sábado, 21 de diciembre de 2013

Limón



La vio envuelta en limón y se enamoró perdidamente de ella. El sentimiento le sobrevino con pasmosa rapidez; al menos eso fue lo que tiempo atrás dijo Juan Águila cuando me relató este peculiar pasaje de su vida. Hace años que no veo a mi viejo amigo y tampoco sé nada de él, no resultaría descabellado afirmar que ya pertenezco a su pasado remoto; pero, como últimamente he leído su nombre y apellido en numerosos titulares de prensa, y actualmente parece gozar de cierta inusitada popularidad, ha vuelto a mi memoria el hecho que a continuación narro. Éste me fue contado, como ya aseguraba más arriba, por el propio protagonista y, sin obviar el carácter baladí y trivial del asunto en sí, creo que su revelación ayudará, a la persona que se vea impelida por la curiosidad y lea hasta el punto final de este escrito, a conocer un poco mejor el carácter impredecible y mutable de Juan Águila, hombre capaz de todo pero perturbadoramente tendente a la nada más absoluta.

Empezaba el texto señalando el origen abrupto y fantasioso de la pasión que embargó a mi amigo. Y es que una noche, para nada distinta de las precedentes, Juan soñó con ella y su razón quedó prendada, atada al recuerdo del primer vistazo. Según las palabras que me dirigió, en mitad de la bruma gris y granulosa de su inconsciencia surgió una figura de rasgos y contornos difusos, una silueta de mujer que bailaba sola con la vertiginosidad de una peonza. Y estaba envuelta en limón, de este modo me refirió el detalle que tanto le cautivó. Cuando le pedí mayor aclaración, Juan Águila procedió a describirme lo que yo fabulé en mi cabeza como un vestido de color amarillo intenso, plagado de pliegues y molduras, una prenda de incontenible vuelo y asombrosa belleza. Sus palabras sobre aquel (para mí) intrascendental suceso onírico resultaban vívidas y especialmente inspiradas. Me comentó, asimismo, que durante toda la duración del sueño se limitaba a contemplarla; la veía danzar eternamente con gráciles ademanes mientras él filmaba ocularmente un improvisado plano secuencia.

Parece ser que, a la mañana siguiente, despertó Juan todavía preso del amor emanado del subconsciente. En esas se hallaba, intentando afrontar su rutina cotidiana mientras su ser se rebelaba y le instaba a regresar a la esfera del sueño, cuando quiso la fortuna que al salir de casa rumbo a la facultad se diese de bruces con una chica que hacía lo propio (es decir, que también abandonaba su bloque), sólo que procedente de un portal al otro lado de la calle, e iba envuelta en un llamativo y colorido vestido amarillo limón. La coincidencia no pasó desapercibida para Águila que, anonadado, la observó marchase hacia el Oeste con pasos decididos. Una vez la hubo perdido de vista, Juan se quitó las gafas y las limpió a conciencia, usando la tela de su camiseta como gamuza. No daba crédito.

A mí aquel encuentro se me antojó en su momento (y ahora también se me antoja, no he cambiado de parecer) como totalmente casual, nada a lo que deba dedicarse ni un ápice de atención. Sin embargo, mi amigo me confesó que para él no fue tan sencillo. Surgió en su sentir el germen de una idea absurda pero que, ante la propensión evocadora de Juan, cobró fuerza: no había sido una coincidencia verla por primera vez después de haber soñado la noche anterior con una preciosa bailarina envuelta en limón. Jamás me atrevería a concluir que Águila tenía fe en el destino o en la convergencia de los astros, por decirlo de alguna forma medianamente comprensible. Mas de sus palabras, y por lo que le conocía o, mejor dicho, por lo que le conocí (llevo años sin tratarme con él, ya lo he indicado), deduje que sus pensamientos albergaban cierta creencia en lo premonitorio de su sueño. Incluso, como era aficionado a escribir y su mente recorría a veces la senda de lo imaginado y lo fabulado, apostaría a que Juan en más de un momento sintió que aquella chica del portal de enfrente había escapado de las invenciones de su cabeza, que un poder ignoto le había dado forma y corporeidad la misma noche que él la había contemplado danzar mientras su cuerpo dormía.

Si tal ramillete de incoherencias brotó de su raciocinio tras haberla visto tan solo una mañana, qué no sintió cuando al día siguiente se repitió el encuentro y los dos abandonaron al mismo tiempo sus respectivos hogares y ella, de nuevo, llevaba una prenda amarilla, en este caso un sombrero. Nada de todo aquello lo había soñado Juan, ni mucho menos pensado; pero a él no le importaba ya que, como me dijo, había sembrado sus embelecos a raíz de la primera visión que tuvo de la chica. En su cabeza una fórmula matemática imposible había cuadrado y, desde ese instante preciso, decidió actuar en consecuencia.

