jueves, 19 de septiembre de 2013

'La vida del esquimal' (tercera y última parte)

En la primera y segunda parte: Jaime Águila, otrora prestigioso y poderoso articulista, desgrana sin tapujos su trayectoria vital y se retrotrae a lo que él mismo llama 'sus años dorados', justo antes de conocer a la joven pintora Mara Ruiz y enamorarse locamente de ella. Todo se complica aún más cuando entra en liza un tercero, Horacio Trebujena, enigmático periodista del que Jaime declara ser su asesino a pesar de lo inverosímil que resulta tal afirmación, ya que, a su vez, el propio Águila afirma haber fallecido en un súbito accidente de tráfico.

"Y eso es todo lo que recuerdo de mi desconcertante muerte…"

(Continúa)

Pero… ¿De qué se extrañan? Claro que estoy muerto. ¿Por qué no lo he dicho antes? Vamos, no me salgan con esas ahora. Ya les dije antes quién era y les hable de mí. Ustedes leyeron mis artículos en prensa durante cinco años, sabían de mi lugar preferente en la sociedad andaluza. De modo que tuvieron que leer o escuchar algo sobre mi trágico final, mi inesperado paso al otro mundo. Se escribió mucho sobre el tema en prensa de toda índole. ¿A qué viene ahora esta reacción de extrañeza al oír mi relato? Fue un drama mediático mi fallecimiento, aunque no muchos asistieron a los oficios. Se conoce que los que me envidiaron y odiaron eran más numerosos de lo que supuse en vida. Se me lloró poco y escasamente, y caí en el olvido.

Eso pensaron, porque, pese a haber muerto, no me fui del todo. Una parte de mí, ésta que les habla, se quedó por estos lares. Sí, en efecto, se podría decir que soy un ente no corpóreo, un espíritu o, si lo prefieren (yo, desde luego, así lo prefiero, algo de mis inquietudes románticas sigue inexplicablemente vivo dentro de mí), un fantasma. ¿De acuerdo? Soy un fantasma, no se alarmen, no es algo tan difícil de asumir, ya lo verán. Y, por favor, no se compadezcan de mí, ni sientan lástima. Por favor, en serio, eso lo detesto. Es algo que me enferma, aunque no sé si es posible enfermar en mi estado, creo que no. Además, no es para tanto, dentro del fatalismo propio de mi situación. Lo que llevo peor es que siempre tengo frío, nada consigue insuflarme calor. Es una sensación francamente desagradable. Así, vaticino, deben de pasarse la vida los esquimales. A veces, me río de mí mismo ante la ironía de que haya terminado llevando la vida del esquimal, como titulé aquel relato que me dio notoriedad. En otras ocasiones… Maldita la gracia que me produce. Pero verán, en el lado positivo está que ya no sufro de cualquier otro tipo de malestar físico. Es decir, nunca tengo hambre, tampoco sueño, ni siento dolor. Y, por si todo esto fuera poco, ahora veo mucho más, casi me atrevería a decir que lo veo todo y sin lentillas, que siempre precisé de ellas mientras estuve vivo; y también viajo mucho y leo. Luego, quizá, les cuente algo más al respecto.

Sin embargo, ahora he de retomar mi relato en la medida en que logre hacerlo mínimamente coherente. Sean pacientes… Al principio, quiero decir después de morir, no fue fácil para mí. La verdad es que no sé cuántos años han pasado desde mi deceso. De la misma forma en la que mi mente se atora y mi discurso se embrolla, tengo la noción del paso del tiempo prácticamente perdida, pero sí intuyo que transcurrió una buena temporada hasta que me hice con mi nueva situación y empecé a comprender lo que me había sucedido (hasta que asimilé que me había vuelto un fantasma).

