir canciones que, entre etéreas y mundanas, inoculan su tinta en el recuerdo colectivo.

Varios de estos temas sonaron anoche: Loco, Flaca, Estadio Azteca, Crímenes perfectos, Te quiero igual, Canal 69, Carnaval de Brasil y Paloma, entre otros. En conjunto, fue un setlist acertado y potente, que combinó éxitos del pasado con piezas del reciente y aclamado Bohemio (Doce Pasos, Cuando no estás o Rehenes; ésta última, sin duda el mejor corte del disco para el aquí firmante). También hubo hueco para lo sorprendente y, de esta forma, Calamaro versionó a Lou Reed y su Walk on the wild side, así como también interpretó el atemporal Volver de Carlos Gardel o el Mueve tus caderas de los Burning. El futbolero himno a Maradona tampoco faltó en el repertorio de ayer y fue coreado al tiempo que en una gigantesca pantalla situada detrás de la banda se proyectaban históricas jugadas del mítico Pelusa.

Andrés Calamaro, en un momento del concierto en el castillo Sohail, Fuengirola

Fue después de esta canción cuando Calamaro pidió el apoyo y aplauso del público para el combinado argentino. No quiero comentar mucho más hasta el domingo, para no gafarlo; ante Holanda me funcionó, explicó entre risas el músico, que había arrancado la velada más callado de lo que acostumbra, tardando casi una hora en dirigirse al respetable (Buenas noches, Málaga). Sin embargo, una vez que Andrés empezó con sus alocuciones, ya no paró. Entre los numerosos parlamentos, quizá el más llamativo fue su petición, medio en broma, medio en serio, de una monarquía para Argentina con Javier el jefecito Mascherano como rey. A esas alturas del concierto el eterno salmón ya se había metido al público en el bolsillo y los temas se sucedían entre alharaca generalizada y multitud de botes y gritos de júbilo.

No ha de obviarse la calidad del sonido. Calamaro se acompaña de unos músicos magníficos que lo escoltan y le dan la seguridad necesaria para que el argentino abandone los teclados y la guitarra, y se dedique a cantar y contonearse de un lado otro, la pose siempre expresiva, los ademanes taurinos. La banda sonó maravillosamente bien anoche. Memorable fue el momento improvisación, a través del cual todo el castillo Sohail se convirtió en un gigantesco local de ensayo para acoger una inspiradísima jam session. Los dos guitarras, en especial, rayaron a un fantástico nivel durante todo el show, con solos sobrecogedores. Además, la experiencia, el caramelo calamariano, vino envuelta en un espectáculo de luces e imágenes muy conseguido. Así se comprobó durante los bises, cuando la banda interpretó Alta suciedad y el público rugió al ver proyectadas imágenes de púgiles de la talla de Muhammad Ali sobre el cuadrilátero.

El broche final corrió a cargo de Los chicos, canción con la que Andrés rindió homenaje a los amigos e ídolos caídos (si te toca ir arriba antes que yo…, entonó el argentino). Entre vítores y oes, Calamaro se retiró de la luz de los focos. La masa pidió más, pero el Salmón no regresó al escenario para otro encore. Se despidió de Málaga tras un show de dos horas. A buen seguro no habrá que esperar mucho hasta su próxima visita. Ya sea dentro de los límites de una sala de conciertos o un teatro, o incluso en la palpitante atmósfera de una fortaleza milenaria erigida junto a la playa, la Costa del Sol es territorio afín al calamar Calamaro. La tinta de sus letras corre por nuestras venas. Sangre negra como el cristal de sus perennes y noctámbulas gafas de sol. ¡Grande, Andrés!

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Para saber más de la gira de Andrés Calamaro este verano por España, visita su web oficial.

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