viernes, 4 de abril de 2014

Profecías


Miércoles, 12 de marzo
Anoche me quedé hasta las tantas leyendo cuentos de Gabriel Suárez. Me sentía incapaz de separar los ojos de su ‘Libro de las raíces’. Fascinante el talento del uruguayo para narrar y el uso que hace de los adjetivos, también las imágenes que crea y las situaciones de las que habla en sus relatos. Me gustaría escribir las palabras que él ha escrito. Mientras leo sus cuentos siento que son historias que él arrancó de mi cabeza antes de que yo las pudiese pensar... Me entra la duda: ¿Qué diría del libro si no me lo hubiese recomendado Sara? Es más, ¿Sin haber recibido su inesperado mensaje me habría puesto a leerlo de un día para otro? No lo tengo claro. Lo que sí tengo son unas ganas locas de terminar hoy en la oficina y volver a casa. Esta noche, después de echar el teléfono a María, continuaré leyendo.


Domingo, 16 de marzo
Anoche me volví a quedar leyendo a Gabriel Suárez hasta bien entrada la madrugada, igual que el resto de la semana. En cuanto leí la última letra, me fui de nuevo al inicio del 'Libro de las raíces'. Esta segunda lectura la estoy disfrutando aún más que la primera. Anoche me dormí tan tarde que hoy no he escuchado el despertador y he dejado plantada a María, con la que había quedado para comer, después de llevar días sin saber de ella. Por teléfono daba la sensación de que no me lo tenía en cuenta. Sabe que me llevo trabajo a casa. Sara, por lo que cuenta en sus mensajes, también lo hace. Me resulta increíble que, después de años sin hablarnos, ahora me escriba casi a diario. De aquel inicial “leyendo este libro me he acordado de ti, debes leerlo” a los largos mensajes que nos llevamos intercambiando desde el martes. Jamás pensé que contestaría las líneas en las que le daba mi impresión sobre los cuentos y la escritura de Suárez. Pero lo hizo. Lo hizo a pesar de que no hemos mantenido contacto desde la carrera. De Montevideo y sus distintos cursos y trabajos he ido sabiendo a través de Manu y Lola, que siempre fueron más amigos de ella. Me había olvidado de Sara. Noto que hasta había olvidado que no me acordaba de ella.

Domingo, 23 de marzo
No deja de sorprenderme Suárez. Ya no es que lo lea cada noche sino que, además, comienzo a sentirme como si fuese un personaje escapado de uno de sus cuentos.  Ayer llevé a María a cenar y me sucedió algo extrañísimo. Fuimos a un restaurante del que me habían hablado muy bien; en él se preparan platos jugosísimos y a menudo deleitan a los clientes con curiosas actividades: desde música en directo a recitales de monólogos. El espectáculo cambia de un día a otro. Sin embargo, el divertimento de anoche quedaba fuera de lo habitual. María y yo lo descubrimos pronto. Pululaba por allí una gitana envuelta en ropajes que aseguraba poseer poderes mágicos. Ella dijo ser una maga, pero “una maga buena”, aclaró con rapidez. Y también afirmó, tenía la voz ronca: “Si les place, y por cortesía del establecimiento, durante la velada recorreré las mesas e iré leyendo la suerte de los que quieran saber su futuro”. A María le pareció una idea fantástica y me hizo prometer, con la ilusión de la niña que una vez fue en sus ojos, que no nos marcharíamos del restaurante sin haber permitido antes que la gitana nos leyese la buenaventura. En otra situación me habría hecho ilusión la idea. Sin duda, podía ser algo divertido. Pero, en cuanto vi aparecer a la maga, un mal presagio me revolvió las entrañas. Con inmediatez recordé a Suárez y su cuento titulado ‘Profecías’, y me asustó la similitud. Y, como si con mis negros presagios hubiese despertado los resortes que mueven el mundo, la gitana se acercó a nuestra mesa. Nos eligió los primeros. El resto de clientes nos observaban mientras la maga me cubría la cabeza con pétalos de rosas rojas. Después, cogió una silla y se sentó enfrente. Me miraba con fijeza. Vi que sus ojos eran negros como el carbón. Entonces, la maga me anunció: “Dentro de un mes, la espera llegará a su fin”. Todos los presentes aplaudieron entusiasmados. María sonreía a mi lado: “¿Qué habrá querido decir, cariño?”, me preguntó. La gitana se alejó hasta la siguiente mesa y yo me quedé en silencio. Durante largo rato estuve pensando en las casualidades, en Suárez y en Sara, sobre todo, en Sara.

Martes, 22 de abril
Todavía no sé si Montevideo se parece a la idea previa que me había hecho de ella. No llevo mucho tiempo en la ciudad. Aun así, en las pocas horas que han pasado desde que me bajé del avión, ya he tenido tiempo de recorrer sus calles y visitar algún lugar emblemático, típicamente turístico, como la Plaza Fabini o la Playa de los Pocitos. He almorzado en un bar del Bulevar España. La comida era muy sabrosa, también barata. Ahora estoy sentado en un banco del Parque Rodó. Llevo un rato releyendo cuentos de Gabriel Suárez. No me canso del ‘Libro de las raíces’. Compagino su lectura con la escritura de estas líneas. En realidad, sólo hago tiempo o, a lo mejor, sólo lo mato. Sí, mato el tiempo mientras espero a reunirme con Sara. La he llamado nada más aterrizar. Hemos quedado para tomar un café, de modo que la espero. Creo que no he hecho otra cosa desde hace años.

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