Presumo que hubo de haber transcurrido un considerable lapso de tiempo y, para realizar tal afirmación, me baso en lo que encontré a ‘mi vuelta’. Verán, ustedes, lo primero que decidí, una vez que había asumido mi realidad espectral, fue que mataría a Horacio Trebujena. Si él me había expulsado del mundo, yo lo arrastraría conmigo. Ya no me contentaría con incendiar su reputación a través de un artículo en prensa, aquello eran naderías propias de mi existencia anterior; y, además, en mi nuevo estado no me resultaba posible escribir, ya fuese a mano o mediante teclado. Con todo mi empeño lo probé durante una temporada sin éxito… No, no, iba a matarle, deseaba matarle. Lo tenía clarísimo. Vagué por ciudades que no había visitado en vida y conocí gente con la que jamás me hubiese relacionado (yo era Jaime Águila, ¿recuerdan? Un ilustre y venerable miembro de la prensa de prestigio), pero, analizada mi situación, no tuve elección y confraternicé con seres pertenecientes a la más infame de las calañas. Sobra referir que ellos también eran espíritus o fantasmas, al igual que yo. ¿No habrán creído ustedes que yo soy el único? Nada de eso, somos tantos que si pudiesen vernos deambular de un sitio a otro sobre sus cabezas, el cielo azul quedaría cubierto para siempre. No exagero.

Con ayuda de algunas de estas almas en pena, que tenían más experiencia y se sabían desenvolver mejor que yo en este plano de acción, supe de una dirección a la que, una noche sin luna, me dirigí con cautela. El hueco del ascensor me condujo hasta la cuarta planta de un imponente bloque de piedra. La fornida puerta de roble no frenó mi avance y, casi de forma inmediata, me encontré dentro del ático que Mara y Horacio compartían en el barrio más ilustre de la ciudad. Una foto de los dos presidía el aparador de la entrada. Era una foto de boda, los dos abrazados, las manos enlazadas ante la cámara, brillantes los anillos. Una repentina ira me cegó. No inspeccioné el resto de la casa, mi curiosidad inicial había desaparecido bajo una densa capa de rabia visceral, sino que me adentré en una habitación contigua a la entrada de la que emanaba una macilenta luz amarilla, filtrada por la silueta de la puerta entornada. Oí a Mara, seguía siendo su dulce voz de antaño, no había cambiado lo más mínimo, llamarle desde el interior de la casa. Ni me inmuté. En lugar de ello, crucé el umbral de la cercana estancia y fui a dar en un despacho atestado de papeles y libros de tapa dura guardados en cajas de cartón. La luz que desprendía una inmensa y trasnochada lámpara de araña me permitió divisar todo el caos reinante. No había espacio para la oscuridad en ese cuarto. Y, en medio de aquel desordenado mar de celulosa, sobre una cómoda y acojinada butaca, Horacio Trebujena (algo más mayor e hinchado, pero con la misma rubia y lustrosa melena) se hallaba sentado, escribiendo con un afiladísimo lápiz de color negro. Obviamente, no percibió mi presencia, era imposible que me detectase. Y, sinceramente su abstracción era tal que me sentía capaz de ver como su mente volaba muy lejos de aquel improvisado lugar de trabajo. Pienso ahora que aquella noche quizás él estuviese más lejos de Mara y del resto del mundo que yo. Sigiloso, uno sigue siendo meticuloso pese a todo, me aposté sobre su hombro izquierdo y eché una ojeada al texto que esmeradamente componía.

Tras echar un vistazo a varias páginas que fue pasando frente a mí, no me costó averiguar que era una novela lo que se traía entre manos. Una parte de mi ego se sintió herida ante la posibilidad de que Trebujena no sólo me hubiese robado al amor de mi vida (hecho obvio a estas alturas), sino que, además, tal vez se alzase con un éxito editorial que a mí me fue negado a causa de mi prematura muerte, talento desperdiciado. Fue únicamente un segundo de agonía, ya que enseguida colegí la escasa calidad de su escritura. Aquel pastiche estaba destinado al fracaso. Es más, se me antojó lógico que esa sesión de trabajo enfervorecido por parte del simple de Horacio se debiese a que lo inevitable había llegado a su insulso día a día: le habían despedido del periódico. Ahora vivían de lo que Mara ganaba, probablemente vendiendo ocasionalmente alguna que otra pintura. No le quedaba otra que sacar un libro que le confiriese unas cuantas ganancias para subsistir. ¡Qué feliz fui en ese momento! Proyecté mi risa hacia el techo del despacho y bajo la lámpara me desgañite en un ataque de júbilo. Nada notó Horacio. Aun así, me frené convulsamente. La inexistente sangre de mis venas se había helado por completo. Pegado al techo, como si de una foto enmarcada y colgada en la pared se tratara, había un cartel de un metro de alto, por medio de ancho, en el que se veía la cubierta de un libro (‘El hombre con rostro’ leí espantado) y debajo del mismo, en letras doradas, se afirmaba “la novela del año, el libro del que todos hablan. ¡Nos esperes a leer la magistral novela del escritor del momento, Horacio Trebujena!”.

