jueves, 12 de diciembre de 2013

'Rebobina': ¡cuarta entrega!


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Fragmentos de ‘El vuelo del águila, autobiografía novelada de Juan Águila’.
Manuscrito pendiente de publicación.

“Te hablo de una muerte, de un asesinato, estrictamente conceptual”, me dijo a modo de conclusión mi amigo Jaime Enriz con su habitual y lenta, pero al mismo tiempo segura, forma de hablar y con la voz también algo rasgada o ronca debido a lo extenso que había resultado ser su discurso o idea a mí, y únicamente a mí, relatada. “No te entiendo”, le repliqué enseguida cuando lo que realmente deseaba decirle es que no quería entenderle.

Él no se alteró ni se exasperó, no mostró un ápice de hartazgo o cansancio, sólo se acercó la taza de café a los labios y, con delectación, dio un largo trago con el que se mojó la garganta; dejó luego la porcelana sobre su moderno escritorio, donde ésta había descansado justo antes de que él la cogiera, y volvió a hablarme. Asustado, comprendí entonces que él trataba de explicarme y hacerme cómplice, pretendía persuadirme.

Y ahora que lo que aquí escribo ya ha ocurrido y es pasado, y sé, por tanto, cómo acabó todo y lo que ha sido de cada uno de nosotros; me pregunto si acaso no llegó a lograrlo, si mi amigo Jaime no consiguió ‘explicarme y hacerme cómplice’ aquella tarde, sorprendentemente fría para esas fechas del año, en la que nos sentamos en su despacho y mientras el sol caía o empezaba a declinar tras las montañas, al otro lado de la bahía, él me contó ‘con pelos y señales’, como suele decirse, su plan; plan del que aún hoy recuerdo los detalles y al que él se refirió de nuevo en nuestra conversación de aquella tarde cuando, tras dejar la taza de café y, ya con la sed saciada, retomó la palabra:

—Sí que me entiendes, de hecho me entiendes perfectamente; eso es seguro, Juan. Te hablo de asesinar a Luz, de matarla y salir impune de ello, de deshacerme de ella y no volver a verla más, y que, además, nadie lo descubra jamás, que nadie sepa nunca de mi intervención en su desaparición; nadie, nadie salvo tú y yo, claro está. Pero eso no es algo que me preocupe lo más mínimo, ya que sería, y de hecho será porque voy a llevar a cabo mi plan aunque esta tarde no te revelaré el cuándo, como aquella otra vez hace tanto tiempo, ¿te acuerdas? Seguro que todavía te acuerdas, ¿verdad?”.

Lo que mi amigo Jaime Enriz no sabía y con seguridad ignoraba es que aquella misma noche, después de haber pasado yo con él casi toda la tarde, los dos sentados alrededor de su mesa de despacho, tomando un café y charlando (él hablando y yo, entre tanto, escuchándole); yo había quedado con su novia, Luz, y que los dos (es decir, ella y yo se entiende) estuvimos juntos, no mucho más tarde de despedirme de él (quizá transcurrió una hora entre el final de un encuentro y el comienzo del otro), toda la noche en un hotel pequeño y discreto, ubicado cerca de la plaza de toros de La Malagueta. Y, ante todo, lo que mi amigo Jaime Enriz no podía saber, ya que ni Luz ni yo le avisamos de que íbamos a vernos y, mucho menos, le comentamos nada acerca de la naturaleza de nuestro encuentro; es qué nos dijimos y qué hicimos aquella noche inusualmente fría en la que, ahora lo sé, les traicioné a ambos: a mi amigo y también a ella, la novia de mi amigo: a uno lo traicioné por obra y a la otra por omisión.

A Luz la traicioné porque no la previne ni la avisé y, en lugar de hacer eso, que hubiese sido lo correcto y lo adecuado, callé y guardé silencio, y lo hice pese a que sabía (y lo sabía desde hacía escaso tiempo, cuestión de horas), de las intenciones de Jaime y de su plan, proyecto del que me había hecho partícipe al relatármelo sin yo querer escucharlo. Ahora que escribo estas líneas, podría decir y argumentar en mi defensa que callé y no la previne porque no creí en ningún momento las palabras de él y también podría declarar, al mismo tiempo, que pensé que todo lo que mi amigo me había confesado no podía considerarse nada más que una fanfarronada, un exabrupto oral (por llamarlo de alguna manera) o, a lo mejor, una simple broma macabra, un chiste de muy mal gusto. Pero si hiciera esto, estaría mintiendo y siendo insincero.