Y cada mañana ambos se encontraban, casualmente coincidentes, y ella jamás dejaba de portar un elemento amarillo, del intenso amarillo del limón: bufanda, bolso, chaqueta, jersey, blusa, botas y hasta gafas de sol. A cada nuevo descubrimiento más se convencía Juan de lo fabulado por él, de lo ya decidido, de toda la presuntamente compleja situación.

Además, las fugaces visiones de ella se extendieron no sólo en el tiempo (ahora se la cruzaba a cualquier hora del día), sino también en el espacio. Por tanto, se la topaba de frente por todo el barrio, desde la farmacia y el vetusto videoclub hasta en la panadería y el estanco, incluyendo cafeterías y el supermercado; volviendo completamente inevitable que Juan Águila le dirigiese la palabra e iniciase un creciente trato de cordialidad y confianza.

De no haberla visto nunca, después de llevar años viviendo en la misma casa sin haberse mudado, a no dejar de hallarla jornada tras jornada. A mi amigo le parecía ésta una sucesión de hechos difícil de asimilar y explicar salvo mediante su cada vez más afianzada creencia en lo premonitorio de su sueño, que le comenzaba a parecer una visión del futuro. Cuando me refirió Juan este pasaje vital, en la actualidad perdido dentro del territorio de lo pretérito, indicó que poco a poco fue conociendo detalles de la joven. Eran cortas las charlas que mantenían cuando se cruzaban, pero a través de ellas supo su nombre, que acababa de concluir su carrera, que había bailado durante años (¿de nuevo coincidencia?), que su familia residía en otra ciudad… E innumerables detalles que le fascinaron y enamoraron.

Finalmente, Juan se atrevió a invitarla una noche. Le propuso salir a tomar algo y conocerse mejor. Y ella aceptó encantada. Y, lo que es peor, la cosa fue de maravilla. Digo lo que es peor porque, si antes he obviado la actitud levemente obsesiva de mi amigo con su fijación por el sueño y el amarillo limón, a partir de este punto de la historia me cuesta horrores mostrarme imparcial y no juzgar severamente el comportamiento de Águila; en fin…

Antes escribía que aquella no denominada cita transcurrió de forma fantástica. Los dos encajaban y compartían intereses comunes. Por lo que me contó mi amigo eran sorprendentemente similares. Creo que hasta mencionó el denostado término ‘almas gemelas’. Por supuesto, como cierre perfecto a todo el capítulo, ella acudió a la velada envuelta en su más que mencionado vestido de color limón.

Y quedaron en verse de nuevo muy pronto, pero Juan nunca la llamó ni se dignó a coger el teléfono cuando ella quiso contactar con él. Además, me confesó mi amigo, dejó de toparse con ella por las calles y establecimientos del barrio. El amarillo limón tan llamativo y cantoso que siempre había captado su atención, de repente, había desaparecido o se había vuelto transparente a sus ojos, escondidos detrás de las gafas de ver.

Cuando yo, armado de valor y aterrado porque adivinaba el tipo de contestación que iba a recibir, le pregunté por qué no había salido más con aquella chica tan maravillosa, simpática, guapa y compatible con él; Juan Águila sonrió complacido y se adentró en la narración de un sueño nuevo que había tenido, una visión onírica en la que él no empleaba sus ojos azules para filmar en plano secuencia a una hermosa bailarina de rasgos difusos envuelta en limón, sino que en esta ocasión él se convertía en el único espectador de un hipódromo desconocido y allí, en medio de las desiertas gradas, contemplaba la carrera solitaria de un poderoso caballo montado por una etérea amazona; y toda la escena bullía dentro de un ambiente marrón, una tonalidad castaña idéntica al color de la melena de su nueva vecina, la chica recién instalada en la tercera planta. Este fue el abrupto y fantasioso final del relato de mi amigo y, desde aquel día, me juré que no preguntaría nada más al impredecible y mutable Juan Águila, hombre capaz de todo pero perturbadoramente tendente a la nada más absoluta.

->Ilustración realizada por la diseñadora gráfica Alicia Mula. Visita la siguiente página web para disfrutar de su trabajo:


Pd: detrás de la concepción de este relato -> "She wore lemon", tema 'Lemon', de U2, disco 'Zooropa'. Enlazo el videoclip:

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