Si dijese que esta revelación no me dolió… En fin, ustedes sabrían (algo ya me van conociendo) que estaría mintiendo descaradamente. Pues bien, este descubrimiento me afectó mucho. Me sentí enloquecer y me lancé al cuello de Horacio, tratando de estrangularle con mis manos incorpóreas. Salté una y otra vez sobre él sin que Trebujena se percatase de ello. Con saña le estrangulé sin llegar a rozarlo siquiera. No pude tocarle ni un estúpido pelo de su horrible cabeza. Rendido y frustrado, me dejé flotar hasta el techo y escupí un esputo invisible sobre su ‘magnífico’ libro. Al mirar de nuevo hacia abajo, mis ojos se cruzaron con los de Horacio, que no me vieron. El muy canalla había ubicado el cartel ahí para regocijar su ego en cada pausa de trabajo que se tomase. Cómo podía ser tan vanidoso. ¡Ser despreciable! No soporté verlo más y me marché rumbo al lugar del ático del que me había parecido que procedía la solícita voz de Mara. Atravesé la luminosa y vetusta lámpara de araña que iluminaba el habitáculo y, contra todo pronóstico, no abandoné el despacho; algo mágico acababa de suceder. No lo creerán posible, pero la vieja araña del techo se movió a mi paso. No fue nada más que un ligerísimo balanceo, el leve tintineo de un objeto acariciado por un inapreciable viento espectral. La nada más absoluta y que, no obstante, para mí lo representó todo. Me olvidé, por tanto, de Mara y me centré en lo maravilloso de mi hallazgo. Entonces, al fin, supe qué hacer.

Indiqué antes que mi noción del paso del tiempo se halla prácticamente desaparecida. Por tanto, se me hace en exceso complicado especificarles cuántas noches tardé en preparar mi obra maestra. No obstante, sí que puedo explicarles cómo lo hice, cómo compuse la muerte de Horacio Trebujena. Él trabajaba cada noche en su despacho, hasta altas horas de la madrugada. Durante esas silenciosas y largas horas de oscuridad cegada por la potente iluminación de la estancia, mientras Horacio se afanaba en la escritura manual de su nuevo libro, yo danzaba espasmódicamente alrededor, y también a través, de la hermosa y antediluviana lámpara de araña. Y ésta se mecía, oscilaba milímetro a milímetro, siguiendo el ritmo de mis brazos arqueados y piernas, pateadoras de un objeto que no podía asir pero que sí era capaz de desgastar. Con cada nueva pasada que emprendía, aumentaba el ángulo de inclinación de aquel metálico artrópodo. Mi avance resultaba inapreciable para el ojo inexperto, mas la venganza se acercaba de forma inexorable. Eso lo sabía bien. Trebujena dormía por las mañanas y dedicaba sus tardes a realizar ciertos recados, visitar amistades y solventar compromisos profesionales… O, a lo mejor, no hacía nada de eso y vegetaba mientras veía películas en la televisión del salón. A mí eso me daba absolutamente igual, ya que yo aprovechaba aquellas pausas que se concedía mi anfitrión para estar con Mara y acompañarla en su rutina. Juntos, aunque ella no lo supiese, pintábamos sobre sus lienzos y también salíamos a tomar café o nos acercábamos al supermercado de la esquina. Los años apenas habían causado estragos en su rostro (en cambio, tenía las manos, supongo que a causa de pintar, dolorosamente castigadas). Seguía siendo ella, con su melena larga y suelta, y sus grandes ojos azules, y sus maneras elegantes. Algo había en Mara que sobrevivía (y, de hecho, sobreviviría) a la erosión del tiempo, una cualidad intrínseca que jamás la abandonaría y que le hacía parecer irresistible ante mi escrutadora mirada; una característica que me hacía quererla como nunca o, esto se me antoja más preciso y también cursi (dispénsenme una vez más), amarla como siempre.