Aquella noche que Luz y yo estuvimos juntos no le hablé del proyecto de Jaime porque me encontraba muy cansado, exhausto mental y físicamente, y sólo quería estar con ella, el uno junto al otro sin distracciones, sin tener que narrarle algo que la disgustaría y preocuparía, y haría que se pusiera en guardia. Con total seguridad, ella se habría asustado y alterado profundamente si hubiera oído de mis labios aquella frase que mi conciencia me instaba a reproducir en voz alta y no sólo en mis pensamientos: “Jaime te quiere matar y, encima, pretende que parezca un accidente; piensa escapar impune de ello”. Y, como esta afirmación era y es (porque sigue siéndolo aunque haya pasado el tiempo desde entonces) algo en extremo oscuro y desagradable, no encontré en toda la noche el momento para serle franco y, además, pronto todo esto que ahora recuerdo y escribo, y que me había contado mi amigo Jaime horas antes, se me olvidó debido a que Luz (fue ella), no me dio tiempo para pensar en ello. A diferencia de mí, ella sí quería hablar y yo la dejé hacerlo porque supe que así me entretendría, como de hecho hizo, y de esta forma yo dejaría descansar al fin mi conciencia, inevitablemente atormentada, doblemente atormentada (por obra y por omisión).

De modo que, cuando aquella noche Luz me cubrió con sus besos y ambos nos dejamos caer lentamente, como si flotásemos, sobre la amplia cama de nuestra, recién cogida y a punto de ser estrenada, habitación de hotel y, mientras yo trataba de desvestirla (se presentó a nuestra cita portando una falda de lisa de un color a juego con un jersey de cuello vuelto y unas botas altas), ella me susurró muy cerca del oído: “Tenemos que decírselo ya. Quiero hacerlo de una vez, te digo que estoy harta de él y no le aguanto más”. Al no encontrar en mí respuesta alguna a su comentario o petición, ella retiró sus manos de mi cuello y las llevó hasta las dos mías, que subían bajo su falda y le acariciaban lentamente los muslos. Luz las detuvo, presionó mis manos contra las suyas y me miró con fijeza; quiero decir que me miró con expresión atenta y con detenimiento. Tumbada como estaba encima de mí, no pude apartar la vista de sus hermosos ojos grandes y oscuros, y entonces sus labios volvieron a moverse y ella habló de nuevo, con el mismo tono de susurro apenas audible, ahora estando segura de que tenía toda mi atención: “Yo ya no quiero a Jaime y él tampoco me quiere a mí. Eso lo sé. No puedo seguir viviendo una mentira. Juan, tú eres a quien yo quiero y tú dices que me quieres a mí, así que dime, ¿cuál es entonces el problema?”

Toda aquella noche anómalamente fría, Luz y yo yacimos juntos en la amplia cama de nuestra habitación de hotel. Cuando ella se quedó dormida, muy tarde y siendo ya de madrugada, yo permanecí echado a su lado y, de repente y poco a poco, comencé a cavilar y a reflexionar, sin quererlo, en las palabras de ambos: en las de Jaime y en las de Luz; y tuve por primera vez un mal presagio sobre el futuro.

Y si era verdad aquello de que él planeaba urdir su muerte, mejor dicho, su asesinato. ‘Debería hablar con ella’, deduje, ‘contárselo todo ahora, ahora que todavía queda tiempo y la puedo proteger de él, al que conoce casi mejor que yo y la persona con la que convive, su pareja. Claro que’, seguí pensando, (ya había empezado a darle vueltas a la cabeza y ahora era difícil detener la espiral de ideas y valoraciones), ‘y si ella no me cree o no se toma en serio mi advertencia, mi consejo’. En ese momento de la noche, repito que ya estaba bien entrada la madrugada, todo se volvió una duda para mí y nada agobia e inmoviliza más que las dudas: ‘¿Cuándo llevará Jaime su plan a cabo? Puede ser hoy o mañana o dentro de un mes o en cinco años. Cómo saberlo’.

