viernes, 7 de marzo de 2014

Caleidoscopio


Orondas abejas revoloteaban entre el océano de flores que, bajo los haces de un sol en extinción, amarillo y naranja, y también cobrizo, creaban aquel hermoso caleidoscopio similar a una paleta caprichosa que ahora prefiere el ocre y luego se decantará por el mostaza o el rosa palo o el magenta. La vegetación desbordaba las lindes del prado y sólo cedía y mostraba tímido sonrojo en el mismo centro, lugar donde las vívidas amapolas alfombraban la superficie hasta que ésta se hundía en el mar y el azul de sus aguas, calcos oscurecidos de los tapices del cielo.

El blanco reluciente de las sillas plegables, divididas en dos bancadas, a izquierda y derecha de un largo y estrecho corredor, no desentonaba en aquella amalgama festiva. El aire parecía cargado de partículas etéreas; densos e incontables átomos que ralentizaban los movimientos de los allí presentes. En total, casi un centenar de asistentes, todos ataviados con sus elegantes trajes oscuros, muy discretos y mesurados, aunque algún invitado se había decantado por un tono más estridente, rozando la fosforescencia. Peinados recogidos, rostros impolutamente afeitados, anillos y collares, brillo sobre brillo el de ellos y ellas en la fiesta de las fiestas.

Y, en medio de aquella vorágine ruidosa, el protagonista de la velada se encontraba quieto y envarado, la piel lívida con los ojos cerrados y el gesto compungido. Inmóvil aguardaba a que diese comienzo la ceremonia y, a cada segundo que el tiempo dejaba escapar, temía más y más que ella no se presentase. Ajenos a su preocupación, a su atávico pavor, los invitados conversaban y reían, y alguno incluso afirmaba que hacía mucho que no se lo pasaba tan bien. Y todo era alharaca y también color, y más de uno y de dos ya pensaban en las viandas inmediatamente posteriores a las rectas palabras del sacerdote, ansiosos por satisfacer la voracidad que albergaban en su interior.

Se hizo un repentino silencio cuando el prelado alzó sus manos. Sonó una melodía apacible y todo el prado pareció transmutarse en solemne seriedad. El próximo ulular de las rompientes olas azules y los vientos de un cielo con reflejos violáceos perfilaban los últimos detalles de la escena. Magnífica y orquestada despedida la que se erigía. Ella no apareció y, dentro de su ataúd de pino, el protagonista del oficio, por siempre quietos los ojos cerrados, volvió a morir, roto en mil pedazos su corazón. Se deshizo en corpórea nada mientras los invitados, sentados con recato, compungían teatralmente el gesto y las orondas abejas revoloteaban al calor de los últimos rayos de un sol en extinción.

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