Al caer la noche, Horacio y yo retomábamos nuestro invisible duelo, una enemistad que amenazaba con no tener fin hasta que una noche, una noche cualquiera, indistinguible de la anterior, escuché el crujido de un enganche que cedía (cómo podían tener una lámpara tan antigua en un ático tan lujoso; cómo y quién la había colgado tan mal, de forma tan precaria; tanto anhelaba la luz el imbécil de Trebujena; yo hubiese empleado un inofensivo flexo de bajo consumo… Muchas preguntas, ninguna respuesta). Y, a partir de ese minúsculo e insignificante momento, todo se precipitó. En escasos segundos hube presenciado el final de mi enemigo. Adiós, Horacio, adiós. A la fuerza ha de ser cierta esa creencia popular que asegura que todos tenemos un ángel de la guarda que vela por nosotros. Trebujena sí que lo tenía o lo tuvo. Pienso que yo también, esto no lo sé. Lo que está claro es que el suyo y el mío, si lo tuve, eran unos ineptos, unos malditos incompetentes, porque su acción salvadora no nos sirvió de nada a ninguno de los dos. Horacio, como avisado por un poder superior, soltó el lápiz y derramó su rostro a los cielos techados de su rincón de escritor justo a tiempo para observar (ojalá hubiese podido divisarme sobre él en ese momento) como la lámpara de araña se contoneaba por última vez antes de caérsele encima y aplastar su cráneo contra la mesa y (esto es un detalle macabro, lo reconozco) su por siempre inacabada novela. La sangre que había auspiciado las creaciones de su cerebro regaba ahora, para mi regocijo, su correspondiente testimonio físico en papel. La habitación quedó en penumbra, montañas de ejemplares de ‘El hombre con rostro’ guardaban el cadáver de su autor. La araña finalmente había cazado a la mosca y se daba un festín de vísceras sobre el escritorio. Percibí un imposible olor a cobre y el silencio se marchó sorpresivamente. Mara Ruiz, mi querida Mara, acababa de entrar en el cuarto y sus gritos quebraron el suave y diáfano cristal de la madrugada en mil y un pedazos.

Pero no se indispongan por mi pobre Mara. Cierto que fue obligada a ver el levantamiento del cadáver y no pudo escapar de dar cumplida cuenta a un montón de cuestiones, pero aquella noche no estuvo sola. Cuando el equipo de la policía forense abandonó el piso y ella se derrumbó y lloró, lloró hasta que se durmió, yo estuve ahí, a su lado. Incluso vigilé su sueño, que fue breve, interrumpido y triste, plagado de pesadillas, supongo. La acompañé y fui su apoyo, y también su libertador. Aunque tal vez ella nunca llegue a saberlo.

¿Si encontré la felicidad? ¿Si me mereció la pena tanto afán de venganza? Ah, ya entiendo, ustedes pretenden hacerme sentir culpable. Quieren esposarme la cadena de la penitencia al tobillo, para que la arrastre y tire de ella por toda la eternidad. Permítanme que me ría. No, no, esto no funciona así. Me explicaré, no tengo inconveniente en hacerlo, estoy libre de toda culpa, no hay remordimientos dentro de mí… Verán, sí, sí, ¡sí! Encontré la felicidad. ¿Pueden oír mi grito de victoria? Es más, fui muy feliz, me sentí completo aquella noche, casi me atrevería a enunciar que supe lo que era estar vivo de nuevo. Uno no está tramando un golpe maestro durante tanto tiempo para luego descomponerse a las primeras de cambio.

Lo que sí me gustaría aclarar es que soy un hombre elegante, que sabe guardar duelo. De modo que respeté el entierro de Horacio Trebujena y me abstuve de aparecer en él. Me han contado que fue multitudinario y emotivo, toda la ciudad se reunió para despedir a la pluma del momento. ¡Fantoches! También me dijeron que la viuda se mostró inconsolable durante la ceremonia… Ay, mi desdichada Mara. Eso fue al principio, toda pérdida, por insulsa que sea, es dura de asumir hasta que pasa un tiempo. Sé de buena tinta que ahora le va genial y que disfruta de una deslumbrante carrera profesional. Por mi parte, yo me alejé de ella. No quería importunarla estando sin estar, atrapado miembro perteneciente a otro mundo que no es el suyo. Una vez la hube librado del inefable Horacio, desaparecí de su vida. Si aquel camión no me hubiese embestido, todo habría sido tan distinto… A menudo me devano los sesos calibrando opciones para volver atrás en el tiempo. Al fin y al cabo, sólo son quimeras, utopías... Pero qué soy yo sino una quimera, un ente imposible, un muerto que cohabita con los vivos y que ha llegado a influir en el designio de al menos dos de ellos… Tal vez nada sea imposible.