El hecho de haberme puesto a pensar en el incierto futuro y en el día de mañana me recordó y trajo a mi mente que a la noche siguiente yo debía coger un tren con rumbo a Córdoba para pasar allí un par de días, entrevistándome con Carlos Bepo para desentrañar el siguiente paso en mi rastreo de la figura de Elston Gunn y su canción olvidada y perdida. ‘Será mejor’, concluí, por tanto, ‘que intente dormir un rato para así estar descansado cuando salga el sol dentro de unas escasas horas.  Será un día largo. Ya habrá tiempo de hablarle a Luz, de avisarla y serle sincero; todavía no corre riesgo, al menos, no corre ningún riesgo concreto y ahora duerme; mejor no desvelarla, como estoy yo’.

Miré mi reloj de pulsera que descansaba sobre una mesita de noche de madera blanquecina y comprobé que ya eran más de las tres de la madrugada. Luego, lo volví a dejar sobre el mueble y me giré, dando de este modo la espalda a la única ventana de la habitación; dicha ventana estaba cerrada y, a través de ella, podía entreverse una luz mortecina y fantasmal procedente de la calle, el haz azulado y amarillento de alguna farola cercana al hotel. Y escuché como la gélida brisa marina golpeaba contra nuestro cristal. ‘¿Por qué los hoteles ya no tienen persianas sino sólo cortinas? La claridad de las primeras horas de sol siempre resulta insoportable’, se me ocurrió de repente, comenzaba a notarme algo amodorrado y somnoliento...

Mientras las manecillas del reloj de pulsera seguían lentamente su eterno y cíclico camino, yo miré a Luz, observé cómo dormía plácidamente. Su respiración se había vuelto lenta y pausada. Sin embargo, y para mi sorpresa, aprecié un leve fruncimiento en su ceño, que estaba parcialmente cubierto por varios mechones de largo y ondulado cabello. Quizá, se me ocurre ahora y creo que también lo aventuré aquella noche, estaba asediada por pesadillas en sus involuntarios sueños y, mientras los párpados tapaban sus grandes ojos oscuros, impidiéndole ver el modo en que yo la veía dormir, su cabeza proyectaba imágenes de peligro y preocupación. A lo mejor no eran pesadillas, se me ocurrió de pronto. Puede que simplemente fuera su subconsciente, que sabía más que ella y pretendía avisarla de las funestas intenciones de Jaime (justo lo que yo no había hecho). Puede que el inconsciente se manifestara sólo mientras ella dormía, cuando su voluntad se tornaba más débil y sugestionable. De repente, sentí otra punzada de angustia que me recordó mi traición por omisión…

A mi amigo Jaime Enriz, en cambio, le había traicionado por obra y eso no me soliviantaba tanto. Me había acostado con su novia, Luz, a la que yo quería (tal vez más que él) y a la que yo velé, entre caricias y besos, su fruncido y a la vez tranquilo sueño durante toda aquella larga y fría noche en la que el viento marino de la madrugada no dejó de golpear, sin descanso, el cristal de la única ventana de nuestra habitación de hotel; recordándome, igual que un metrónomo, que el tiempo pasaba y se escapaba y yo, aun sabiendo, permanecía callado.


->Dentro de dos semanas (el sábado 21 de diciembre) la quinta entrega, ¡disponible sólo en la revista Mayhem! 

Acerca de 'Rebobina':
Disfrutables letras inventadas que construyen variopintas palabras que mágicamente componen intrincados textos que albergan las historias, todas ellas falsas y fabuladas y, a su vez, divisibles de nuevo en incontables letras. ‘Rebobina’ es el comienzo de una de esas historias. Pero necesita un final, te necesita. De modo que te invito; venga, acomódate. Siéntate en esa silla o butaca (o sofá) sobre la que te gusta reposar mientras lees y adentrémonos juntos en estas líneas que, entrega tras entrega, irán urdiendo una misteriosa trama compuesta, al fin y al cabo, de letras; letras siempre extraídas de la esfera de lo fabulado e imaginado, lugar donde no se vive sino que tan sólo se disfruta.

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