lunes, 2 de diciembre de 2013

El turista



Estos meses de invierno, y por motivos profesionales, he trasladado mi domicilio a un pequeño apartamento ubicado muy próximo al mar en La Carihuela, zona que compensa los excesos y la aglomeración del verano con una calma densa durante el resto del año. Cuando los últimos turistas terminan sus vacaciones, esta área del litoral malagueño se sume en un sueño reparador, prácticamente despoblado de sobresaltos. Sólo los que tienen un negocio situado allí (que son pocos) y los que debido a su dorada jubilación se han convertido en eternos turistas, instalados por y para siempre en la Costa del Sol, fijan su residencia permanente en este célebre barrio de Torremolinos. De modo que el sitio se vuelve un lugar plácido para trabajar sin interrupciones, pasear ajeno al caos del mundo moderno y disfrutar de rebosantes jarras de cerveza en los perennes pubs.

Precisamente, en uno de ellos conocí a Peter Hand, avejentado ciudadano inglés con el que trabé una cordial amistad. Todo empezó una noche de entre semana en la que yo leía apaciblemente el periódico del día. Me encontraba sentado en un bar poco concurrido que responde al nombre de ‘Irish song’. Aparte del barman, al que castellanicé bajo el término de Julio, no había más de dos o tres personas en el pub y éstas disfrutaban viendo un partido de la Premier League a través de la televisión por cable. Peter se me acercó, hasta entonces no había reparado en él, y me invitó a jugar al billar. “Do you wanna play?”, dijo en su inglés nasal e incomprensible. Acepté gustoso, aunque le previne que llevaba mucho sin agarrar un taco; tampoco es que haya sido nunca lo que se conoce como un reputado jugador, tan sólo un mero aficionado.

Entre cervezas y un parco ‘Spanglish’, a veces Peter intentaba decirme algo en español y yo le respondía en inglés (y viceversa), jugamos durante largo rato. Al día siguiente me lo volví a encontrar allí y repetimos entretenimiento. Y, para mi sorpresa, la acción acabó por convertirse en un ritual cotidiano. Casi siempre me ganaba él y eso a mí me costaba tener que invitarle a otra jarra de espumosa cerveza, pero de vez en cuando yo conseguía dar la sorpresa y robarle la partida en el último momento. Estas horas que pasamos juntos me granjearon cierta confianza con él y fue así cómo supe de su vida en Inglaterra, de su trabajo en una remota fábrica del norte del país y de su amada Glady, que había dejado este mundo hacía una década. A mí me entretenía su charla y le aguijoneaba para que me contase más, pero era reservado en cuanto a los detalles de su biografía. Prefería, en cambio, hablar de deportes (en concreto, de fútbol y de su querido Arsenal) a relatarme los pormenores de su vida. Supongo que Peter Hand rondaría los setenta y tantos años. Físicamente, parecía estar muy castigado; caminaba ayudado de bastón y su rostro se me mostraba pulcramente afilado, facciones definidas bajo un ralo mechón de pelo blanquísimo.

No obstante, sus andares inseguros y su inestabilidad motriz desparecían sobre el tapete verde de la mesa de billar. Entonces, sus nervios se tensaban y en su anatomía asomaban unos músculos entrenados durante décadas. Tenía una puntería excelente y, preparando el golpe a una bola, parecía un francotirador a punto de liquidar a su víctima. Qué determinación y dominio del juego... Pienso que yo le entretenía. No era un rival digno para su talento, desde luego, pero le daba conversación y le animaba las noches en el pub. Creo que su vida era muy solitaria, la existencia de un anciano británico que apuraba los últimos años voluntariamente exiliado en el sur de España y sin la compañía de su difunta y querida esposa.

Al igual que no le gustaba desentrañar los recovecos de su trayectoria personal, tampoco me refería mucho de sus hábitos diarios. Rara vez me lo crucé comprando en el supermercado o en el paseo marítimo dando un paseo. Tal vez se pasaba el día recluido en su piso, quizá leyendo o viendo la televisión. Y sólo de noche se animaba a salir y a estirar las piernas, y dejarse caer por el pub, donde sabía que yo andaría imbuido en la lectura de los diarios o enfrascado en una novela o simplemente bebiendo y de charla con el parco y a la vez entrañable Julio.

Una noche, era ya tarde, después de las doce (seguro), salíamos del pub y le propuse llevarle hasta su casa. Éramos los últimos clientes en abandonar el local, el billar nos había entretenido más de la cuenta, y no me pareció adecuado dejarle andar sólo hasta su piso; a diferencia de mí, él vivía cerca de la antigua carretera nacional y no junto a la playa, por lo que tenía un trecho a pie y encima cuesta arriba. Peter se negó en rotundo al principio. Yo insistí y tiré de él hacia el coche, que estaba estacionado prácticamente al lado del ‘Irish song’. No sin reticencias logré que se montase y conduje en silencio hasta los primeros bloques de Benalmádena. Seguí recto. “Alberto, te has dejado atrás mi casa… Era… Allí”, me dijo Peter con la lengua un poco pegada al paladar, deduzco que fruto de las jarras que llevaba filtradas en su vetusto organismo. “Ya, ya, no te preocupes; es que quiero enseñarte un club de billar que hay un poco más adelante. Te va a gustar, un día tenemos que ir”, le expliqué. “Pero es… Tan tarde”, argumentó Hand. “Nada, nada. Es únicamente que lo veas por fuera y sepas dónde queda”, le prometí con los ojos puestos sobre el asfalto, sin mirarle.

Subidos en el coche recorrimos la carretera paralela a la costa y cruzamos todo el pueblo. Junto al acantilado de una cala de Torrequebrada estacioné el auto. Estábamos solos. En la distancia se veía la silueta de neón del famoso casino. Y, al otro lado, pequeños chalets serpenteaban hacia lo que a lo lejos se erigía: Fuengirola. Observé a Peter Hand y vi que tenía los ojos cerrados. Al notar que nos habíamos detenido los abrió sobresaltado. Llevé mi mano izquierda al espacio debajo del sillón y despegué un pequeño revólver que brilló al recibir el roce de la penumbra nocturna. Él vio el arma y se estremeció. Su voz gutural preguntó: “¿Quién te envía?”. “Tu pasado”, respondí yo. El silencio solidificó entre nosotros y su mutismo exclusivamente se quebró para emitir a viva voz una reflexión personal: “I was blind but now I see… ¿Cómo no me he dado cuenta antes?”. “No creo que ahora eso importe mucho”, sentencié mediante un susurro. Mi pulgar retiró el seguro y la bala se alojó en el interior de su agotado cráneo. El silenciador evitó el ensordecedor estampido y fue la sangre, densa, rojiza y a borbotones, la que bañó el cristal de la ventanilla del copiloto y corroboró el final de los días de Peter Hand.

Con un pañuelo de tela, borré mis huellas del volante y la palanca de cambio. Mi mano envuelta en fino hilo retiró el freno de mano y el coche empezó a rodar muy despacio. Me apeé del mismo. Con lentitud constante, el vehículo fue adquiriendo velocidad. Yo me arrebujé el abrigo y dirigí mis pasos hacia Benalmádena, mientras los días de turista de Peter Hand desaparecían en las profundidades de aquella cala.

->Ilustración realizada por la diseñadora gráfica Alicia Mula. Visita la siguiente página web para disfrutar de su trabajo:

http://www.behance.net/AliciaMula                 

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