Sin embargo, me canso muy pronto de discernir entre tanto pensamiento farragoso. Creo recordar, no estoy seguro ni de esto, que hace ya largo rato, cuando empecé mi desaventurada historia, les hablé de mis problemas de coherencia, de mi imposibilidad de resistirme a hablar de Mara y de Horacio y de todo lo que me ha tocado vivir… En fin, no sé cuánto ha transcurrido desde que maté a Horacio Trebujena, al que se dio por finado en accidente doméstico. Todo, mentira; créanme, sé de lo que hablo… Decía que me aparté de la existencia de Mara Ruiz y me dediqué a recorrer el mundo. He estado en Londres, París y Roma. También he visto Sudamérica, que no la pude visitar en vida. He visto ponerse el sol en Saigón y sé cómo amanece en el desierto de Sonora. Sí, he viajado muchísimo. No tengo mucho más que hacer, la verdad. Tampoco es fácil encontrar oídos cómplices que quieran oír mi relato, por eso les agradezco tanto su atención…

Cuando no estoy cruzando el ancho mundo, aprecio la buena lectura. Mis manos incorpóreas no agarran los libros, así que leo tras el hombro de otro lector. Me cuelo en las casas de la gente y estudio sus estanterías. Visito las bibliotecas de las universidades y busco lectores de novelas (Kipling, Joyce, Roth… A todos los admiro con devoción), y las leo junto a ellos. Cuando un pasaje me gusta especialmente, se lo comento a la persona en cuestión que sostiene el libro, se lo susurro al oído. Le digo “qué bueno, ¿verdad?” o “venga, pasa la página, que ya he terminado” o “vuelve atrás, que quiero leer este fragmento de nuevo”, pero nunca me escuchan, ni tan siquiera me oyen. En contadas ocasiones agitan una mano sólo para espantarme, como si yo fuese un insignificante mosquito o una molesta ráfaga de viento que les destempla una oreja. ¡Qué desgracia! Y esta es ‘mi vida’. Todo transcurre igual, inamovible, repetitivo. Imagínense estar atrapados en el mismo momento, pero que ese momento fuese siempre distinto… No me resulta fácil expresarme con mayor claridad… Lo siento, lo siento de veras. Pero no, no; no se compadezcan de mí, eso lo odio… No me arrepiento de lo que hice, pero sí que es cierto que la euforia inicial ha dado paso a un marasmo insoportable. Ya saben, uno no ha de recrearse excesivo tiempo en sus logros o estos perderán su trascendencia.

Únicamente me resta algo por añadir. Carece de relevancia, pero considero que debo informarles, tanto por agradecimiento como porque, debido a que han sido depositarios de mi narración, ustedes ahora forman parte de esta historia y, tal vez, les parezca un detalle curioso. Hace poco me han hecho saber que Horacio Trebujena ha descubierto la fatídica verdad que esconde su muerte. Alguien le habrá informado, no lo sé con exactitud. Lo que sí me han dicho es que recorre el planeta en pos de mí. Pretende matarme. Desconozco si esto es remotamente posible o viable. No sé si se puede matar lo muerto. A lo mejor es viable la opción de ‘rematarme’. Una ira ciega y visceral le guía o eso tengo entendido. Aún no nos hemos encontrado cara a cara. Es únicamente cuestión de tiempo. Sucederá. ¿Qué ocurrirá cuando ese día llegue? ¿Acabará conmigo? ¿Encontrará un método de aniquilarme pese a la imposibilidad física de su meta? Seguramente sí lo conseguirá. Pero esto es algo que me preocupa poco o más bien nada. Si llega ese preciso momento, significará que han vuelto a cambiar las tornas y que ahora es a mí al que le toca encargarse de él y liquidarle de nuevo. Una segunda vez, una tercera y así hasta el infinito si fuese necesario. Porque una cosa tengo clara: mi odio sempiterno hacia Horacio Trebujena nunca se extinguirá. Yo soy Jaime Águila y le he condenado a caer conmigo al abismo del olvido. Y todo lo hice por ti Mara, sólo por ti, cariño; no, por favor, no me des las gracias. No las merezco.


(FIN)

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